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El «todo lo demás» de un viernes en Spring Festival

1 de junio de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

A un festival hay que ir a ver música. Y todo lo demás…

Ese “todo lo demás” es, en realidad, lo que acaba contando. La camiseta que eliges sin saber si te favorece o te delata. La idea absurda de que por ponerte unos patitos en el pecho —o una camiseta de fútbol lo bastante retro— vas a viajar en el tiempo. El primer sudor de la tarde. El primer –“madre mía, qué calor” –en esa sucesión de TRAM llenos de modernas. El primer momento en el que olvidas que ha sido una semana intensita o esa primera banda que te recuerda que ya no tienes edad para despreciar lo nuevo, porque lo nuevo también trae canciones, y algunas muerden mejor que las tuyas.

Uno no se hace viejo por cumplir años. Se hace viejo cuando deja de dejar entrar cosas a su cuerpo. Spring Festival abrió este viernes una nueva edición en Rabasa con unas 23.000 personas dentro y esa sensación de ciudad paralela que tienen los festivales cuando funcionan: una ciudad con las persianas arrancadas, sin despertadores, con las huelgas pendientes, sin la foto del puto Pérez Llorca con la reina para desviar atenciones, sin Papa en la tele, sin la certeza amarga de que hoy tampoco habrá siesta. Una ciudad donde durante unas horas se aparca lo que pesa y se acepta, sin demasiada dignidad, que quizá una de las formas más limpias de sobrevivir consiste en perder ciertas batallas para ganar otras.

La primera de este viernes era una batalla contra el sol, contra el cansancio de la semana y contra uno mismo. Contra esa tentación cómoda de mirar el cartel como quien mira una mudanza ajena contada en mensajes de Whatsapp: “estos no son los míos”, “a estos no los conozco”, “esto antes no era así”. La frase, además, suele venir de bocas que hace unos meses decían justo lo contrario.

Supongo que por eso, para que la historia tenga vida conviene adaptarse a las circunstancias. Aprender a apreciar nombres nuevos. Asumir que no hace falta llevar traje para parecer elegante, ni pasa nada por sudar como un perro si el cuerpo ha decidido inaugurar oficialmente la pitopausia.

Xoel López lo entendió mejor que nadie. Salió al sol como quien se ha cansado de demostrar cosas. Hay artistas que se imponen un periodo concreto y artistas que te acompañan siempre. Xoel pertenece a los segundos, que suelen ser los más peligrosos, porque cuando quieres darte cuenta ya te han desarmado (otra vez).

Alguien, cerca de mí, soltó: -“qué pesado el gallego este”-. Y a uno le entraron ganas de darle al pause al festival entero y contarle una historia larguísima, desde Deluxe hasta el puto Juan Luis Guerra, pasando por todas esas canciones que nos enseñaron que la melancolía también podía tener ritmo, guitarras y una manera decente de mirar atrás sin convertirse en estatua de sal… y eso que no sabemos bailar merengue.

Pero no se puede explicar todo. Tampoco conviene. No todos los cerebros tienen un apartado sensible. Y eso es lo que hace que te des cuenta de que, a veces, baste con estar ahí, con la camisa pegada a la espalda, viendo cómo el desodorante de spray resiste heroicamente salvo en el contorno exacto del sobaco de su camisa roja, con la cerveza ya tibia entre tus manos y esa pequeña felicidad doméstica de reconocer una canción entre miles de conversaciones. La música de festival tiene algo extraño: muchas veces no es la mejor forma de escuchar música, pero sí una de las mejores formas de escuchar la vida pasar alrededor.

Lo que no se ve en salas aparece aquí multiplicado: grupos de amigas que se abrazan antes de que empiece el estribillo, padres que han venido a comprobar si todavía pueden aguantar dos horas seguidas de pie, veinteañeros que no saben que están fabricando nostalgia en directo y gente mirando el móvil como si buscara un punto más de cobertura emocional.

Con tal subidón la espera del momento más guitarrero se hizo pesada. Natalia Lacunza… todavía… Porque más allá de la envidia de tener más cerca los dos ventiladores que tenía delante, jugamos a buscar parecidos razonables con Olivia Rodrigo, a veces, con la parte sensible de Amaia, con el fondo de Guitarrica presente en «Nana Triste» y en el buen rollo de las dos musicazas que le hacían el bocadillo sensible. Mucho costumbrismo y ritmo pausado, para los que creen que un festival es solo botar y berrear estribillos. Pero para mí, aunque me caigan hostias, como siempre, estuvo muuuuucho mejor que el siguiente…

Porque hay grupos que no te entran por mucho que te esfuerces… y a mí eso me pasa con Siloé. No sé si es justo, pero la música tampoco va de justicia. Hay algo en ellos que me lleva a un recuerdo borroso de campamentos con beatos tocando los cojones con la guitarrita, de canciones alrededor de una fe que nunca fue la mía y de gente empeñada en que rezar era una forma superior de cantar. No sé por qué hilo a estos vallisoletanos con eso, pero los hilo. Y me aburren profundamente. Y por eso, me fui a cenar…

Después, el contraste con Ginebras funcionó bien. Han perdido algo de frescura, sí. Ya no aparecen como aquella explosión feliz, deslenguada y casi accidental de las primeras veces. Pero siguen teniendo algo importante: no tienen pelos en la lengua. De hecho, fueron las únicas que reivindicaron la escuela pública. Que es donde la cabeza se amuebla como debe (no en la puta Iglesia).

