
Hay artistas a quienes el tiempo no se atreve a tocar. No porque permanezcan inmóviles, sino porque han aprendido a moverse en una dimensión donde el calendario carece de autoridad. Yo diría que Soledad Sevilla pertenece a esa estirpe. Una mujer que, como sus líneas, no deja que el tiempo pase por ella: porque más que resignarse, se afina, le sonríe y le dice: «Ahora, me esperas tú, Sempere».
Entré al MACA una mañana luminosa de viernes, de esas en las que Alicante se exhibe impecable, bañada por una luz que todo lo suaviza y todo lo disimula. Afuera, la ciudad seguía en su coreografía habitual: el alcalde tratando de justificar lo injustificable, la ética deshaciéndose en minutos de silencio, titulares que se acumulan turistas deslizándose en tuc-tucs improbables como si el Mediterráneo fuese un decorado exótico. Ese ruido leve, constante, que ocupa portadas y conversaciones de café.
Pero al cruzar la puerta del museo, la temperatura cambia. El aire se vuelve más denso, más consciente. Dentro no hay consignas ni justificaciones: hay espera. Una espera que no es pasiva ni melancólica, sino tensa y viva. Esperando a Sempere. No como Penélope en la canción de Serrat, ni como quien aguarda una ausencia definitiva, sino como quien mantiene abierta una conversación que el tiempo no ha conseguido terminar
La exposición —abstracción pura, sin coartadas— reúne obra reciente, 2022 y 2023, junto a piezas históricas que el museo conserva desde aquel 1979 en que Sevilla ya había comprendido que una proporción es buena o no lo es, que no hay término medio en la armonía. Hay en estas salas un círculo que se cierra: vital, artístico, casi moral.
La línea como destino
Sevilla ha dicho que necesita más de un cuadro para contar lo que quiere decir. Que una pintura es un capítulo. Aquí el relato se despliega como una novela silenciosa. Las series Horizontes blancos, Horizontes azules, el homenaje a Agnes Martin —referente inevitable— y la propia Esperando a Sempere funcionan como una sucesión donde la historia se cuenta poco a poco, con la disciplina de quien sabe que la emoción no está reñida con el cálculo.
La geometría, para ella, no es fría. Es la forma más sencilla de decir lo esencial. Desde que salió de la escuela de arte, entendió que el mundo podía resumirse en una línea. Una línea que forma parte de un cuadro lleno de líneas. Un universo donde el paralex guía, pero la mano tiembla levemente; donde la estricta retícula convive con el error asumido. Porque el error —esa mínima desviación del acrílico sobre el grafito— es la respiración del cuadro.
Yo me acerqué tanto a uno de los grandes lienzos que casi sentí la vibración física. Esas líneas paralelas, tan próximas entre sí, producen una suerte de mareo dulce. El tiempo abstracto se convierte en experiencia corporal. No miramos el cuadro: lo atravesamos.
(tú también puedes, hasta el 17 de mayo)
Sempere sin nostalgia y lo que tú puedes ver…
Hablar de Eusebio Sempere en el MACA no es un gesto retórico. Es regresar al origen mismo del museo. Pero Sevilla no lo hace desde la nostalgia. No hay sentimentalismo. Hay admiración sin luto y diálogo sin melancolía.
Las nuevas series parten de un pequeño gouache de Sempere que ella conservaba. En el verano de 2022, aislada con unos lápices y ese horizonte mínimo, comenzó a trazar bocetos en grafito. Después vendrían los rotuladores acrílicos, el repaso minucioso, casi fetichista, de cada línea. Desplazar el lienzo, recorrerlo físicamente. Pintar como quien mide el espacio con el cuerpo.
Hay superficies en tres partes, casi rotas, donde la composición se fragmenta sin perder la unidad. Hay degradaciones de color que avanzan y retroceden, como si la artista probara todos los caminos posibles antes de decidir cuál abandonar. Porque Sevilla también abandona: sabe cuándo una serie se agota, cuándo el discurso ha dicho ya lo necesario.
En la serie dedicada a Agnes Martin, el color irrumpe con delicadeza: azules pálidos, rosas que apenas se atreven, amarillos suspendidos. No es un gesto decorativo. Es una sacudida interior. Martin le enseñó que la geometría puede ser un plano de conciencia. Sevilla lo traduce en vibración.
El estudio frente al mundo
Ahora que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía reivindica con énfasis —y cierta urgencia institucional— a las autoras femeninas, y mientras el circuito internacional se entusiasma con nuevos templos museísticos de brillo mediático, el MACA permanece estable. Fiel a lo real. A lo concreto. A la colección que nació del gesto generoso de Sempere.
Aquí no hay espectáculo. Hay estudio y consecuencias subjetivas de lo que de él se puede extraer de manera personal. Para Soledad Sevilla, lo que importa es el estudio. Las tendencias de fuera no cuentan. Lo que sucede en el taller —ese diálogo entre lápiz y paralex, entre cálculo y contingencia— es lo único decisivo. Minucioso y casi obsesivo. Amoroso.
Recorro las antiguas tramas en acetato de los setenta y comprendo que nada ha sido gratuito. Desde aquellas retículas modulares hasta estas superficies blancas donde la línea lo ocupa todo, la artista ha sostenido una ética del rigor. Una convicción: la geometría no es ornamento, es pensamiento.
Y así se cierra el círculo (o no)
Hay algo profundamente conmovedor en esta exposición. No por exceso, sino por contención. Cierra un círculo vital entre Sevilla y Sempere. Pero también entre la artista joven que en el Centro de Cálculo buscaba en la máquina una promesa y la mujer que hoy sabe que la promesa estaba en la mano, no en el IBM que ocupaba una habitación entera.
Salgo del museo con la sensación de haber asistido a una fiesta silenciosa: la gran fiesta de la abstracción geométrica. Sin estridencias. Sin fuegos artificiales. Más o menos, lo que yo entiendo como la ciudad imperfecta, por la que paseo, más allá de VPOs, políticos mediocres, fotos sin fondo y líneas que parecen rectas… pero no.
Resulta inevitable recrearse, ya con las gafas de sol puestas, en las palabras de Sempere: “¿Para qué hablar de pintura si ustedes la están viendo?”. Y pienso que, sin embargo, necesitamos hablar. Porque mirar, en tiempos de distracción permanente, es un acto radical. Callar mientras se construye el relato, sin embargo, es un punto de partida, en mi caso, hacia el fin de semana. En el resto, quizá, la sugestión precisa de valorar, aprovechando estas dos realidades y todas las que conviven paseando ante mí, lo que es Alicante dentro y fuera del MACA.
La conclusión supongo, es que Soledad Sevilla me ha obligado a hacer esta y otras reflexiones que me callo. Más ahora que me he visto detenido frente a una línea y he tenido que aceptar que dentro de ella cabe toda esta ciudad, y si me apuras… el mundo.




















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