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“El amor cuando ya no toca”

11 de noviembre de 2025 por Jon López Dávila Deja un comentario

En un mundo que celebra la juventud como un trofeo y la piel tersa como una virtud moral, resulta casi revolucionario que una película se atreva a mostrar a una mujer de más de sesenta años deseando, amando y siendo deseada. Siempre es invierno, de David Trueba, no solo cuenta una historia de segundas oportunidades, o de la precariedad imperante… sino que desafía una de las últimas fronteras del machismo cultural: la que condena a las mujeres mayores al silencio sentimental y al apagón erótico.

La historia es sencilla y por eso funciona. Miguel, un arquitecto en crisis, ve cómo su vida se resquebraja en un congreso en Bélgica. Allí conoce a Olga, una mujer madura que encarna esa serenidad vital que llega cuando ya no se compite por nada, cuando lo importante no es parecer sino estar. Lo que empieza como un refugio afectivo se convierte en un espejo incómodo: ¿por qué seguimos creyendo que el amor tiene fecha de caducidad? ¿Por qué nos resulta tan perturbador que sea ella la mayor?

Trueba lo explica con claridad: si esa incomodidad persiste, es porque aún no estamos acostumbrados a verla. El cine, como reflejo y a veces catalizador de la sociedad, lleva décadas retratando sin escándalo al hombre maduro con una joven a su lado —un tópico tan normalizado que ya ni lo notamos—. Pero basta con invertir los papeles para que se enciendan las alarmas del pudor. Ahí están los ataques a Brigitte Macron, tratados no como crítica política, sino como escarnio sexual, como antes le sucedió a Cher, Shakira o Kris Jenner. Porque cuando una mujer envejece, no se le concede la categoría de “madura”: se le arrebata el cuerpo, la voz y el derecho a seguir siendo protagonista.

La película de Trueba llega en un momento propicio, cuando la cultura popular empieza tímidamente a ofrecer nuevas representaciones de la edad. Pero Siempre es invierno no edulcora la vejez: no la convierte en sabiduría luminosa ni en postal de madurez plena. Reconoce su dureza, la pérdida de esplendor, el desconcierto ante el paso del tiempo. Y sin embargo, ahí, en medio de ese invierno vital, brota algo profundamente humano: el deseo de seguir vivos.

Quizá por eso resulta tan reveladora la incomodidad que provoca. Porque nos enfrenta a nuestro propio prejuicio, ese que dicta que la pasión pertenece al cuerpo joven, al mercado de la seducción, a las pieles sin arrugas. Como si la vida —esa tragicomedia de la que habla Trueba en una de sus entrevistas— tuviera que detenerse justo cuando empezamos a entenderla.

Vivimos más que nunca, pero también más asustados que nunca del paso del tiempo. Queremos congelar la imagen, detener la decadencia, mantenernos a salvo de la intemperie. Sin embargo, como sugiere la película, solo cuando se rompe el refugio llega el verdadero encuentro. Olga, con su cabello blanco y su serenidad luminosa, no es una excepción excéntrica: es el recordatorio de que el amor, la ternura y el deseo no son un privilegio de los veinte, sino una posibilidad de toda la vida.

Tal vez el mayor gesto político hoy —en el cine y fuera de él— sea mostrar a una mujer mayor que todavía elige, desea, se equivoca y vuelve a empezar. Porque, al final, como dice Trueba, “vivimos en un mundo diseñado con crueldad para la mujer que cumple años”. Y películas como Siempre es invierno son una pequeña rebelión contra esa crueldad. Una invitación a mirar sin miedo.

*inspirado tras ver la película y leer la maravillosa entrevista que David Gallardo le ha hecho al director en infolibre (que es de donde salen los extractos de lo que dice Trueba).

Publicado en: CINE, España, noticias breves, opinión, REVISTA




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