
El viento no avisa. Entra como un intruso antiguo, sacude persianas, arranca toldos y obliga a la ciudad a replegarse sobre sí misma. Alicante volvió este jueves a cerrar su perfil más emblemático —el Castillo de Santa Bárbara— y a desalojar parques y zonas arboladas ante rachas que alcanzaron los 69 kilómetros por hora en la estación de Ciudad Jardín.
No es una decisión estética. Es preventiva. Y es política.
El alcalde Luis Barcala convocó a primera hora el Centro de Coordinación Operativa Local (Cecopal), consciente de que en estos episodios la anticipación marca la diferencia entre la anécdota y el accidente. El Cecopal permanecerá activado durante la jornada y en los próximos días, porque el parte no concede tregua: la Agencia Estatal de Meteorología mantiene la previsión de aviso amarillo desde el viernes al mediodía y también durante el sábado.
La ciudad, mientras tanto, cuenta daños. Hasta las ocho de la mañana, Policía Local y Bomberos habían realizado una treintena de intervenciones: seis árboles caídos, cinco carteles arrancados, desprendimientos en cubiertas. La incidencia más delicada no se produjo en el centro histórico ni en la fachada marítima, sino en las vías férreas de San Gabriel, donde un árbol obligó a interrumpir temporalmente el tráfico ferroviario. El servicio ya ha sido restablecido. El susto queda.
El cierre del Castillo de Santa Bárbara tiene algo de símbolo: cuando la fortaleza que vigila la bahía se clausura, la ciudad reconoce que la naturaleza impone sus propias jerarquías. También los parques y áreas con arbolado de gran porte han quedado acordonados, como ya ocurrió el pasado fin de semana. No es la primera vez. Y probablemente no será la última.
El Ayuntamiento ha trasladado la alerta a los centros educativos, recomendando extremar precauciones en una semana marcada por celebraciones de carnaval. A los vendedores ambulantes se les ha pedido desmontar toldos para evitar el temido “efecto vela”, esa metáfora náutica aplicada a la fragilidad urbana. En el mercadillo de Teulada apenas una cuarta parte de los concesionarios ha desplegado puestos: el viento decide quién trabaja y quién espera.
También han sido clausurados un circo instalado en la avenida Doctor Rico —sus grandes lonas convertidas en riesgo potencial— y una actividad con hinchables en Rabasa. Medidas impopulares quizá, pero necesarias cuando el aire deja de ser brisa y se convierte en fuerza.
Alicante vive estos episodios con una mezcla de resignación mediterránea y disciplina institucional. No hay dramatismo en el discurso oficial; hay protocolo. La alerta amarilla se mantiene hasta las 18.00 horas de este jueves y amenaza con regresar en las próximas jornadas.
La ciudad, acostumbrada a mirar al mar, vuelve hoy la vista al cielo. Y espera.




















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