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La Oreja de Van Gogh abre el Spring 2027: entre el guiño friki, la nostalgia y el riesgo de que todo se vaya a la mierda

29 de septiembre de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

El Spring Festival 2027 ya tiene primera confirmación y, desde luego, ha conseguido algo que cualquier festival persigue: que se hable de él. La Oreja de Van Gogh, de nuevo con Amaia Montero al frente, actuará el 28 o el 29 de mayo en Rabasa. En apenas unas horas, el anuncio ha generado una mezcla bastante curiosa de entusiasmo, incredulidad, bromas y cierta indignación entre quienes todavía pensamos que un cartel debería contar algo más que el número de personas que caben delante de un escenario.

Lo de introducir un punto friki o inesperado en un festival no es precisamente nuevo. Sonorama lleva años jugando esa carta con Raphael, el Dúo Dinámico y otros nombres que, fuera de contexto, parecían destinados a provocar primero una carcajada y después una plaza llena. Y funciona. El problema aparece cuando el guiño deja de ser guiño y uno empieza a preguntarse dónde termina la ironía y dónde comienza simplemente el “esto vende entradas”.

Porque, seamos claros, La Oreja de Van Gogh puede meter mucha gente en Rabasa. Eso parece difícil de discutir. La cuestión interesante es otra: ¿cuántas de esas personas acudirán por interés real en la propuesta musical del festival y cuántas porque quieren participar durante una hora en una gigantesca sesión de karaoke generacional?

Y tampoco pasa nada. Cantar Rosas rodeado de miles de personas puede ser divertidísimo. El problema es si esa lógica termina definiendo un cartel completo.

El regreso de Amaia Montero ha convertido a La Oreja de Van Gogh en una máquina particularmente eficaz de nostalgia. Tres décadas de canciones, varios himnos intergeneracionales y esa capacidad del pop de principios de siglo para activar recuerdos en personas que quizá llevan veinte años sin comprar un disco pero recuerdan perfectamente cada palabra de La playa.

Ahí está el negocio. Y sería ingenuo fingir que los festivales no son también negocios.

Pero quienes hemos visto recientemente a la banda podemos permitirnos alguna duda sobre cuánto hay ahora mismo de propuesta artística viva y cuánto de reconstrucción sentimental de aquello que fue. La celebración del pasado puede ser perfectamente legítima; otra cosa es presentarla como si estuviéramos ante una revelación musical de 2027.

La Oreja tiene canciones enormes. Eso no está en discusión. Lo discutible es qué significa colocarla como primera carta de presentación de un festival que, durante años, ha intentado moverse entre el indie, el pop alternativo y nombres capaces de conectar con públicos amplios sin renunciar del todo a cierta identidad.

Espero que no se enfaden nuestros amigos de Producciones Baltimore, pero existe un peligro bastante evidente cuando la principal pregunta pasa a ser “¿cuánta gente mete esto?”. Si el criterio se diluye demasiado, llega un momento en que todo empieza a valer.

Y esa frase puede ser fantástica para vender entradas, pero bastante menos atractiva para quienes todavía esperamos encontrar en un cartel alguna idea, algún riesgo (de otro tripo) o, simplemente, una mínima coherencia musical.

Porque el mismo nombre que puede actuar como reclamo irresistible para una masa funciona también como un enorme cartel de “quizá esto ya no sea para ti” para otra parte del público.

No es elitismo. O no necesariamente. Los festivales siempre han mezclado públicos, generaciones y estilos, y precisamente ahí puede estar parte de su gracia. Pero mezclar no significa programar al azar. Una cosa es introducir una anomalía divertida en mitad de un cartel con personalidad y otra construir un festival como si fuera la lista de reproducción de una boda particularmente larga.

Una confirmación no hace un cartel…

También conviene reconocer lo obvio: solo conocemos un nombre. Sería bastante absurdo dictar sentencia sobre Spring Festival 2027 antes de saber quién acompañará a La Oreja de Van Gogh. Tal vez dentro de unos meses esta confirmación resulte ser simplemente esa extravagancia que aporta color a una programación mucho más interesante. Tal vez termine encajando. O quizá sea la pista de hacia dónde quiere caminar el festival.

De momento, sabemos que la edición se celebrará los 28 y 29 de mayo de 2027 en Rabasa y que el primer movimiento ha sido apostar por uno de los fenómenos nostálgicos más rentables del pop español.

Después de reunir a más de 47.000 personas en 2026, según las cifras difundidas por la organización, es comprensible que Spring quiera seguir llenando el recinto.

La incógnita es si, además de llenar Rabasa, quiere seguir teniendo algo que decir musicalmente.

Porque sí: todos hemos cantado alguna vez 20 de enero. Pero entre cantar Rosas con una cerveza en la mano y asumir que cualquier cosa vale si vende suficientes abonos sigue existiendo una pequeña distancia. Esperemos que el cartel completo no decida recorrerla demasiado deprisa.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, festivales de música, MÚSICA, noticia cultural, noticias breves, opinión, REVISTA Etiquetado como: Baltimore




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