
Pasar página no significa habernos olvidado de los noventa. No porque fueran mejores, sino porque todavía —más allá de la nostalgia— siguen evocándonos cosas. Revivirlos de vez en cuando, sin idealizarlos, como una categoría explicativa, permite entender que la imagen —pura, obscena, incontestable— dice mucho más que cualquier consigna. S
Es lunes, acaba la eterna cuesta de enero. 21:30 horas. Sala Stereo, Alicante. Sobre el escenario, todo está dispuesto como un mapa moral imposible de falsear. No sé si es un horario civilizado para una banda que jamás lo ha sido. Pero Supersuckers llegaban a la ciudad como parte de su gira española y no hacía falta demasiada imaginación para saber qué venían a hacer: sudar, sonar alto y recordarnos que el rock and roll no pide permiso ni disculpas.
Eddie Spaghetti, voz y bajo, ocupando uno de los flancos. A un lado. Representante involuntario —o quizá no tanto— de esa tradición del rock que estéticamente podría resumirse en Metallica o Motörhead: músculo, carretera, sombrero de Cowboy y testosterona de vieja escuela. A su izquierda, “Metal” Marty Chandler, guitarra y coros, llegado desde Idaho con la mugre justa del rock americano que aprendió antes a perder que a ganar: pongamos Nirvana, matices de los Judas Priest, una pizca de ruido emocional y dedos llenos de callos. Detrás, Christopher “Chango” von Streicher a la batería, sosteniendo el edificio sin necesidad de discursos.
No hacía falta decir nada más. El escenario ya estaba hablando.
Y aun así —bendita contradicción— la música vuelve a recordarme que esa apertura mental que no siempre aplico a la vida sigue intacta en el rock. Mientras uno se atrinchera en sus ideas, el rock lo mezcla todo sin pedir permiso. Idiosincrasia oscense, madrileña, alicantina – obviamente- y benidormí a mi vera. El tipo del pañuelo, que se las sabe todas, justo a mi derecha, conviviendo sin fricción con el que no ha venido a entender nada, solo a sentir el golpe seco en el pecho.
En estos tiempos en los que los vaqueros capean la nostalgia y los caballos te los mandan por WhatsApp, Supersuckers siguen tocando como si el presente no existiera. O peor: como si existiera demasiado. Casi cuarenta años de carrera contemplan a la banda liderada por Spaghetti, que sigue defendiendo cada noche un directo que no entiende de corrección política ni de nostalgia como refugio. No miran atrás para sobrevivir del recuerdo: tocan como si cada concierto fuera el último. Y ahí reside su grandeza.
El nuevo disco, Liquor, Women, Drugs & Killing —producido por Billy Joe Bowers— no necesita demasiada exégesis. Funciona como manifiesto vital y como regreso consciente a su versión más cruda: punk rock directo, rock and roll de garaje, riffs afilados y ese humor irreverente que siempre ha sido su seña de identidad. En directo, esas canciones no suenan nuevas ni viejas: suenan puras y necesarias.
El arranque con “Pretty Fucked Up” dejó claro el planteamiento: aquí no venían a gustar, venían a ser. “The Evil Powers of Rock ’n’ Roll” sonó más a diagnóstico que a proclama, y “Rock-n-Roll Records (Ain’t Selling This Year)” fue casi una broma privada entre supervivientes de un negocio que hace tiempo dejó de fingir.
Hubo espacio para el desparrame sin coartadas —“Rock Your Ass”, “I Want the Drugs”— y para la ironía autoconsciente de “I Tried to Write a Song” o “Meaningful Songs”: canciones que suenan a chiste, pero funcionan como espejo. Marty se permitió su momento con “Working My Ass Off!”, y ahí terminó de entenderse que esto no va de pose: va de curro.
El tramo final, con hits de eso que con su patata en la boca nos evocó al «since 1992» (como Curro y Kobi), cerró el círculo. Rock primario, sucio, orgulloso de no haber aprendido modales. No hay moraleja. No la necesitan.
En una escena cada vez más domesticada, conciertos como este funcionan como recordatorio: el rock sigue siendo exceso, riesgo y diversión. Sin artificios, sin filtros, sin coartadas. Salí pensando que quizá el error no es del rock, sino nuestro. Que seguimos esperando que la música nos confirme lo que ya pensamos, cuando siempre ha estado ahí para incomodarnos. Para obligarnos a vivir justo en esa línea que se cruza. Ahí donde el ampli lo funde todo y, durante un rato, nos iguala.
Si se te quedó corto o no fuiste, el viernes más y mejor en El Búnker con The Loons


















Deja una respuesta