
Alicante no necesita que le expliquen que tiene un problema de movilidad. Lo sufre cada día. Lo sufren quienes viven en barrios mal conectados, los que dependen del coche para todo y las que viven en sus carnes lo complicado que es moverse entre Alicante, Sant Joan o Elche.
La propuesta que ahora se presenta no es revolucionaria, pero sí apunta en la dirección correcta: más líneas, mejor conexión de barrios y extensión hacia los ejes clave de la ciudad. Gran Vía como cinturón vertebrador, la avenida de Dénia como conexión estratégica, la llegada a zonas del sur históricamente olvidadas. Todo eso es necesario. Pero hay algo aún más básico que no siempre se dice con claridad: sin frecuencias altas y sin un servicio continuo, no hay red que funcione.
Porque el verdadero salto no está solo en dibujar nuevas líneas, sino en garantizar que el TRAM sea útil de verdad. Eso implica frecuencias de menos de 10 minutos, sí, pero también algo que sigue siendo una asignatura pendiente en Alicante: transporte público 24/7. Una ciudad que aspira a ser moderna no puede apagar su red de transporte por la noche.
Y junto a eso, hay conexiones que no admiten más demora. Alicante tiene que acercarse a Elche de forma real, no simbólica. No puede ser que dos ciudades que funcionan como un mismo espacio económico y social sigan teniendo una conexión pública tan limitada. Lo mismo ocurre con el Hospital de Sant Joan, un punto neurálgico que debería estar perfectamente integrado en la red. Aquí no hablamos de comodidad, sino de servicios básicos y acceso equitativo.
Hasta aquí, el diagnóstico es, más o menos, compartido. El problema empieza cuando entra la política. Porque lo que debería ser un consenso evidente —mejorar el transporte público, ampliar el TRAM, conectar el área metropolitana— se convierte en una sucesión de anuncios que cambian según quién los formule. No cambia el fondo, cambia la firma.
Y ahí es donde Alicante se atasca una y otra vez. Porque una red como esta no se construye en cuatro años ni se puede replantear cada legislatura. Requiere inversión, tiempo y, sobre todo, algo que escasea más que el presupuesto: acuerdos duraderos. El Plan General debería ser ese punto de encuentro, no lo que está siendo: un campo de batalla.
No se trata de quién tuvo antes la idea ni de quién la presenta ahora con más detalle. Se trata de asumir, de una vez, que hay proyectos que están por encima del desgaste político. Que conectar barrios, garantizar movilidad y reducir la dependencia del coche no son banderas, sino responsabilidades.
Alicante no necesita más planes que compitan entre sí. Necesita uno que se cumpla. Porque la diferencia entre una ciudad que avanza y una que se queda en promesas no está en lo bien que dibuja sus líneas, sino en si esas líneas llegan a construirse, a funcionar y a mantenerse en el tiempo.
Y eso —aunque suene menos épico— no depende del TRAM. Depende de algo mucho más difícil: la capacidad de dejar de competir y empezar, de verdad, a estar de acuerdo.























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