
Alicante tiene un problema curioso: no le falta actividad cultural, le falta calendario. Y eso, que podría parecer una buena noticia —“bendito problema”, dirá alguien—, acaba convirtiéndose en una torpeza difícil de justificar cuando dos citas relevantes coinciden de forma innecesaria. Que el Spring Festival y el Festival de Cine de Alicante compartan fechas no es una fatalidad meteorológica ni una alineación planetaria inevitable. Es, sencillamente, una mala planificación.
El año tiene 52 semanas. Cincuenta y dos. No estamos hablando de encajar quince festivales en tres días ni de sobrevivir culturalmente en una agenda raquítica. Alicante cuenta con suficientes meses, suficientes fines de semana y suficientes espacios como para que sus grandes eventos no tengan que competir entre sí por público, atención mediática, recursos, alojamiento, transporte, cobertura informativa y energía ciudadana.
Porque el problema no es solo que coincidan dos eventos. El problema es que se pisan. Se roban foco. Obligan al público a elegir, dispersan la comunicación, fragmentan la asistencia y reducen el impacto de ambos. El cine pierde espectadores potenciales que están pendientes de la música. La música pierde presencia institucional y mediática porque hay otro festival reclamando titulares. Y la ciudad, que podría vivir dos semanas culturales potentes, acaba comprimiendo todo en el mismo embudo.
Alguien debería ponerse en medio. Y ese alguien, seguramente, debería ser la Concejalía de Cultura. No para controlar la programación privada ni para decidir qué merece existir y qué no, sino para ejercer una función básica de coordinación. Una ciudad culturalmente madura no es la que acumula carteles como quien amontona flyers en una mesa; es la que sabe ordenar, distribuir, acompañar y cuidar sus acontecimientos.
Otra cosa son los eventos individuales, que también merecerían cierta reflexión. Desde ahora y hasta que acabe el verano, Alicante y alrededores parecen lanzados a una especie de maratón sin descanso: casi un concierto potente al día, desde Fontaines D.C. hasta Rodrigo Cuevas, pasando por The Black Crowes, Viva Suecia, el Circo del Sol, Fresca! y todo lo que se va sumando por el camino. Ahí es más difícil intervenir, claro. Cada promotora tiene sus giras, sus ventanas de contratación y sus posibilidades. Pero incluso ahí una agenda compartida, visible y bien trabajada ayudaría a evitar saturaciones absurdas.
Lo que resulta menos comprensible es que se solapen festivales asentados, reconocibles, con identidad propia y capacidad de atraer públicos específicos. No debería ser tan complicado etiquetar aquellos eventos que no deben coincidir: festivales de música, festivales de cine, grandes citas escénicas, programación familiar, eventos patrimoniales o culturales con recorrido. Y, a partir de ahí, reservar semanas completas para aquello que ya forma parte del mapa cultural de la ciudad y de la provincia: Abril en Danza, Circarte, FITCA, Festitíteres, La Muestra de Teatro, Hogueras, Photoalicante y tantos otros proyectos que necesitan aire, no codazos.
Porque una ciudad no se construye solo programando mucho. Se construye programando bien. Y programar bien implica entender que la cultura no es una carrera de obstáculos en la que el público tenga que saltar de una propuesta a otra con sensación de culpa por perderse siempre algo. La abundancia cultural debería ser una oportunidad, no una pelea por la supervivencia.
Alicante presume cada vez más de agenda. Y con razón: hay talento, hay promotoras, hay salas, hay festivales, hay instituciones, hay público. Pero precisamente por eso urge dar un paso más. No basta con llenar el calendario.
Hay que pensarlo y ya deberíamos estar con el del 2027.

















Deja una respuesta