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Love Of Lesbian: Y la última vez que gritamos… juntos

1 de junio de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Uno casi nunca sabe cuándo está viendo a un grupo por última vez. Esta vez sí. O eso parece…

Love of Lesbian ha anunciado un parón indefinido tras más de veinticinco años de carrera, y esta gira —que empezó en marzo en México y recorre ahora buena parte de España— tiene algo de celebración, pero también de despedida. Dos palabras que juntas siempre dejan un sabor raro. Celebrar lo vivido implica, casi sin querer, abrir cajones que uno creía cerrados: con viajes, discos, veranos, canciones, personas, cuerpos que ya no son exactamente los nuestros y un zurrón con más de 50 conciertos y 8 discos… porque la versión inglesa la pillamos tarde.

Por eso el concierto del sábado en Spring Festival no era uno más, aunque a simple vista tuviera todos los elementos habituales de una noche festivalera como tantas anteriores: vasos iguales, polvo, pantallas, móviles en alto, gente buscando a gente, cuerpos cansados y esa mezcla de euforia y resaca que acompaña siempre al segundo día. (También estaba la final de Champions, claro, porque la vida nunca permite que la épica llegue limpia del todo…)

La organización había hecho su trabajo colocándolos en prime time. Pero a esa hora, todavía bajo el peso del sol, el festival parecía menos una explosión colectiva que una negociación con el cuerpo. Había que esperar a que cayera la luz, a que la luna casi llena hiciera su parte, a que se abriera esa grieta temporal por la que algunas canciones consiguen devolvernos a sitios que ya no existen.

Mi «relación lesbiana» empieza hace muuuchos años…entonces teníamos un grupo y hacíamos una sola versión. Bueno, dos: Purple Haze, de Hendrix, y La niña imantada en versión punk. La primera vez que vi a Love of Lesbian en Bilbao todavía no eran ese nombre enorme que después acabaría impreso en todos los carteles. Eran, más bien unos tipos raros que se divertían cantando, entre otras, una canción que nosotros también intentábamos tocar.

Evelio —mi mejor amigo y guitarrista de aquella banda— estaba obsesionado con 1999 y Cuentos chinos para niños del Japón, porque fueron parte de su banda sonora en Galway. Entonces la música circulaba de otra manera. Más lenta, más física, más humana. Alguien decía: “Escucha esto”. Y aquello acababa en un CD de varios para los viajes, en una recopilación que nos ayudaba a pasar del punk-rock al mal llamado indie sin saber muy bien si estábamos traicionando algo o simplemente creciendo.

Pero, cuando nos dimos cuenta… Love of Lesbian estaban en todas partes.

Los veíamos cinco o diez veces cada verano. En salas cada vez más grandes, festivales, escenarios enormes (para verlos a gusto dos horas o más…) , noches en las que parecía imposible imaginar que algún día no habría otra oportunidad de verlos. Esa es la trampa de los grupos que permanecen mucho tiempo en tu ideario festivalero: empiezas a creer que estarán siempre ahí. Que si no los ves este año, ya será en el siguiente. Que si hoy no gritas una canción, habrá otro verano, otra cerveza, otro regreso al coche con las zapatillas llenas de polvo.

Hasta que de repente, desaparecen de los carteles… y ahora anuncian que paran…

Y es inevitable establecer una relación con el golpe de la rutina de los matrimonios largos. De cómo se puede querer mucho algo y, aun así, dejar de mirarlo con la misma pasión. ¿Recuerdas la primera canción de ellos que te atravesó? ¿La forma exacta que tu imaginación le dio al lugar donde solíamos gritar? ¿La hostia que se pegó aquella logroñesa bailando Me amo? ¿La coral improvisada camino de Sonorama? ¿La charanga de John Boy? ¿El concurso absurdo de letras de Love of Lesbian?

Empezar a ver el concierto respondiendo todas esas preguntas, cambió la forma con la que he encarado su magia las últimas veinte veces. Entre otras cosas, poque fui consciente de que en todas esas primeras veces… Nos tocábamos de otra manera. Nos mirábamos con otro cariño. Sonreíamos con una complicidad que quizá ahora, incluso ellos, parecen haber perdido un poco sobre el escenario. Se les ha roto el amor de tanto cantarlo. O puede que no se haya roto. Tal vez solo se ha convertido en otra cosa: una forma de cariño cansado, de oficio compartido, de pacto silencioso entre quienes conocen demasiado bien sus entradas, sus pausas, sus manías y sus trucos.

Saben perfectamente qué canción levanta al público y cuál permite respirar. Saben cuándo dejar que la memoria haga el trabajo. Pero ya no parecen vivirlo igual. Y quizá eso duele precisamente porque nosotros tampoco somos capaces de que lo sientan de otra manera… porque ya te han tocado otros y han llegado a puntos a los que la rutina no deja que «lo de siempre» llegue.

Ejército de salvación, con Santi Balmes solo con Dani Ferrer al piano, abrió el relato como una evidencia repleta de ironía: La soledad tiene algo de crecimiento que no entiende de ejércitos. Y en esa imagen, hermosa y un poco triste, pensé que los nostálgicos habríamos hecho otro repertorio. Uno con más heridas antiguas. Con Cuestiones de familia, Incendios de nieve, El amante guisante, Domingo astromántico o Universos infinitos.

Pero mi repertorio emocional ya no coincide del todo con el de quienes me rodean. Y quizá ahí está una de las claves de Love of Lesbian: cada persona tiene su propia versión del grupo. Todos coincidimos en 1999, claro. En Cuando no me ves. En ese puñado de canciones capaces de devolver una época entera con apenas dos acordes.

