• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal
Quefas

Quefas

  • INICIO
  • AGENDA
  • ¿DÓNDE ESTÁS?
    • ALACANTÍ
    • ALICANTE CIUDAD
    • ELCHE
    • L´ALCOIÀ
    • LES MARINES
    • VEGA BAJA
    • VINALOPÓ
  • ¿QUÉ BUSCAS?
    • ARTE
      • exposiciones
    • CINE
      • Cartelera de Cine de Alicante
      • estrenos
      • series
    • ESCÉNICAS
    • LETRAS
    • MÚSICA
      • EL BUEN VIGÍA
      • FESTIVALES
    • NENICXS
    • SOCIAL
    • TURISMO
      • GASTRONOMÍA
      • Rastros y mercadillos
      • Visitas
  • REVISTA
    • CRÓNICAS
    • DESTACADOS
    • NOTICIAS
    • NOTICIAS CULTURALES
    • OPINIÓN
  • CONTACTO
    • Contacta con nosotr@s
    • El mapa de la cultura alicantina.
    • Envíanos tus eventos
    • Envíanos tus novedades
    • Envíanos tus cartas al director
    • TARIFAS de quefas.es
  • RRSS y SUSCRIPCIONES

Pequeños cosmonautas y bolsas de colores

25 de febrero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

El pasado domingo, mientras Alicante amanecía tomada por la media maratón y las calles se convertían en un circuito cerrado —una vez más, la ciudad plegada a un gran evento que lo absorbe todo—, en La Lonja del Pescado ocurría algo mucho más silencioso y, quizá por eso, más transformador.

La Concejalía de Cultura había organizado un taller de estampación textil a cargo de La Cosmonauta, el proyecto creativo de Mario y Pilar. Un lujo, sin exageración. Porque no se trataba de una manualidad al uso ni de una actividad pensada para “entretener niños” mientras los adultos miran el reloj. Era otra cosa: un espacio compartido de aprendizaje, de error, de conversación y, lo mejor, de descubrimiento.

Entrar en La Lonja siempre impone. Para un niño, la amplitud del espacio, su memoria industrial reconvertida en contenedor cultural, obliga a bajar la voz. Pero ese domingo, entre tintas, espátulas y telas en crudo, el edificio respiraba de otra manera. Mientras en el exterior el tráfico se desviaba y los vecinos renegaban de los cortes, dentro se producía una escena casi doméstica: mesas compartidas, materiales comunes, familias que no se conocían pero que, al cabo de unos minutos, intercambiaban consejos sobre cómo fijar mejor el color o cómo superponer capas sin que el dibujo perdiera fuerza.

Mi hija y yo compartimos mesa con Vega y su padre. Compartimos también pinceles, pruebas fallidas y alguna risa cuando el diseño no salía como esperábamos y hacíamos arte abstracto de los borrones. Ese gesto —compartir material, espacio y tiempo— tiene algo de resistencia en una época acelerada y fragmentada. Los padres desarrollábamos nuestra imaginación, con el móvil apagado y sin la presión del resultado perfecto; los niños disfrutaban de un domingo distinto, lejos de pantallas y rutinas. No como mero ocio, sino como una experiencia estética con premio.

En tiempos de globalización y uniformismo, estampar una bolsa con un diseño propio adquiere una dimensión política, o poética, según se mire. Rebelarse, aunque sea mínimamente, contra la lógica de Zara o Amazon y la producción en serie. Llevar algo hecho a mano, imperfecto, propio e irrepetible. Entender que el color no es solo un acabado, sino una decisión. Que diferenciarse no es una extravagancia, sino una afirmación.

Aparte del taller, mola «reformular» el espacio expositivo. Supongo que forma parte del juego asomarse, entre una capa de tinta y otra, a las salas donde se exhiben “Huellas de singularidad”, de Luis Fega, y “Arquitecturas de la voz”, de Dagoberto Rodríguez. No todos los domingos una actividad familiar se entrelaza de forma tan orgánica con el discurso artístico del lugar. La visita a las exposiciones no era una obligación añadida, sino una extensión natural de la experiencia: la singularidad que se reivindicaba en las obras dialogaba con la singularidad que cada uno intentaba imprimir en su tela.

Pero no todo fue perfecto. Y conviene decirlo. Es urgente denunciar una práctica que se repite en demasiadas actividades gratuitas: reservar entradas y no asistir. Que algo sea gratuito no lo convierte en prescindible. Detrás hay profesionales que preparan materiales, planifican tiempos y ajustan plazas. Y hay familias que se quedan fuera. El Ayuntamiento debería estudiar fórmulas para penalizar estas ausencias injustificadas: limitar futuras reservas o, al menos, repercutir el coste del material no utilizado. La cultura pública necesita responsabilidad ciudadana.

Aun así, pese a los cortes de tráfico, a la logística discutible de hacer convivir un gran evento deportivo con la vida cotidiana, lo que ocurrió en La Lonja fue un pequeño acto de resistencia cultural. Un recordatorio de que la ciudad también se construye en torno a mesas manchadas de tinta, conversaciones improvisadas y bolsas únicas que, al salir a la calle, dicen algo más que un logotipo.

Dicen: esto lo he hecho yo. Y tú, también, puedes.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, ARTE, crónicas, NENICXS CULTURETAS, noticia cultural, noticias breves, REVISTA




Síguenos en whatsapp
Síguenos en Telegram

Entradas recientes

  • Exposiciones en El Campello
  • Pequeños cosmonautas y bolsas de colores
  • Esta semana en El Campello
  • Surfin’ Lucentum #1 — Matinal de estreno con La Porsaguera en Söda Bar
  • Elche despierta con música: el placer de una MATINAL entre palmeras

Interacciones con los lectores

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Quefas © 2026

X