
En tiempos en los que la universidad parece condenada a medir su excelencia en cifras, rankings y métricas asépticas, la Universidad de Alicante ha decidido hacer algo mucho más arriesgado: apostar por la palabra. Por el cuerpo. Por el escenario. Y esa apuesta tiene hoy once nombres propios en forma de nominación.
El Aula de Teatro de la UA ha obtenido once candidaturas a los Premios Nacionales de la Federación de Teatro Universitario por su montaje La Odisea según Penélope, con versión y dirección de Francesc Sanguino. En una edición en la que concurren cerca de una veintena de universidades, la institución alicantina encabeza el palmarés de nominaciones, superando incluso las nueve alcanzadas el pasado año. No es un golpe de fortuna. Es una línea de trabajo.
El montaje opta a mejor obra, mejor dirección, mejor actor principal (Juan Ballesteros), mejor actriz principal (Blanca Fernández-Campa Fullana), mejor actor secundario (Adrián Puig), mejor actriz secundaria (Gema Santamaría), mejor producción audiovisual (Taller de Imagen de la UA), mejor vestuario (Puri Moya y Sisi Álvarez), mejor iluminación (Francesc Sanguino y Jordi Chicoy), mejor cartel (Cesc Guevara) y una nominación al elenco completo. Once reconocimientos que no premian únicamente un resultado escénico, sino un modelo pedagógico.
Porque aquí reside la verdadera noticia: el teatro universitario no es un pasatiempo. Es un laboratorio. Y la UA lo ha entendido antes que muchos.
Sanguino, director del montaje, habla de compromiso. De estudiantes que sostienen durante dos años un proceso creativo mientras cursan sus grados. De giras que se levantan con el esfuerzo del Servicio de Cultura. De municipios que acogen la propuesta con entusiasmo. Su discurso no es grandilocuente; es consciente. Sabe que el talento no basta: hay que acompañarlo.
La vicerrectora de Cultura, Catalina Iliescu, lo formula con precisión: estas once nominaciones no nacen de la nada. Son la consecuencia de una decisión estratégica —apostar por la calidad de la enseñanza artística y por la solidez de un proyecto centrado en el alumnado—. En tiempos de inmediatez, la UA ha elegido la perseverancia.
Pero más allá de la política cultural, lo que importa es el texto. La Odisea según Penélope no es una simple revisión contemporánea del clásico homérico. Es una inversión moral del relato. Sanguino desplaza el eje heroico y entrega la palabra a quienes la historia relegó a los márgenes: Penélope y las esclavas ejecutadas por orden de Ulises. Aquellas líneas apenas mencionadas en Homero se convierten aquí en el centro trágico.
El escenario se puebla de 23 jóvenes intérpretes —estudiantes de grado, acompañados por la alumni Elena Candela— que sostienen una épica distinta: la de los cuerpos que esperan, que resisten, que sobreviven. Esta Odisea no canta el ingenio del guerrero; examina el coste de su regreso. En apenas veinticuatro horas, el ideal imaginado por las mujeres se desmorona bajo la masacre de los pretendientes. La patria recuperada es, en realidad, un territorio devastado.
Sanguino no edulcora. Su Penélope atraviesa edades y estados: niña entregada como moneda diplomática, estratega que preserva la paz durante veinte años, anciana derrotada ante la ruina de su mundo. La épica aquí no es conquista; es resistencia moral. No es hazaña; es conciencia.
El montaje, estrenado el 7 de mayo de 2025 en el Paraninfo de la UA, ha recorrido el Festival de Teatro Clásico de L’Alcúdia-UA y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Alicante. El próximo 27 de marzo llegará al Teatro Castelar de Elda con motivo del Día Internacional del Teatro. Su trayectoria confirma que no se trata de un ejercicio académico encerrado entre muros universitarios, sino de una propuesta escénica con vocación pública.
La Universidad de Alicante ha decidido que la cultura no sea un adorno institucional, sino un eje vertebrador. En una época que celebra lo efímero, su Aula de Teatro reivindica la densidad del texto, la disciplina del ensayo y el riesgo de reinterpretar los mitos.
Once nominaciones son una cifra.
Pero lo que verdaderamente se premia aquí es algo más difícil de medir: la convicción de que la universidad, además de producir conocimiento, puede —y debe— producir sentido.




















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