
Lujo es pedirse un vermú a mediodía. Lujo es sentarse sin prisa, en sábado, y dejar que La Joya te enseñe cómo un pasado compartido en bandas como Standstill, The Secret Society, Nudozurdo, Egon Soda o Mi Capitán puede transformarse en algo todavía más delicado y con cierto rezume de magia.
El concierto de Ricky y Manel en Söda Bar ocurrió en una coordenada improbable y perfecta: el Día Internacional del Cacahuete, a la hora inexacta del vermú. Una de esas coincidencias que no significan nada y, al mismo tiempo, lo explican todo. Porque su música funciona así: sin estridencias, sin empujones, pero ocupándolo todo.
Son prolíficos, sí. Dos discos en dos años —Lower Hermosa (2024) y Las Cruces (2025)—, pero lo verdaderamente sorprendente no es la cantidad, sino la cadencia. La manera en que te contagian un tempo distinto. Y quienes vivimos estresados, consumidos por el reloj, agradecemos profundamente esa armonía emo, ese post-todo que no grita, que invoca al frío. No el del termómetro, sino el otro: el que llevamos dentro y solemos ignorar, hasta que la música nos permite inventarnos otra ciudad, o al menos un cacho de barrio más alternativo donde quedarse un rato.
Como contrapunto a la hiperactividad que últimamente define el mañaneo, aquello fue un pequeño milagro. Había niños amansados comiendo gajos de naranja, gente con el culo hundido en el sofá dejándose llevar, y un fondo sonoro preciso, casi ceremonial. Sonaron joyas como Nocturna, Los primeros (sin Leia Destruye), Nuevos Páramos. Hubo estrenos escuchados en un silencio respetuoso, una versión como epílogo, luces suaves, y esa sensación de que nadie quería romper el hechizo.
La Joya atrae al buen gusto sin alardes. Te llena el alma con sutileza, como quien no quiere molestar pero sabe exactamente dónde tocar. Luego pasarán cosas, seguirá soplando el viento y volveremos a preguntarnos qué futuro espera después de todo esto. Pero ahora mismo, cuesta encontrar una definición de gloria mejor.
Porque al margen de todo esto -que ya es mucho – además, un punto de maravilla que el día terminara en Cox con otro dúo, Niña Coyote eta Chico Tornado, demostrando —una vez más— todo lo que dos personas, de dos maneras tan diferentes, pueden llegar a llenar un escenario. Pero esa ya es otra historia.
La de Söda Bar queda guardada como se guardan las cosas importantes: sin ruido, sin foto perfecta, pero con la certeza de haber estado en el lugar exacto, a la hora justa, dejando que el frío —el bueno— hiciera su trabajo. Que para eso estamos aún en enero.


















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