
Barreto y La Victoria inauguraron el viernes la temporada escénica del Teatre Arniches, dentro del Festival Circarte, con una propuesta de circo contemporáneo que convierte el riesgo, la fragilidad y la confianza en materia artística. Cinco intérpretes, una sucesión de imágenes poderosas y una hora de tensión física y emocional que nos recordó que, a veces, para sostenernos necesitamos aprender a volar.
Iván Ferreiro cantaba que el equilibrio es imposible. Y seguramente tenía razón. Sobre todo en un mundo como el que habitamos, donde la estabilidad se ha convertido en una utopía y sobrevivir consiste, demasiadas veces, en encontrar nuevas maneras de no precipitarnos al vacío.
Quizá por eso «Abans de caure«, el espectáculo con el que Barreto y La Victoria inauguraron el viernes la temporada del Teatre Arniches, resulta tan pertinente. Porque, más allá de la extraordinaria destreza física de sus cinco protagonistas, lo que vimos sobre el escenario fue una representación bastante reconocible de nuestra propia existencia: cuerpos empeñados en desafiar la gravedad, alcanzar alturas improbables y sostenerse unos a otros mientras todo amenaza con venirse abajo.
Nos pasamos la vida haciendo malabarismos. Con el trabajo, con el dinero, con los afectos y con las expectativas que depositamos en nosotros mismos. Caminamos sobre precipicios que rara vez hemos elegido y aprendemos a calcular cada movimiento. A veces imaginamos que podemos tocar el cielo. Otras, bastante más frecuentes, nos conformamos con no acabar hundidos en el fango.
Y ahí aparece el circo… hay algo profundamente honesto en su versión contemporánea, cuando renuncia a utilizar la técnica como una simple exhibición de virtuosismo y la convierte en lenguaje. Porque, a diferencia de otras disciplinas escénicas, aquí el riesgo no es únicamente una construcción dramática. Existe. El cuerpo que cae puede hacerse daño. El cuchillo que atraviesa el aire tiene filo. La precisión de los movimientos nunca consigue eliminar del todo la posibilidad del error.
En Abans de caure, esa incertidumbre se convierte en el verdadero motor de la representación.
La pieza avanza mediante una sucesión de situaciones físicas, acrobacias, malabares y movimientos coreografiados que construyen imágenes de una intensidad extraordinaria. Los cuerpos se buscan, se desafían, se necesitan. Las luces desplazan nuestra atención de un extremo a otro mientras los cinco intérpretes ocupan un espacio en el que cada gesto parece contener una amenaza y una promesa.
No se trata únicamente de admirar lo que son capaces de hacer. Lo interesante es preguntarse por qué nos conmueve tanto contemplarlo.
Seguramente porque reconocemos en esos cuerpos una versión extrema de nuestras propias inseguridades. Porque sabemos lo que significa sentir que perdemos el control. Porque intuimos que la diferencia entre el fracaso y la supervivencia depende, muchas veces, de que alguien esté dispuesto a tendernos la mano.
Y porque, durante una hora, el escenario nos permite contemplar el miedo sin necesidad de apartar la mirada.
La necesidad de los otros…
Uno de los aspectos más sugerentes del espectáculo reside en la autosuficiencia, en la obligación de superarnos individualmente y en la idea de que cada persona es responsable exclusiva de su propio destino, Barreto y La Victoria .construyen un universo en el que nadie puede sostenerse completamente solo.
Hay que aprender a calcular, pero también a confiar. A asumir el riesgo de que otro cuerpo soporte nuestro peso. A comprender que la fragilidad no desaparece cuando nos hacemos más fuertes, sino cuando encontramos maneras de compartirla.
Es una idea sencilla, casi elemental, pero especialmente poderosa en estos tiempos de precariedad convertida en forma de vida. Nos han enseñado a competir, a resistir, a improvisar soluciones y a celebrar una capacidad de adaptación que demasiadas veces no es otra cosa que resignación.
Los esclavos de la incertidumbre hemos terminado normalizando el vértigo. Y, en ese proceso, hemos olvidado cómo se vuela.
Lo fascinante de Abans de caure es que sus protagonistas recuperan esa posibilidad sin negar el peligro. No prometen un mundo libre de dificultades. Más bien plantean que quizá la única manera de alcanzar determinadas alturas sea aceptar nuestra vulnerabilidad y confiar en los demás.