Y cada uno emprende su viaje en el coche que mi hermano se cargó en Castellón. El CD de varios. Los viajes. El cuerpo y la mente que teníamos entonces. La gente que estaba. La gente que ya no está. Las conversaciones eternas sobre grupos, discos y canciones que parecían más importantes que cualquier otra cosa porque, en realidad, quizá lo eran. La música era una manera de ordenar la vida antes de que esa misma vida empezara a desordenarlo todo.

Los hits de entonces han ido cayendo al fondo de nuestras listas de reproducción. No porque valgan menos, sino porque nosotros hemos cambiado nuestra forma de valorarlas. Ahí siguen los gatos que salen de la chistera —ahora estampados en camisetas—, las noches reversibles y esas letras que el tiempo ha ido modificando por su cuenta. Canciones que antes hablaban de deseo, torpeza o amor y que ahora también hablan de desgaste, pérdida y pactos con nuestras versiones anteriores.

Santi Balmes solo sigue siendo capaz de manejar ese archivo emocional. Love of Lesbian nunca han sido un grupo espectacular en el sentido más obvio del término. Llevan veinticinco años dedicándose al espectáculo para ser, casi por vocación, poco espectaculares. Terrenales desde las estrellas, titiriteros al aire libre. Su fuerza está en otro sitio: en esa familiaridad extraña de las bandas que han pasado tanto tiempo contigo que ya no puedes escucharlas con la pureza del principio.

Y así seguí avanzando la tarde encerrada en otras noches con La hermandad, Allí donde solíamos gritar, Los irrompibles… El repertorio avanzaba como avanzan algunas conversaciones con viejos amigos: no hace falta decirlo todo porque casi todo está sobreentendido. Pero precisamente por eso pesa más lo que no ocurre. Lo que ya no estalla. Lo que antes parecía inevitable y ahora se administra con profesionalidad.

Aunque los hemos visto mejores, no fue un mal concierto. Sobre todo, porque al no estar tan presentes, todas las canciones derraman su nostalgia por tu realidad actual. Aun así, hubo momentos que justificaron estar allí.

Allí donde solíamos gritar tiene ya el título de una crónica escrita de antemano. Porque Rabasa fue durante unos minutos eso mismo: un lugar donde muchos habían gritado antes, en otros años, con otros cuerpos, con otras urgencias. Un sitio al que se vuelve no para recuperar el tiempo —eso es imposible—, sino para comprobar que algunas canciones todavía saben abrir una rendija que te lleva al pasado.

Incluso ahí, tambié,n hubo una reivindicación necesaria. En un fin de semana donde casi todo parecía condenado a disolverse entre escenarios, marcas y fotos, Santi Balmes dedicó dos minutos a defender la escuela pública. Dos minutos no arreglan nada, pero colocan una frase en el lugar donde debe estar: en mitad de la fiesta, dentro del ruido, antes de que vuelva la siguiente canción. A veces basta con eso para recordar que lo común también se protege desde un escenario. Al fin y al cabo, eran muchos los profesores de escuela pública allí presentes.

Luego versionaron Viento de cara, de Supersubmarina.

Y hay versiones que no son una interpretación, sino un saludo figurado. Señales lanzadas hacia una memoria compartida. Porque los de Baeza también estaban en los mismos carteles siempre… Como si dentro de un festival también existieran habitaciones cerradas donde siguen sonando los grupos que faltan, los veranos que no terminaron bien y las canciones que se quedaron congeladas en algún punto extraño del mapa.

Los toros en la Wii y su parte fantástica de anuncio, con esa rareza suya de himno torcido, absurdo y luminoso. Y Club de fans de John Boy… volvió a levantar esa parte de Love of Lesbian que siempre ha funcionado mejor cuando se acerca al delirio: a la frase que no sabes si entiendes, pero cantas igual porque ya forma parte de tu educación sentimental.

Y ahí termina todo, con las lágrimas que se nos escaparon al volver a la realidad del silencio. Y no, no fue un funeral, ni falta que hacía. Tampoco una explosión de nostalgia empaquetada para consumo inmediato. Fue más bien una comprobación íntima. Y si esta era la última vez, estuvo bien que no sonara a tragedia.

Sonó a cansancio, gratitud, alguna deuda pendiente, un par de frases entendidas tarde y la certeza de que ciertas canciones seguirán trabajando cuando el grupo ya no esté delante. Sonó a matrimonio largo que celebra la firma del divorcio. A cariño sin fuegos artificiales. A una despedida sin abrazo final, pero con la suficiente memoria como para no necesitar grandes gestos.

Uno casi nunca sabe cuándo está viendo a un grupo por última vez. Pero esta vez sí… Y quizá por eso, al aplaudir, no hacía falta decir demasiado. Bastaba con caminar entre el polvo, mirar de reojo el móvil, escuchar el ruido del festival detrás y asumir que, durante veinticinco años, Love of Lesbian estuvieron ahí: en los coches, en los viajes, en las camisetas, en los veranos, en las rupturas, en las reconciliaciones, en los discos de varios, en todos los lugares donde alguna vez solíamos gritar.

Ahora paran. Y hasta la luna llena viene a dicirles ¡adiós! Nosotros seguimos. Y ellos seguirán sonando, pero no exactamente igual. Y eso, no es malo aunque no sea como tal un gran truco final, ni un día no vivido, ni un viaje épico a la nada.

Pero sí fue… fantástico… y muy lesbiano.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, crónicas, REVISTA




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