
La segunda edición del OASIS FEST de Elche se despide con 22.000 asistentes en dos jornadas, una buena colección de conciertos y la sensación de que, entre los grandes nombres y las apuestas emergentes, todavía hay mucho por descubrir. De TG&SOA a Lori Meyers, pasando por Barry B, El Diablo de Shanghái, Niños y Ojete Calor, una última noche para reivindicar la curiosidad musical, las escenas locales y esas guitarras que vuelven a ocupar el centro de todo.
Si ayer hablábamos de la escena ilicitana y de esa incomprensible desconexión entre Alicante y Elche —sin TRAM ni una alternativa de autobús que facilite un intercambio sociocultural mínimamente razonable—, hoy toca hablar de una conexión que sí funciona: la de sus bandas.
Porque mientras las administraciones siguen sin encontrar la manera de acercar dos ciudades separadas por apenas unos kilómetros, los músicos llevan tiempo haciéndolo por su cuenta. Van a conciertos, se conocen, comparten escenarios, se apoyan y, lo más importante, se llevan bien. Hay una complicidad que empieza a dar sus frutos y que resulta bastante más interesante que cualquier discurso institucional sobre vertebración cultural.
Y hay otro factor fundamental:. Salas que permiten tocar con cierta regularidad, que evitan que pasen meses entre un concierto y el siguiente y que ofrecen a los grupos la posibilidad de crecer sobre un escenario. Porque una banda necesita ensayar, sí, pero sobre todo necesita tocar delante de gente. Los Beatles acumularon cerca de 300 actuaciones en The Cavern antes de conquistar el mundo. No es necesario aspirar a tanto, pero convendría no olvidar que las canciones también se aprenden (y se mejoran) tocándolas y poder hacerlo en escenarios así, o en los conciertos de LA MATINAL ha dado alas a las bandas nuevas de nuestro entorno.
TG&SOA fueron nuestra primera parada del sábado. Hace tiempo que me saturé de Miss Caffeina y preferí comenzar la jornada con una banda que todavía tiene muchas cosas por demostrar y, afortunadamente, muchas ganas de hacerlo.
Les falta rodaje, claro que sí. Pero tienen desparpajo, actitud, canciones y una naturalidad sobre el escenario que invita al optimismo. Además, empiezan a escapar de ese encorsetamiento adolescente del amor, el desamor y las pequeñas tragedias sentimentales para adentrarse en asuntos bastante más incómodos: «los hijos de puta que compran pisos», la gentrificación, las acampadas, la precariedad o las hostias mentales que arrastramos quienes vivimos instalados en la incertidumbre más absoluta.
Y todo eso, con un Calipo, sin perder frescura, ni caer en el sermón…
Hay algo especialmente saludable en esa manera de entender la música. La camiseta del guitarrista apoyando las reivindicaciones del profesorado durante la huelga del año pasado, la de Slipknot del bajista, las conexiones con la ilustración, la política o la educación… Todo forma parte de una misma conversación cultural. Las escenas crecen cuando dejan de ser compartimentos estancos y empiezan a «contaminarse» unas a otras.
También se agradece que las guitarras sigan siendo guitarras, porque empieza a resultar difícil ignorar la predominancia de los pedales de efectos en buena parte de las propuestas que más nos interesan. Quizá sea casualidad. O quizá, como tantas veces ha ocurrido, su regreso tenga algo que ver con el estado de las cosas. Cuando la realidad entra en crisis, las guitarras suelen volver a hacer ruido.
Los datos de la organización dicen otra cosa, pero la sensación es que el segundo día había más gente. Se notaba en los desplazamientos, en las barras y en esa sensación de que el festival había alcanzado su velocidad de crucero.
Llegué tarde a Barry B, precisamente por quedarme hasta el final con TG&SOA. Cosas de los solapamientos y de tener que elegir. Lo que pude escuchar confirmó algunas de las señas de identidad del artista: falsetes que por momentos parecían mirar hacia Chris Martin, baterías de ritmos entrecortados, mucho autotune y una manera de interpretar que conecta con buena parte del pop alternativo de su generación, como se demuestra en el Sold Out del concierto de Marmarela, o la que lió cuando las matinales se hacían en el Castillo.
Gabriel Barriuso sabe que tiene canciones pegadizas como «trankis» o «yo pensaba que me había tocado Dios» (la mejor, para mí, y la que cerró el espectáculo). Sabe moverse, es original y qué quieres que te diga, aunque me gustan más las guitarradas, mola que haya cierta originalidad en los nombres del cartel.