Porque si hay que reivindicar la escuela pública es precisamente porque hacen falta libertad, igualdad y una fraternidad que ni los curas ni las monjas han entendido nunca del todo. Quizá por eso Siloé habla de rezar y Ginebras de ir en pelotas por la cocina. Quizá por eso unas canciones huelen a incienso y otras a vida real. Quizá por eso en un festival también se decide de qué lado cae una noche: si del de la culpa o del de la posibilidad. Del derecho del tío Paco a tener otra vida sin gula papal de divorcio. De esa alegría imperfecta, política sin pancarta, que consiste en decir: aquí estamos, con nuestras contradicciones, que es la que más allá de chapas y borracheras, nos hace humanos.

En ese mismo hilo, Carolina Durante continuaron la reivindicación. Y también saldaron una deuda. Nos debían un buen concierto sin muletas. Y el del viernes compensó..

Venían de Coachella, que se dice pronto aunque luego cada uno lo coloque donde quiera dentro de su mitología personal, y con tres discos y un buen puñado de singles tienen ya hits de sobra para sostener más de una hora de concierto sin que aquello se caiga. Carolina Durante sonaron como tienen que sonar: urgentes, irónicos, juveniles incluso cuando ya no lo son tanto, con esa mezcla de mala leche y vulnerabilidad que hace que sus canciones funcionen mejor cuanto más cansado estás.

A esas horas uno ya no distingue bien entre la felicidad y el dolor de pies. Y quizá por eso encajan. Porque hablan desde ese lugar donde todo parece una broma hasta que deja de serlo.

La idea preconcebida no conviene. Casi nunca. Uno llega pensando que sabe dónde está lo importante y luego va el festival y te cambia el eje. Lo mejor del Spring, contra todo pronóstico mainstream, fueron Temples. Y no por nostalgia, o no solo por nostalgia. Están a menos de un mes de publicar Bliss y ofrecieron una parte de lo que podremos escuchar ahí, mezclada con Shelter Song, Certainty, Paraphernalia y todas esas primeras impresiones que nos dejaron grabadas desde aquel épico y recordado concierto del SOS de 2015.

Temples sonaron como una puerta abierta en mitad del ruido. Con esa puntualidad británica de la belleza cuando no necesita pedir permiso. Hay bandas que te suben el volumen; ellos te cambian la luz. Su psicodelia no funciona como disfraz, sino como una forma de ordenar la noche con guitarras limpias, melodías que parecen venir de otro sitio y una elegancia que nunca se pone estupenda. Por un rato, Rabasa tuvo algo de carretera inglesa, de cielo encapotado, de vinilo heredado, de canción que no sabes si estás escuchando por primera vez o recordando desde hace años.

Como cuando después de un festival te metes en el coche, arrancas, pasan tres segundos de silencio y la cabeza te pide a The Smiths —no a Morrissey, a The Smiths— y luego a The Cure, porque hay cansancios que solo entienden los ingleses tristes.

Mi último concierto de la noche fue Sexy Zebras. Y aquí tengo dudas, no con ellos, sino con el formato. Los he visto en Stereo y también hace un par de años en un escenario pequeño, y me gustan más ahí, cuando todo está más cerca, más sudado, más peligroso. Hay bandas que necesitan implicación física, una pequeña masa de gente dispuesta a perder la compostura. Y en Rabasa había demasiado infiltrado como para organizar bien un pogo.

Ellos cumplieron. Claro que cumplieron. Porque Quiero follar contigo, Nena o Días de mierda son putos himnos y porque hay canciones que no necesitan sofisticación para partirte la noche por la mitad. Pero a veces el tamaño juega en contra de ciertas bandas. No por falta de potencia, sino porque el rock de verdad necesita roce, empujón, mirada cómplice, peligro de cerveza voladora y esa sensación de que el concierto puede desordenarse en cualquier momento. En el escenario grande todo suena más lejos, incluso cuando suena fuerte.

Dicho lo cual… de camino a casa – en el bus que había puesto la organización (muy bien organizado, por cierto), me di cuenta de que a un festival hay que ir a ver música. Pero, también, todo lo demás.

Lo demás es volver con la ropa oliendo a campo, a humo, a humanidad. Es aceptar que ya no aguantas como antes, pero que quizá sí has aprendido a sentir mejor. Es descubrir que adaptarse no significa rendirse. Es cantar una nueva aunque hayas venido buscando una vieja. Es dejar que la noche te corrija un poco.

Es mirar alrededor, entre más de 23.000 personas, y comprender que la música no rejuvenece, no exactamente, pero a veces consigue algo más difícil: que durante un rato no te importe la edad que tienes.

Y ¡qué cojones! Que mañana será otro día. Pero hoy te lo has pasado bien.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, crónicas, en portada, festivales de música, MÚSICA, Noticias de festivales, REVISTA Etiquetado como: Baltimore




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