
El segundo día del Spring Festival siempre empieza antes de que suene la primera guitarra. Empieza en los cuerpos. En la gente sentada sobre ese cacho de césped artificial que, a ciertas horas, parece más una sala de espera emocional que un recinto de conciertos. Empieza en las gafas de sol que ya no son postureo sino necesidad médica. En los vasos que se agarran por costumbre. En las conversaciones que nacen a medias porque nadie tiene demasiadas fuerzas para terminarlas.
La resaca, cuando es colectiva, también tiene algo de comunidad. Uno mira alrededor y entiende que la jornada anterior ha dejado huella: en las caras, en las piernas, en esa manera de estar sin estar todavía. Spring Festival tiene eso: una maquinaria perfectamente engrasada para que todo parezca ligero, incluso cuando el público llega ya con varios festivales encima, aunque solo hayan pasado veinticuatro horas.
Hens salió con canciones, oficio y esa forma de pop generacional que funciona muy bien cuando encuentra el punto exacto entre la confesión y el estribillo. Pero también dejó cierta sensación de bucle. Todo sonaba correcto, todo entraba fácil, pero en algunos momentos costaba distinguir el fogonazo de la repetición. Hay artistas que convierten la reiteración en identidad; otros corren el riesgo de quedarse atrapados en ella. Hens estuvo más cerca de lo segundo, aunque con un público dispuesto a perdonarlo casi todo si la melodía le acompaña.
A esas alturas, el recinto ya había cambiado de temperatura. No solo por la noche, sino por el ambiente. Cuando crece el nivel de drogas, más vale que no te moleste que te griten al oído, que te empujen o que te toquen como si la emoción ajena tuviera derecho de paso sobre tu cuerpo. Y ojo: si es por la música, si es por esa sacudida limpia de quien no sabe contener la alegría, cojonudo. Bendita sea la gente que todavía se emociona con una canción. Pero hay una línea fina entre compartir un concierto e invadirlo todo. Y los festivales, cuando se hacen grandes, también se llenan de esa gente que confunde euforia con impunidad.
Luego llegaron Sanguijuelas del Guadiana y algo se desplazó. No necesariamente hacia lo cómodo. Más bien hacia lo verdadero. Hay bandas que salen al escenario como quien posa para una marca, y hay otras que aparecen con la copa de vino en la mano y unas ganas latentes de comerse el mundo. Savia nueva, sí, pero de la que no viene a pedir permiso. Y que se joda la virgen.
La decadencia también hay que cantarla. Sobre todo ahora, en estos tiempos de postureo, filtros, frases huecas y hostias con envoltorio bonito. Que haya crítica social, que haya barro, que haya un poco de polvo en las botas, no solo es necesario: es casi higiénico. Sanguijuelas del Guadiana no cantan desde la postal rural ni desde la nostalgia empaquetada para urbanitas con tote bag. Cantan desde una tierra que pesa. Desde una España que no siempre sale favorecida en las fotos, pero que sigue oliendo a era, a aperos, a cerveza antes de la siesta, a ultramarinos, a sardina seca, a comercio de los de antes, cuando por la carretera no pasaban camiones de Amazon sino silencios largos y familias enteras buscando futuro.
Como hijo de emigrantes extremeños, uno no puede ser objetivo con ciertas cosas. Hay canciones que no se escuchan: se reconocen. Algo de lo que cantan estos chavales ya hizo drogarse, de otra manera, a las sanguijuelas de mi época. Porque la cochera siempre va a cuestas. Ahora igual te da para comprarla, pero sigue siendo la misma cochera cochambrosa, el mismo cuarto oscuro donde se guardan la rabia, la vergüenza, los recuerdos y las herramientas.
Ahí está la diferencia entre la gentecita que canta de amor como si el mundo cupiera en una ruptura y quienes cantan la realidad, aunque la realidad venga con las uñas negras. Su versión de “Nada que perder”, de Robe, no fue solo una cita: fue una declaración de herencia. Hay en ellos algo de ese relato poético y crudo, de esa oscuridad extremeña, de esa manera castúa de nombrar la vida con adjetivos que no existen en otros mapas. Y cuando eso aparece en mitad de un festival de pulseras, pantallas y consumo rápido, el contraste no chirría: ilumina.