Después llegó El Diablo de Shanghái, una de esas bandas que agradeces especialmente cuando llevas demasiadas horas escuchando propuestas que, con distintos envoltorios, terminan pareciéndose bastante.
Hay algo en su sonido que recuerda a una reinvención contemporánea de Golpes Bajos, salvando todas las distancias, atravesada por el nervio del punk y una actitud bastante menos complaciente que los que solo cantan canciones de amor. Tienen personalidad, algo que no debería ser extraordinario, pero que en determinados contextos empieza a parecerlo.
Curiosamente, durante la parada técnica posterior a Barry B, terminamos hablando de Odio París y La Maniobra de Q. Bandas que quizá no llegaron a convertirse en grupos de culto, o quizá sí, dependiendo de a quién preguntes. Resulta gracioso que aparezcan esos nombres en mitad de todo este mainstream alternativo que, a fuerza de repetirse, empieza a construir sus propias convenciones.
No soy de listas y pamplinas de influencer. Pero sí me atrevo a decir que el de estos catalanes, con dos discos (ya) muy buenos bajo el brazo, fue el mejor concierto del festival. Al menos, para los que valoramos más la novedad, la originalidad, el desparpajo y la buena música, obviamente.
La curiosidad no viene incluida con la pulsera
Hablando de esto…hay algo que siempre me llama la atención en los festivales: esa parte del público que parece acudir con la música ya completamente decidida. Paga su entrada, recibe un cartel con los nombres que conoce y espera que todo llegue convenientemente masticado.
No hay nada malo en ello. Cada cual disfruta como quiere y para eso ha pagado. Pero resulta curioso pensar que, si Carlos Ares o Barry B hubieran tocado en un escenario pequeño hace tres o cuatro años, buena parte de quienes hoy los esperan en primera fila probablemente ni se habrían acercado. Y tampoco pensarán demasiado en lo que se están perdiendo ahora…
Mientras unos consumen cervezas escuchando música pinchada entre actuaciones o se pintan la cara… otros seguimos buscando en los escenarios secundarios esa canción, esa banda o ese concierto que justifique por sí solo una jornada entera.
Tengo mi pequeña parcela de resistencia, cada vez con más adeptos, por cierto. Aunque seguramente quienes se quedan en el escenario principal también tendrán algún adjetivo para mí. O pensarán: «Mira al gilipollas este, perdiéndose a Ojete Calor».
Y probablemente tendrán razón desde su punto de vista.
Pero es que ya he coincidido con Ojete Calor varias veces este verano. Cambia algún comentario, alguna interacción, pero el espectáculo sigue siendo esencialmente el mismo. Divertido, sí. Eficaz, también. Pero conocido, o manido, más bien.
Aquí aparece, además, una cuestión interesante para los grupos «pequeños»: ¿qué hacer con los solapamientos? ¿Colocar los mejores temas al principio para enganchar al público o reservarlos para premiar a quienes se quedan hasta el final?
En cualquier caso, el problema no es de gestión. Es una simple cuestión de curiosidad. Si no la tienes, sigues la corriente hacia donde va más gente. Si la tienes, aprendes a elegir, a equivocarte y, de vez en cuando, a descubrir algo extraordinario.
Este verano ha sido especialmente generoso en ese sentido. Mala Gestión, que probablemente el año pasado ya estarán en otro nivel, Juventude, Los Chivatos o The Molotovs son buenos ejemplos de que todavía hay muchísimas cosas interesantes esperando su oportunidad.
Ojalá el próximo año tengamos menos repeticiones y más apuestas de ese tipo.
Siguiendo con las decisiones de programación que cuesta entender… Después de Ojete Calor, y con buena parte del público esperando el siguiente concierto, nos encontramos con otra sesión de DJ. Enriro apareció en pleno prime time, con la gente bailando como si estuviéramos en Stereo a las tres de la mañana.
La escena tenía algo de surrealista. No porque la sesión estuviera mal ni porque la música electrónica tenga menos derecho a ocupar un escenario. Todo lo contrario. El problema es otro: resulta extraño acudir a un festival con dos escenarios y encontrarte con que, durante una hora entera… ninguno ofrece música en directo.
Una cosa es utilizar sesiones para facilitar las transiciones y otra convertirlas en sustitutas de una programación que, por infraestructura y posibilidades, podría mantener la música en vivo sin interrupciones tan prolongadas.