Sin la fusión de Circarte y Arniches, nos lo perderíamos… No únicamente porque nos permitan disfrutar de espectáculos de enorme calidad artística, sino porque contribuyen a transformar nuestra manera de mirar el circo.
Durante demasiado tiempo lo hemos asociado al entretenimiento familiar, a la carpa, al número espectacular y al aplauso después de una proeza. Todo eso forma parte de su historia, naturalmente, pero reducirlo a una sucesión de habilidades extraordinarias supone ignorar su capacidad para construir pensamiento, emoción y discurso escénico.
El circo contemporáneo ha aprendido a utilizar el cuerpo como un territorio de investigación. A explorar sus límites, sus dependencias y sus contradicciones. A convertir el movimiento en una forma de narración que no necesita explicarlo todo mediante palabras.
Y eso también exige educar al espectador… Que Aprendamos a interpretar una acrobacia como algo más que una acrobacia. Que descubramos que un malabarismo puede hablar de nuestras dificultades para mantener demasiadas cosas en el aire. Que los focos que nos obligan a mirar de un lado a otro se parecen bastante a esa realidad fragmentada en la que vivimos, incapaces de atender a todo lo que sucede.
Pocas disciplinas tienen esa capacidad para convertir un ejercicio físico en una reflexión sobre la condición humana sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Una hora para recordar que todavía podemos imaginar
La propuesta de Barreto y La Victoria tiene además una virtud que conviene destacar: no necesita subrayar permanentemente sus significados para que estos aparezcan.
Las imágenes hablan por sí mismas. La tensión se construye desde los cuerpos, desde el silencio que precede a determinados movimientos, desde esa respiración contenida que compartimos los espectadores cuando intuimos que algo puede salir mal.
Hay belleza en la precisión, desde luego, pero también en el esfuerzo que la hace posible. En los músculos que sostienen, en los gestos de concentración, en las pequeñas correcciones necesarias para que todo continúe funcionando. El virtuosismo no elimina la fragilidad: la hace visible.
Y ahí reside buena parte de la emoción. Porque el espectáculo no propone una huida ingenua hacia un mundo donde todo sea posible. Su verdadera fuerza está en recordarnos que incluso aquello que parece imposible necesita ser imaginado antes de poder intentarse.
Una hora de maravillas que supuso, además, un comienzo de temporada especialmente ilusionante para el Teatre Arniches. No está nada mal inaugurar una programación con una obra que nos obliga a reconsiderar nuestros límites y a recordar que las artes escénicas pueden sacudirnos sin necesidad de grandes discursos.
Basta con cinco cuerpos, una buena idea y el valor suficiente para llevarla hasta sus últimas consecuencias.
Y entonces volvemos a la calle..
Al salir del teatro, el mundo recupera sus reglas. Los cuchillos dejan de volar sobre nuestras cabezas. Los cuerpos vuelven a desplazarse siguiendo trayectorias previsibles. Nadie espera que demos un salto imposible ni que encontremos a alguien dispuesto a sujetarnos antes de tocar el suelo.
Abrimos el paraguas. Llueve. Y pasan esas cosas que únicamente parecen posibles en una ciudad empeñada en complicarnos los desplazamientos. El TRAM nos deja a mitad de camino y, en cualquier otra circunstancia, probablemente habríamos terminado maldiciendo la falta de previsión, el transporte público o esa extraña capacidad que tiene Alicante para convertir cualquier regreso a casa en una pequeña aventura.
Pero hoy no. Hoy venimos de contemplar durante una hora a cinco personas desafiando la gravedad, arriesgándose a hacer cosas que parecían imposibles y confiando unas en otras para conseguirlo. Y quizá por eso el contratiempo parece menos importante.
Seguimos siendo los mismos. Mañana tendremos que volver a enfrentarnos a las mismas dificultades, a las obligaciones cotidianas y a esa incertidumbre que parece haberse instalado definitivamente en nuestras vidas. Pero algo ha cambiado, aunque solo sea durante el trayecto de regreso.
Puede que Iván Ferreiro tuviera razón y el equilibrio sea imposible. Puede que nunca consigamos tocar el cielo y que, en ocasiones, ni siquiera seamos capaces de dar el salto.
Pero después de Abans de caure nos queda algo casi igual de importante: la capacidad de imaginar que podemos hacerlo. Y, tal como están las cosas, no es poco.















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