LA M.O.D.A. jugaron en otra liga, como casi siempre. A estas alturas no tienen que demostrar nada, y quizá por eso convencen tanto. Salen, tocan, se divierten y contagian. Saben exactamente en qué terreno pisan. Nadie en España te lleva a un granero del sur de Estados Unidos con esa naturalidad, y al mismo tiempo nadie ha sabido traer ese imaginario hacia una ruralidad española sin que parezca una postal impostada. Las camisetas de Abanderado, aquellas de la presentación a cero grados en Miranda de Ebro, siguen ahí, como si no cambiaran ni en el bar, los cabrones.
El coqueteo con lo rural les ha sentado bien porque nunca parece un disfraz. Hay madera, hay polvo, hay taberna, hay carretera secundaria. Y, sobre todo, hay una banda que entiende que el directo no consiste solo en ejecutar canciones, sino en hacer que la gente sienta que está pasando algo. Cuando alguien se divierte sobre el escenario, lo de abajo deja de ser público y empieza a ser cuadrilla.
Después llegó Dorian, y con ellos una sensación extraña: tienen el repertorio, tienen canciones que forman parte de la educación sentimental de varias generaciones festivaleras, pero les falta temperatura. Un poco más de RPM les vendría bien. O unas pastis estimulantes, si nos ponemos poco académicos. Porque resulta difícil entender cómo alguien puede llevar veinte años dedicándose al espectáculo y ser, precisamente, tan poco espectacular.
Y mira que hay canciones. Mira que hay material. Pero a Dorian siempre le ha faltado carisma, y ahora, además, parece que alguien les ha asesorado para contentar o conquistar a un público nuevo que no está claro que vaya a llegar. Pueden quedarse con que en México lo petan, que es verdad y tiene mérito, o pueden pensar en que cuando tocan solos en algunos sitios ya no venden las entradas como antes. Desde el cariño de haberlos disfrutado muchas veces y durante mucho tiempo: quizá les vendría bien parar, respirar y darle una vuelta a todo esto. No al repertorio, sino al modo de estar en él.
Ultraligera, en cambio, salieron con otra energía. Han cambiado la parte escénica, y se nota. No soy especialmente amigo de las bandas que orbitan todo el rato alrededor de las movidas de amor, pero hay algo interesante en que un punk rock hilado con ramalazos heavies encuentre espacio en un festival que durante años pareció reservado al pop de digestión más amable. Tienen algo que contar, saben dónde lo están contando y no necesitan subrayarlo demasiado.
A diferencia de otras citas recientes, aquí se limitaron a tocar. Y a veces eso es justo lo que hace falta. Sin sermón, sin exceso de pose, sin convertir cada pausa en una candidatura al liderazgo generacional. Canciones como “Matanza en el hotel”, “Tú no lo ves”, “Europa” o “La basura” funcionan porque no piden permiso para sonar grandes. Tienen temazos, tienen camino por delante y tocan de puta madre. En un cartel donde a veces todo parece diseñado para gustar sin incomodar, Ultraligera aportaron filo.
El segundo día del Spring Festival dejó esa mezcla que solo tienen los festivales cuando empiezan a desordenarse: bandas buscando su sitio, grupos que ya saben cuál es el suyo, públicos que van de la emoción al exceso y una ciudad provisional levantada sobre vasos, horarios, baños químicos y canciones que a veces te rozan y otras te atraviesan.
Y quizá de eso iba la noche: de distinguir lo que entretiene de lo que permanece. Lo que se canta por inercia de lo que te devuelve una imagen incómoda de ti mismo. Lo que suena bonito de lo que huele a tierra. Porque al final, entre tanto foco, tanta pantalla y tanta necesidad de parecer feliz, todavía hay canciones que te llevan a una cochera, a una era, a una carretera vieja, a dos octogenarios explicándole a una niña qué significaba una tierra que se saltó dos generaciones de vascos y alicantinas.
Y eso, en mitad de un festival, vale más que cualquier pulsera.














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