Y cuando llevas dos días de festival, esas pausas pesan.
Otro nombre que incorporamos a la lista de descubrimientos es Niños …
Con su uniforme y esa estética que parece reivindicar el rock más primigenio, recuperan algo del espíritu de aquellas bandas británicas que entendían el punk como una forma de enfrentarse a la disciplina, las convenciones y, si hacía falta, al colegio de pago.
Hay descaro, urgencia y canciones que no necesitan demasiadas explicaciones. Especialmente celebrada fue «Llama al 900» (que sacaron hace un mes con La Milagrosa), uno de esos temas que aparentemente no dicen demasiado y, sin embargo, terminan diciéndolo todo. Hastío, cansancio, ganas de desaparecer durante un rato y de perder de vista una realidad que a veces resulta insoportable. Muy Green Day y mucho más potente en directo que en lo grabado. «Lo siento mamá» o «Dia de verano» suenan bastante mejor en vivo.
Lori Meyers: la nostalgia como último refugio
Lori Meyers afrontaban su último concierto de la temporada de festivales y, aunque se les nota el cansancio acumulado, siguen teniendo algo que muchos grupos matarían por conseguir: un repertorio capaz de activar recuerdos colectivos con apenas unos acordes.
Noni cumple, se entrega y sostiene un espectáculo que ya hemos visto muchas veces. Quizá demasiadas. Pero hay canciones que han terminado formando parte de nuestra propia biografía musical y resulta complicado escucharlas sin que aparezca una sonrisa.
Mi realidad, Siempre brilla el sol, Luces de neón…
Y, por encima de todo, esa sensación de que, cuando alguien vuelva a escribir algo como Luciérnagas y mariposas, podremos empezar a establecer comparaciones.
Hasta entonces, conviene reconocer el peso de una banda que ha acompañado a varias generaciones y que sigue llenando escenarios sin necesidad de demostrar demasiado.
Si uno se toma su concierto como el broche final de un verano larguísimo de festivales, todo suena un poco mejor. Incluso las canciones que hemos escuchado decenas de veces.
Después todavía hubo tiempo para asomarnos un rato a Teo Lucadamo, aunque su propuesta no termina de conectar conmigo. Algo parecido me ocurre con La La Love You. Cuestión de gustos, de saturación o de haber llegado a ese punto de la temporada en el que uno ya sabe perfectamente dónde quiere gastar sus últimos minutos de energía.
Así que agotamos los tokens que nos quedaban y empezamos a despedirnos de Elche…
Elche no termina cuando se apagan los escenarios
La segunda edición del OASIS FEST cierra con 22.000 asistentes en dos días, una cifra que confirma su capacidad de convocatoria y su consolidación dentro del calendario musical de la provincia.
Pero, más allá de los números, sería interesante que el festival siguiera creciendo también en personalidad. Que no se limitara a reproducir el circuito de nombres que van saltando de cartel en cartel y que aprovechara su posición para arriesgar, descubrir y dar mayor visibilidad a las escenas que están creciendo a pocos kilómetros de sus escenarios.
Porque lo mejor de estos dos días no ha estado necesariamente donde se concentraban más personas. Y porque Elche tiene vida musical más allá de sus grandes festivales.
De hecho, suponemos que pronto conoceremos la programación de La Matinal, aunque ya sabemos que el próximo viernes estarán Rufus T. Firefly en La Llotja, que en noviembre llegará La Perra Blanco y que diciembre traerá a Toldos Verdes (en este caso en Escorxador).
Y aunque los centros culturales ilicitanos no paguen a la agenda cultural más leída de la provincia, aquí seguiremos contándolo. Porque la cultura no debería depender de quién contrata publicidad, sino de lo que merece ser contado. Y, al menos, de momento, eso nos lo podemos permitir.
Nos despedimos del OASIS FEST con algunas certezas: que las guitarras están viviendo un momento especialmente interesante, que las escenas de Alicante y Elche tienen mucho más en común de lo que permiten sus conexiones de transporte y que la curiosidad sigue siendo la mejor herramienta para disfrutar de un festival.
22.000 personas han pasado por el OASIS FEST. La pregunta interesante no es solo cuántas fueron, sino cuántas descubrieron algo que no sabían que les gustaba. Espero que muchas, porque variedad y buen gusto, hubo mucho.















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