
El Ayuntamiento de Alicante anunció, el pasado viernes, el final de las obras de la antigua Casa de la Misericordia, dentro del complejo de Las Cigarreras, un edificio histórico que suma más de 6.000 metros cuadrados rehabilitados con una inversión de 12 millones de euros. La intervención supone una ampliación significativa del espacio disponible, pero vuelve a evidenciar la ausencia de un proyecto cultural claro que dé sentido al conjunto.
El nuevo edificio acogerá el denominado Museo Internacional de Exposiciones Temporales, con cinco salas y una programación rotatoria prevista cada seis meses. Sin embargo, más allá del anuncio de futuras exposiciones de gran formato, no se ha presentado una línea artística definida, ni un equipo directivo con un plan a medio o largo plazo. La infraestructura avanza más rápido que su contenido.
Este desarrollo se enmarca en la estrategia municipal bautizada como “Alicante Nuevo Centro”, un eje que pretende articular culturalmente la ciudad entre Las Cigarreras, la Plaza de Toros y el ADDA. El concepto, no obstante, sigue siendo difuso y acumulativo, más cercano a una suma de espacios que a un ecosistema cultural coherente. No hay una hoja de ruta pública que conecte programación, creación contemporánea y tejido local.
En paralelo, el relato institucional insiste en el impacto urbano y económico del proyecto, pero evita abordar una cuestión central: el modelo cultural. El riesgo es convertir el espacio en un contenedor polivalente sin identidad, donde convivan propuestas sin un criterio claro entre lo cultural, lo expositivo y lo comercial.
Especialmente llamativa resulta la falta de diálogo visible con los agentes culturales que ya operan en Las Cigarreras. Proyectos consolidados y equipos que han sostenido la programación durante años no aparecen integrados en la definición del nuevo espacio, ni como interlocutores ni como parte de una estrategia compartida. La ampliación no se apoya, de momento, en ese conocimiento acumulado.
Tampoco se han concretado herramientas básicas para el funcionamiento de un centro de estas características: presupuesto específico, dirección artística independiente o líneas de apoyo a la creación contemporánea. Sin estos elementos, la ampliación corre el riesgo de quedarse en un gesto urbanístico más que en un verdadero impulso cultural.
El anuncio del nuevo museo y la culminación de las obras llegan, así, envueltos en un discurso de transformación urbana que no termina de traducirse en políticas culturales estructuradas. Alicante gana metros cuadrados, pero sigue sin aclarar qué quiere hacer con ellos.
Eso sí, aunque se han cometido tropelías como cargarse la Casa del Médico, es de recivo reconocer que la rehabilitación arquitectónica, ejecutada por el estudio Ramón Esteve Arquitectos junto a la empresa Orthem, ha recuperado elementos patrimoniales relevantes —desde estructuras originales hasta un refugio antiaéreo— y ha mejorado la conexión interna del complejo. El continente está resuelto; el contenido, en cambio, sigue sin definirse. Y eso es lo realmente triste.

















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