• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal
Quefas

Quefas

  • INICIO
  • AGENDA
  • ¿DÓNDE ESTÁS?
    • ALACANTÍ
    • ALICANTE CIUDAD
    • ELCHE
    • L´ALCOIÀ
    • LES MARINES
    • VEGA BAJA
    • VINALOPÓ
  • ¿QUÉ BUSCAS?
    • ARTE
      • exposiciones
    • CINE
      • Cartelera de Cine de Alicante
      • estrenos
      • series
    • ESCÉNICAS
    • LETRAS
    • MÚSICA
      • EL BUEN VIGÍA
      • FESTIVALES
    • NENICXS
    • SOCIAL
    • TURISMO
      • GASTRONOMÍA
      • Rastros y mercadillos
      • Visitas
  • REVISTA
    • CRÓNICAS
    • DESTACADOS
    • NOTICIAS
    • NOTICIAS CULTURALES
    • OPINIÓN
  • CONTACTO
    • Contacta con nosotr@s
    • El mapa de la cultura alicantina.
    • Envíanos tus eventos
    • Envíanos tus novedades
    • Envíanos tus cartas al director
    • TARIFAS de quefas.es
  • RRSS y SUSCRIPCIONES

Spring Festival 2026, día 2: la resaca, la tierra y la cochera

1 de junio de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

El segundo día del Spring Festival siempre empieza antes de que suene la primera guitarra. Empieza en los cuerpos. En la gente sentada sobre ese cacho de césped artificial que, a ciertas horas, parece más una sala de espera emocional que un recinto de conciertos. Empieza en las gafas de sol que ya no son postureo sino necesidad médica. En los vasos que no se vacían tan rápido como el día anterior. En las conversaciones más profundas y con cierta afonía…

La resaca, cuando es colectiva, también forma parte de este concepto curioso de comunidad. Uno mira alrededor y entiende que la jornada anterior ha dejado huella: en las caras, en las piernas, en esa manera de estar sin estar todavía. Spring Festival tiene eso: una maquinaria perfectamente engrasada para que todo parezca ligero, incluso cuando el público llega con el depósito medio lleno.

Desde esa parte de césped vi el concieto de Hens. Una banda en proceso de cocción con esa forma de pop generacional que funciona muy bien cuando encuentra el punto exacto entre la confesión y el estribillo. A mí me dejó cierta sensación de bucle. Todo sonaba correcto, todo entraba fácil, pero en algunos momentos costaba distinguir el fogonazo de la repetición. Hay artistas que convierten la reiteración en identidad; otros corren el riesgo de quedarse atrapados en ella. Hens estuvo más cerca de lo segundo, aunque con un público dispuesto a perdonarlo casi todo si la melodía le acompaña.

… al concierto de Love Of Lesbian, le dediqué un aparte (que puedes leer AQUÍ)

Y con la emotividad a flor de piel aparecieron frescas… las Sanguijuelas del Guadiana. Y ahí.. algo se desplazó. No hacia lo cómodo. Sino más bien hacia lo verdadero.

Hay bandas que salen al escenario como quien posa para una marca, y hay otras que aparecen con la copa de vino en la mano y unas ganas latentes de comerse el mundo. Savia nueva, sí, pero de la que no viene a pedir permiso. Y.. ¡qué se joda la virgen!.

La decadencia también hay que cantarla. Sobre todo ahora, en estos tiempos de postureo, filtros, frases huecas y hostias con envoltorio bonito. Que haya crítica social, que haya barro, que haya un poco de polvo en las botas, no solo es necesario: es casi higiénico. Sanguijuelas del Guadiana no cantan desde la postal rural ni desde la nostalgia empaquetada para urbanitas con tote bag. Cantan desde una tierra que pesa y forma parte de ellos. Desde una España que no siempre sale favorecida en las fotos, pero que sigue oliendo a era, a aperos, a cerveza antes de la siesta, a ultramarinos, a sardina seca, a comercio de los de antes, cuando por la carretera no pasaban camiones de Amazon sino silencios largos y familias enteras buscando futuro.

Como hijo de emigrantes extremeños, uno no puede ser objetivo con ciertas cosas. Hay canciones como el «100 amapolas» que abrió el bolo… que no se escuchan: se reconocen. Algo de lo que cantan estos chavales ya hizo drogarse, de otra manera, a las sanguijuelas de mi época. Porque la cochera siempre va a cuestas. Ahora igual te da para comprarla, pero sigue siendo la misma cochera cochambrosa, el mismo cuarto oscuro donde se guardan la rabia, la vergüenza, los recuerdos y las herramientas.

Ahí está la diferencia entre la gentecita que canta de amor como si el mundo cupiera en una ruptura y quienes cantan la realidad, aunque la realidad venga con las uñas negras que deja un día en el campo. Su versión de “Nada que perder”, de Robe, no fue solo una cita: fue una declaración de herencia. Hay en ellos algo de ese relato poético y crudo, de esa oscuridad extremeña, de esa manera castúa, herencia de Chamizo, de nombrar la vida con adjetivos que no existen en otros mapas. Y cuando eso aparece en mitad de un festival de pulseras, pantallas y consumo rápido, el contraste no chirría: ilumina.

