
Hay películas que se ven. Y hay películas que te miran mientras tú intentas sostenerles la mirada, sin llorar.. Tres adioses pertenece a la segunda categoría…
No es una historia que avance; es una historia que respira. Que se detiene y te obliga a parar en seco todo con ella. Coixet adapta la despedida lúcida, irónica y profundamente humana de Michela Murgia sin convertirla en tragedia, ni en consuelo barato. Lo que hace, con la épica aportación de Alba Rohrwacher —y eso tiene un mérito enorme— es regalarte un “pause”.
Sin hacer spoiler, hay una escena aparentemente sencilla: la protagonista sentada en un banco, comiéndose un helado. Nada épico. Nada dramático. Y, sin embargo, ahí está toda la película. La pausa. El gesto suspendido. El rostro que no sabe si está disfrutando o a punto de romperse.
Es ese instante en el que tu cara contiene todos los pensamientos que has ido aparcando durante años. Esos “ya lo pensaré”, “ya lo cerraré”, “ya diré adiós cuando toque”. Y de pronto entiendes que quizá toque ahora. O quizá no. Y que lo único real es ese helado que se derrite un poco más rápido de lo que querrías.
Coixet tiene razón:
No podemos vivir jodidos por el pasado y angustiados por el futuro.
La película no te lo dice como frase de taza motivacional. Te lo hace sentir en el cuerpo. En el silencio incómodo. En esa manera de mirar a alguien sabiendo que todo es frágil. Y que el momento es ahora. Y no hace falta planearlo, porque el ahora surge sólo y es tan simple como un vino, unas galletas, o elegir a la persona adecuada para que te acompañe y te bese en este trámite vital. Que acabe o no, es ya irrepetible.
Eso es lo que transmite la película: la conciencia de que vivir no es planificar la eternidad, sino permitirte degustar el instante sin expectativas, sin heroicidades, sin épica innecesaria. Como si la vida se acabara mañana —no desde el drama— sino desde la lucidez y la literaturización acorde con un final de película como culmen máximo de lo acontecido, no en la historia, sino en todas las historias presentes en las butacas.
Porque el arte de conseguir que alguien en una sala de cine sienta eso… vale mucho más que la entrada del día del espectador en los Aana.
Porque sales de allí rehecho, sin respuestas, pero con una certeza incómoda y hermosa:
quizá haya cosas a las que deberíamos empezar a decir adiós. Y quizá, antes de eso, deberíamos sentarnos en un banco y permitirnos sentirlo, para valorarlo personal y objetivamente asumiendo que arrepentirse no es un miedo, sino una consecuencia del hecho de retrasarlo más de lo debido.




















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