
La diversidad es un don, y aunque a Vox le escueza —y se dedique a presentar enmiendas de relleno en los plenos como quien tira papel arrugado a una papelera imaginaria—, Las Cigarreras vuelve a demostrar que es el escaparate de la explosión cultural que Alicante necesita. Una explosión discreta, sí; apenas 200 o 300 cerebros zumbando entre las cajas del antiguo complejo fabril. Pero qué más da el número cuando el latido es real.
Porque esa es la ironía: la diversidad no trae manual de instrucciones, ni hilo conductor, ni sociólogos con etiquetas colgando, y quizá por eso no sabemos aún identificar a esta comunidad dispersa que orbita por el recinto. Pero el vínculo está ahí, esperando. Tangible, respirable y gratis, en la mayoría de los casos.
El ejemplo más reciente: el Festival Máquina, que este finde volvió a funcionar como laboratorio improbable. Una mezcla entre fanzine al revés, pinchada fantasma y ritual de revelación con mechero. Y tres conciertos que, sin este refugio, simplemente no existirían, igual que tantos otros del Enso, el Tía, el Atronador… del Secadero y de este pequeño ecosistema que se las apaña para sobrevivir entre rotondas y planes urbanísticos hostiles.
No conviene exagerar: es lo que es, menos del 0,1% de Alicante reunido a escuchar ruido, texturas y distorsión. Pero la irreverencia no se mide por censos. Se mide por temperatura. Y Máquina estuvo caliente.
**La pinchada:
retorno a otros tiempos…**
Mi tarde empezó en el Secadero, con una pinchada de Las precarias de Torrevieja, tan freak que casi parecía una broma privada entre máquinas de principio de siglo. El sonido llegaba como desde otra dimensión y otra época, filtrado, a ratos desaparecido con temazos con fondos techno, como preludio del cierre de noche con Svsto. Cosa que no impidió que unos cuantos aprovecharan para moverse con ese estilo suyo, mezcla de rave mínima y paseo marciano.
Alicante, que siempre presume de luz, debería aprender algo de esta penumbra sonora: aquí lo imperfecto también es fértil. Y aquí sí que dejan poner barra… y beber.
**Gazella:
shoegaze como pantalla de sonido**
Luego entró Gazella, y el shoegaze hizo lo que siempre hace cuando te agarra bien: te coloca una pantalla blanca en la cabeza. Después de escuchar Maraka Sound system y ritmos más pesados, la distorsión llegó como un baño de nieve. No había curiosos; solo gente que sabe a lo que viene. O que se deja arrastrar por curiosidad sana, que es lo otro hermoso de estas tardes.
Y entonces pasa lo de siempre: un gigante se te planta delante, la mitad del escenario desaparece, y te toca activar otros sentidos. Cierras los ojos, dejas que el volumen haga su trabajo, y por un instante te sientes una gacela —de verdad— correteando sin moverte de tu baldosa, entre árboles que ni Barcala se atrevería ya a talar.
Porque en ese momento los sueños ajenos también te alimentan. Lo que murmura quien está a tu lado, lo que late en cada golpe de bombo, lo que vibra en la madera de la grada recogida.
Incluso la persona más deprimida nota cómo, por un rato, la cabeza pesa menos.
**Svsto:
el golpe final**
Y llegó Svsto, rompiendo desde otro ángulo. Más punzante, más inmediato, con esa mezcla entre rabia controlada y trance cinético que te agarra por el estómago y no te suelta.
El público, pequeño pero entregado, se transformó. Dejamos de ser máquinas —o dejamos de depender de las otras, las digitales, las de siempre— para volver a ser algo más simple: cuerpos vibrando, individuos conectados por fricción, no por un algoritmo.
El concierto terminó, pero la sensación no. Esa es la trampa de Máquina: no hace ruido hacia fuera, pero por dentro te reprograma.
Quizá por eso crecer entre polígonos industriales nos ha dejado una extraña fortaleza:
la capacidad de encontrar belleza en cualquier hueco que no esté vallado.
Quizá por eso estas venganzas musicales para heteros, raros, queer, inadaptados y demás fauna funcionen tan bien. Porque dentro de nuestras diferencias objetivas, tenemos algo que nos une. Y quizá por eso, o por el ansia de descubrir cosas diferentes, a pesar de todo, seguimos viniendo.
Alicante no está muerta. Solo está ensayando. Y en Las Cigarreras, el ensayo suena cada vez más fuerte. Aunque algunos, sin razón, lo critiquen.
















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