La M.O.D.A. jugaron en otra liga, como casi siempre. A estas alturas no tienen que demostrar nada, y quizá por eso convencen tanto. Salen, tocan, se divierten y contagian. Saben exactamente en qué terreno pisan. Nadie en España te lleva a un granero del sur de Estados Unidos con esa naturalidad, y al mismo tiempo nadie ha sabido traer ese imaginario hacia una ruralidad española sin que parezca una postal impostada. Las camisetas de Abanderado, aquellas de la presentación a cero grados en Miranda de Ebro, siguen ahí, como si no cambiaran ni en el bar, los cabrones.

El coqueteo con la parte rural que no tienen las ciudades les ha sentado bien porque nunca parece un disfraz. Hay madera, hay polvo, hay taberna, hay carretera secundaria. Y, sobre todo, hay una banda que entiende que el directo no consiste solo en ejecutar canciones, sino en hacer que la gente sienta que está pasando algo. Cuando alguien se divierte sobre el escenario, lo de abajo deja de ser público y empieza a ser cuadrilla.

Después llegó Dorian, y con ellos una sensación extraña: tienen el repertorio, tienen canciones que forman parte de la educación sentimental de varias generaciones festivaleras, pero les falta temperatura. Un poco más de RPM les vendría bien. O unas pastis estimulantes, si nos ponemos poco académicos. Porque resulta difícil entender cómo alguien puede llevar veinte años dedicándose al espectáculo y ser, precisamente, tan poco espectacular.

Y mira que tienen temas buenos. Material para levantar hasta el peor de los resacosos. Pero a Dorian siempre le ha faltado carisma, y ahora, además, parece que alguien les ha asesorado para contentar o conquistar a un público nuevo que no está claro que vaya a llegar. Pueden quedarse con que en México lo petan, que es verdad y tiene mérito, o pueden pensar en que cuando tocan solos en algunos sitios ya no venden las entradas como antes. Desde el cariño de haberlos disfrutado muchas veces y durante mucho tiempo: quizá les vendría bien parar, respirar y darle una vuelta a todo esto. No al repertorio, sino al modo de estar en él.

Ultraligera, es un caso opuesto, aunque solo sea por un cuestión de energía. Se trabajan la parte escénica como nadie. Ya sabéis que no soy especialmente amigo de las bandas que orbitan todo el rato alrededor de las movidas de amor, pero hay algo interesante en que un punk rock hilado con ramalazos heavies encuentre espacio en un festival que durante años pareció reservado al pop de digestión más amable. Tienen algo que contar, saben dónde lo están contando y lo hacen con un lenguaje, que aparte de la música incluye unas visuales originales y una forma de sacarle jugo a su imagen de malote con primeros planos, punteos, una batería que no suele verse en estos sacromontes del 4×4 repetitivo y un repertorio cada vez mejor.

A diferencia del WARM, aquí se limitaron a tocar. Y a veces eso es justo lo que hace falta. Sin sermón – Para que el de la Escuela pública tenga sentido… -, sin exceso de pose, sin convertir cada pausa en una candidatura al liderazgo generacional. Canciones como “Matanza en el hotel”, “Tú no lo ves”, “Europa” o “La basura” funcionan porque no piden permiso para sonar grandes. Tienen temazos, tienen camino por delante y tocan de puta madre. En un cartel donde a veces todo parece diseñado para gustar sin incomodar, Ultraligera aportaron filo y kilates.

El segundo día del Spring Festival dejó esa mezcla que solo tienen los festivales cuando empiezan a desordenarse: bandas buscando su sitio, grupos que ya saben cuál es el suyo, públicos que van de la emoción al exceso y una ciudad provisional levantada sobre vasos, horarios, baños con espejos y lavabos y canciones que a veces te rozan y otras te atraviesan.

Y quizá de eso iba la noche: de distinguir lo que entretiene de lo que permanece. Lo que se canta por inercia de lo que te devuelve una imagen incómoda de ti mismo. Lo que suena bonito de lo que huele a tierra. Porque al final, entre tanto foco, tanta pantalla y tanta necesidad de parecer feliz, todavía hay canciones que te llevan a una cochera, a una era, a una carretera vieja, a dos octogenarios explicándole a una niña qué significaba una tierra que se saltó dos generaciones de vascos y alicantinas.

Y eso, en mitad de un festival, vale más que cualquier pulsera rosa.

Quizá te interese:

  • El «todo lo demás» de un viernes en Spring Festival – LEER LA CRÓNICA

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, crónicas, noticias breves, noticias TOP, REVISTA Etiquetado como: Baltimore




Síguenos en whatsapp
Síguenos en Telegram

Entradas recientes

  • Estrenos en plataformas (semana 25-2026)
  • Otras Hogueras son posibles: les Fogueres Populars vuelve a tomar la calle
  • Cultura en el Barrio de Carolines
  • Carlos Sadness y Los Fresones Rebeldes encabezarán el EMDIV 2026
  • Maror Fest confirma sus horarios para el viernes 26 y sábado 27 de junio

Interacciones con los lectores

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Quefas © 2026

X