
Llegué tarde. No por desidia, sino por esa evidencia universal: no todas las horas son compatibles con la vida real. Si el primer día me absorbió la poesía, el segundo me atrapó en un terreno más resbaladizo, con la sensación de estar corriendo entre serpientes, esquivando sus embestidas sonoras sin dejar de desear otra más… o lo que es lo mismo, en la variedad está el gusto real de Bello Público (aunque me pierda el show de Quique Gallo, otra vez será…).
Guadalupe Plata es un trance en sí mismo. Ese tren de alta velocidad que nos prometen desde hace años, en el Mediterráneo, y que nunca termina de llegar… pero que, cuando pasa, aunque sea metafóricamente, por las obras inacabadas de tu realidad… te atraviesa.
Un blues fronterizo, con un pie en la zona Calexico y el otro hundido en la tierra de Úbeda, aliñado con un chorrito de aceite virgen que lo vuelve oscuro, denso y terrenal. Hay Serpientes, culebras, sombras largas. La guitarra que ruge como un tigre en celo, buscando su presa. O como ese bicho que revolotea a tu alrededor justo antes de picarte, riéndose porque sabe que no podrás evitar sucumbir a su veneno.
Pedro de Dios hace magia negra con sus seis cuerdas. Un híbrido imposible entre bajo, punteos, cabalgadas distorsionadas y esa forma suya de retorcer el sonido hasta que chilla, suplica y muerde.
Carlos Jimena, por su parte, es —sin exagerar— uno de los mejores baterías de este país de países. Hipnotiza con la precisión de sus pies, que parecen accionados por resortes invisibles. Las maracas, el bombo, los contratiempos: todo multiplicado como si manejara ritmos de números primos que el resto de mortales ni sospechamos. Acelera, frena, mastica y escupe como si nadie le viera. Levanta una ruidera que no se agota nunca.
Del boogie pantanoso al olor a rata, pasando por una Milana Bonita que ningún señorito podría matar, Guadalupe Plata firmó un concierto que fue más rito que actuación. Una invocación de polvo, fuego y alucinación.
Un placer noctámbulo, que embelleció al público en esa segunda parte que algunos siguen diciendo que nunca son buenas.
Pues esta: SÍ.















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