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La distancia entre dos cuerpos.. y Viva Suecia

10 de octubre de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

La espera se estaba haciendo larga. No recuerdo cuánto… En los conciertos el tiempo tiene una manera extraña de transcurrir, sobre todo cuando todavía no ha empezado nada, se suceden los anuncios en las pantallas, la gente habla alto o corre buscando un sitio más cerca del escenario… y, sin embargo, todo el mundo parece estar esperando que pase algo distinto.

El hombre era alto… De esos que uno identifica enseguida como una amenaza, no por lo que hacen sino por el lugar que ocupan. Había conseguido un trozo de césped artificial y lo examinaba, desde las alturas, con la satisfacción de quien ha resuelto un problema importante. Me explicó que era para amortiguar los saltos. Lo dijo muy convencido. Había calculado los saltos de emoción, supongo, las horas que tendría que permanecer de pie, los impactos contra el suelo, el cansancio que vendría después. Un pequeño territorio blando, apenas unos centímetros de diferencia entre sus zapatillas de correr y el mundo.

A su lado estaba ella. Bastante más baja. No recuerdo si hablaba mucho o poco, si participaba de aquella preocupación por el suelo o simplemente la toleraba. A veces es difícil distinguir la paciencia del afecto.

A él le gustaba Viva Suecia. Eso estaba claro. Había algo en su manera de prepararse para el concierto que lo delataba. Pero también estaba ella, y la forma en que sus ojos la buscaban incluso cuando parecía ocupado en otra cosa.

Hace tiempo que no relaciono el amor con la música de esa manera. No sé cuándo dejó de sucederme. Quizá no haya dejado de hacerlo y simplemente haya cambiado de lugar, como cambian de sitio algunas cosas dentro de nosotros sin que nos demos cuenta. Ahora las canciones me llevan hacia atrás o hacia dentro. A menudo ambas direcciones se confunden. Escucho, bailo, interiorizo para luego poder recordarlo. Hay momentos en los que una melodía abre una habitación que creía cerrada y otros en los que no ocurre absolutamente nada, salvo esa sensación física de estar donde me apetece, o me ha tocado estar.

Y escribo mientras tanto…

La gente mira el teléfono y después me mira a mí, aunque no sé si realmente lo hace o si he aprendido a sentirme observado. -«Qué estará escribiendo este»- pensarán. Como si escribir y escuchar fueran actividades incompatibles, como si el cuerpo no pudiera seguir una canción mientras la cabeza se entretiene en otro sitio dando abrazos de otra manera…

Algunas de esas frases terminan en una crónica. Otras no van a ninguna parte. Las guardo para mí o para contarle la noche a alguien que no ha venido. Nunca he sabido hacer buenas fotografías. En mis vídeos todo tiembla… así que supongo que, tal vez, sea una representación más fiel que puedo hacerte de lo que veo.

Doce años después, Viva Suecia me suena de otra manera. O quizá sea yo quien escucha desde otro lugar… El caso es que no sé en qué canción ocurrió. Me gustaría recordarlo, porque los relatos parecen necesitar esas precisiones, pero lo cierto es que no lo sé. El hombre alto ya tenía los pies sobre su pequeña parcela de césped. Había conseguido lo que quería. El concierto estaba en marcha, los cuerpos se movían y él podía saltar sin preocuparse tanto por el golpe de la caída.

Entonces dejó de botar… y se agachó…

No fue un movimiento extraordinario. Apenas una inclinación del cuerpo, una renuncia momentánea a su altura. Ella se acercó y se abrazaron. Creo que hubo un beso, aunque ahora no podría asegurarlo. Lo que recuerdo con nitidez es la diferencia entre los dos, esa distancia vertical que él tuvo que deshacer para encontrarse con ella.

Dejé de escribir.

Pensé en el césped. En el trabajo que se había tomado para conseguirlo. En aquella preocupación tan concreta por amortiguar los saltos y en cómo, de pronto, sus pies parecían haber perdido toda importancia. Había preparado el suelo para soportar mejor el peso de su cuerpo, pero ahora el peso estaba en otra parte. En los brazos, en la espalda ligeramente vencida, en la proximidad de una cara.

Desde donde yo estaba, aquello se parecía mucho a la felicidad. Aunque también podía ser otra cosa. Uno nunca sabe qué está viendo cuando observa a dos desconocidos. Es fácil inventarles una vida, atribuirles una historia, confundir un gesto con una explicación o un principio de amor. Quizá incluso discutieron antes de llegar. Quizá llevaban años juntos. Quizá aquella noche era la primera. Yo no sabía nada de ellos, ni siquiera sus nombres, y sin embargo durante unos segundos tuve la impresión absurda de comprenderlos.

La música seguía sonando.

Me pregunté cuándo había dejado de buscar esos abrazos dentro de las canciones. O si alguna vez los había buscado realmente. En qué momento había empezado a observar desde fuera cosas que antes me sucedían por dentro. No era tristeza, al menos no exactamente. Tampoco nostalgia. Había algo agradable en aquella distancia, en la posibilidad de emocionarme con una felicidad que no me pertenecía y que, precisamente por eso, no me exigía nada.

El hombre seguía inclinado hacia ella.

Su pequeña isla de césped artificial continuaba bajo sus pies, inútil por unos instantes. La había conseguido para saltar, para protegerse del suelo, para evitar el dolor de después. Y ahora parecía dispuesto a renunciar a todo aquello por mantener un poco más el abrazo mientras sonaban «dolor y gloria», «El Bien», «Lo que te mereces»:..

Pensé que quizá el amor consistía en eso. No en encontrar una superficie que amortigüe las caídas, sino en descubrir, de pronto, que el suelo ha dejado de importar. Porque sus pies retrocedieron, se salieron del césped, para pisar la piedra… alejándose de Viva Suecia, acercándose a su amada para abrazarla más fuerte. De otra manera. En medio, la música como banda sonora de un beso digno de una película romántica.

No volvió a erguirse, dejó de ser demasiado alto, pudimos ver el concierto con el ángulo completo, escuchando esas canciones que conozco desde hace doce años y que ya no significan exactamente lo mismo, que ahora significarán para ellos.

No escribí nada más durante un rato, pisando el pedazo de césped artificial… y, simplemente, me quedé en ese otro sitio. Un lugar bastante parecido al suyo, aunque nadie, al mirarme, hubiera podido adivinar dónde estaba yo, en realidad.

Publicado en: crónicas, Elche, noticia cultural, noticias breves, REVISTA




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