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«La verdad» o el delicado arte de mentir para seguir queriendo

23 de mayo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hay comedias que funcionan porque hacen reír y otras que, además, dejan una incomodidad pequeña latiendo bajo la butaca. La verdad, representada el viernes en el Teatro Principal de Alicante, pertenece a esa segunda categoría. Sobre el papel, el reclamo parecía evidente: una obra protgonizda por Joaquín Reyes, con todo lo que eso convoca en el imaginario del espectador. Uno entra predispuesto al humor y a esa capacidad tan suya para convertir la torpeza humana en una forma de inteligencia escénica. Y sí, la risa aparece. Pero lo interesante es que no llega sola.

Porque bajo la maquinaria cómica de la función se desliza una pregunta mucho más incómoda: ¿hasta dónde podemos decir la verdad? O, mejor aún: ¿merece la pena decirla siempre?

Miguel, interpretado por Joaquín Reyes, es un mentiroso compulsivo. Un hombre que miente para sostener su deseo, para protegerse, para ganar tiempo, para no mirar de frente el desastre que él mismo ha ido fabricando. Su esposa, Laura, sospecha que le es infiel, y a partir de ahí la mentira deja de ser una salida puntual para convertirse en sistema operativo. Miguel no miente solo para ocultar: miente para que todo siga funcionando. Para que el matrimonio no estalle, para que la amante no se desmorone, para que la convivencia conserve sus decorados.

Lo brillante de la propuesta es que esa mentira no se presenta únicamente como una cobardía individual. La función, sostenida por un elenco ágil formado por Joaquín Reyes, Natalie Pinot, Raúl Jiménez y Alicia Rubio, va abriendo una grieta más profunda: quizá todos mentimos más de lo que creemos. Quizá no por maldad, sino porque la vida en común exige una coreografía de omisiones, medias verdades y silencios estratégicos. Quizá la sinceridad absoluta, esa fantasía tan celebrada en abstracto, sería en la práctica una forma de violencia: el sincericidio.

Ahí es donde La verdad deja de ser solo una comedia de enredo y se convierte en una pequeña pieza filosófica disfrazada de carcajada. La obra pregunta qué parte de lo que callamos está bien callar. Quién decide dónde termina la prudencia y empieza el engaño. Qué llamamos ética cuando en realidad quizá estamos repitiendo lo que nos enseñaron, lo que nos conviene o lo que socialmente queda menos feo.

En tiempos de poliamor mal entendido, egoísmos disfrazados de libertad emocional y una falta de tiempo que nos impide incluso explicarnos bien, la obra toca una fibra especialmente contemporánea. Muchos personajes —y muchas personas fuera del escenario— parecen no saber ya qué es el amor. O quizá sí lo saben, pero en cuanto lo comparten, lo negocian o lo subordinan a otra persona, descubren que amar también consiste en ceder matices que no siempre decide uno mismo.

Miguel defiende la mentira casi como una forma de conservación afectiva. Sin ella, viene a decir, el amor, el matrimonio, la felicidad y la convivencia serían imposibles. Y lo perturbador es que, por momentos, la obra permite que esa idea resulte razonable. No porque tenga razón del todo, sino porque la alternativa tampoco parece limpia. Decir la verdad puede liberar, sí, pero también destruir. Callar puede proteger, pero también pudrirlo todo desde dentro.

Como para no tomárselo con humor…

Supongo que La verdad funciona precisamente porque se lo toma a ris y no sermonea. No coloca al espectador ante una lección moral cerrada, sino ante un espejo deformante. Nos reímos de Miguel, de sus trampas y de sus justificaciones, pero la risa acaba teniendo algo de coartada. Porque todos hemos omitido alguna vez. Todos hemos corregido una frase antes de decirla. Todos hemos elegido una versión de los hechos para no perder a alguien, para no hacernos daño o para no aceptar que la verdad, cuando aparece entera, rara vez viene bien vestida.

Al salir del Teatro Principal, la pregunta no era si Miguel mentía demasiado. La pregunta era cuánta verdad soporta una relación antes de romperse. Y cuánta mentira necesita para seguir pareciendo amor. Y cuanto nos engañamos todos, y todas, en torno a esa realidad.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, crónicas, ESCÉNICAS, noticias breves, REVISTA Etiquetado como: Teatro Principal de Alicante




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