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Descubriendo el «Búnker» de Ángel Picón

15 de mayo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

El sábado llovía en Alicante con esa insistencia que convierte cualquier plan cultural en una pequeña declaración de principios. Aun así, la SEU se llenó de esa gente que todavía entiende la literatura – y la importancia de la buena vecindad – como un lugar al que acudir… (no confundir con la simpleza de un objeto que se compra).

No lo he dicho, pero allí se presentaba Búnker, la cuarta novela de Ángel Picón, y es irónico pensar que la mañana gris tenía algo de refugio: por la lluvia, por el título, por la memoria y por esa forma tan alicantina (de adopción) de acabar hablando de libros como quien habla de calles, de bares, de muertos queridos, de alevosía y de vida.

Subir a la segunda planta de la SEU tuvo, para mí, una carga emocional bastante fuerte. Allí está el estudio de Artegalia, un lugar al que no volvía desde que murió Pércival. Hay espacios que conservan una temperatura propia, aunque hayan pasado los años. Sin abrir la puerta, ya tienes la gallina de piel y encima, el cabrón de Ángel, me había reservado un asiento en primera fila, cuando yo siempre me senté atrás en clase, que es desde donde se distraen más pulcramente las emociones.

Como el crimen ya estaba escrito, limitamos la velada a escuchar al autor y a su acompañante y editor Héctor Peña Manterola.

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Ángel Picón llega a esta novela con tres libros anteriores que lo avalan como escritor más ahora que ha tomado la decisión vital de dejar atrás el trajín de las ferias. Ahora dedica las mañanas a escribir. Hay algo profundamente serio – que no le pega demasiado – en ese gesto. Escribir por la mañana, con un café en el cuerpo, cuando el mundo todavía no ha terminado de empezar a hacer ruido, tiene algo de oficio, de disciplina y también de resistencia. En estos tiempos de prisas, algoritmos y escaparates permanentes, sentarse a escribir sigue siendo una forma de desobediencia meditada, que no tranquila, porque el tío nació con una guindilla en el culo que lo mantiene inquieto hasta el punto de que es difícil imaginarlo sentado escribiendo.

Hablar se le da mejor. Y entre risas y burradas, nos contó que Búnker parte de una premisa reconocible dentro del género: un joven inspector, Javier Alfaro, recién destinado a Alicante, se enfrenta a su primer gran caso tras el hallazgo del cadáver de una mujer estrangulada junto a un antiguo búnker de la Guerra Civil. A su lado aparece Miguel Marmota, inspector veterano y figura casi legendaria, marcado por la captura del “Matacuras”, uno de esos nombres que parecen pertenecer más al imaginario criminal que a la realidad. Pero la novela, según se seguía desgranando en la presentación, no se conforma con activar los mecanismos habituales del thriller. Hay dos policías investigando un crimen, sí, pero también hay un escritor, una capa de extrañamiento y una voluntad de escapar del cliché. Y hasta ahí puedo leer (que diría Mayra Gómez-Kemp).

Se habló de metarealismo, de una dualidad entre la investigación policial y la escritura, de una novela que sucede en Alicante sin necesidad de convertir Alicante en postal ni en expediente turístico. Y eso es importante. Hay muchas formas de (d)escribir una ciudad. Una de las peores es documentarla como si se estuviera rellenando una guía de viajes. Picón parece optar por otra vía: hacer gala de alicantinismo – incluso renegando de su condición de madrileño nativo – desde la vivencia, desde lo respirado, desde esa familiaridad que no necesita subrayarse porque está en el tono, en los gestos, en la luz, en los silencios y en los lugares que reconocemos sin que nadie tenga que explicárnoslos.

El búnker, claro, funciona como algo más que un escenario. Es resto histórico, símbolo, herida y metáfora. Un espacio de encierro, de defensa, de miedo y de memoria. En una ciudad como Alicante, donde la Guerra Civil no es solo un capítulo de los libros sino una presencia enterrada bajo calles, refugios, nombres y relatos familiares.

Ahora que estamos en puertas del 25 de mayo, situar aquí un crimen no es una decisión neutra. La novela parece moverse en ese territorio donde la violencia del presente dialoga con las violencias acumuladas del pasado. Y eso, en la narrativa negra, siempre abre una puerta interesante: la del crimen como síntoma, no solo como enigma.

La presentación tuvo también algo de celebración de esas amistades que nacen de puntos de vista concretos. Hay vínculos que no se explican por grandes biografías compartidas, sino por una manera parecida de mirar las cosas. Luego, claro, hay que aderezarlos bien: con buches de cultura, con conversación y con cerveza. En general conocemos a la gente por casualidad, pero las casualidades no existen del todo. Las cosas pasan por algo, aunque a veces tardemos años en saber por qué.

Sin fachas en la sala, por cuestiones obvias, La liturgia terminó como debía terminar: con un paseo rápido por la exposición de Jau Mira, una foto y cervezas. No me quedé a comer, pero sí hubo tiempo para hablar de Alicante, del pasado, de Madrid y de esas derivas absurdas que a veces regala la realidad cuando ya parece que la ficción ha cerrado la puerta. En La Zona, mientras la conversación seguía su curso, una «no televisión» emitía una pelea surrealista de enanos. La imagen era tan inesperada, tan incómoda y tan literaria que resultaba imposible no pensar que quizá de ahí pueda nacer el comienzo del siguiente libro.

Al volver a casa, el ejemplar firmado ya tenía otra lectora por delante: mi madre, que está de visita, se me ha adelantado. Hay pocas pruebas más claras de que un libro ha entrado en una casa de verdad. Los libros presentados en público empiezan su vida real cuando alguien los abre en privado, en un sofá, en una cama, en una tarde de lluvia o en una visita familiar apropiativa.

Búnker se presentó en Alicante como una novela negra, sí, pero también como una novela sobre lo que se esconde, lo que permanece y lo que sólo los que hemos decidido quedarnos aquí después de tantas «ferias» por el mundo, sabemos. Y quizá por eso el mediodía encajó tan bien con el título: afuera llovía, dentro se hablaba de literatura y, de algún modo, todos estábamos buscando refugio en el único sitio donde algunas cosas todavía pueden decirse con cierta verdad: los libros… y los bares.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, crónicas, LITERATURA, noticia cultural, noticias breves, REVISTA




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