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El ascensor también baja

9 de enero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Que Juan José Millás es un filósofo moderno ya no sorprende a nadie. Lo sabe quien lo escucha los domingos con Del Pino, lo confirma quien lo lee con un café frío entre semana. Siempre hay algo en sus columnas que se queda pegado como una pelusa incómoda: una frase, una idea, una sospecha que no sabías que era tuya hasta que alguien la escribió. Y sí, es cierto que sus rutinas de “viejo” —las palabras son suyas, o casi— no siempre coinciden con las mías. Pero esta vez la ha clavado. Más de lo habitual, incluso.

Tal vez porque me he visto reflejado. Tal vez porque cuando alguien pone palabras precisas a una verdad incómoda, ya no queda mucho margen para la indiferencia. O porque hemos perfeccionado tanto el arte de asentir que hemos olvidado cómo se grita. Cómo se llora. Cómo se admite, aunque sea por un rato, que la vida que exhibimos no es la que vivimos.

Aceptamos demasiadas cosas como inevitables. La precariedad laboral como si fuera un clima. Los salarios insuficientes como si fueran una característica del carácter. La imposibilidad de acceder a una vivienda digna como si fuera una prueba iniciática que nunca se termina de superar. Y lo más perverso: aceptamos – como bien escribe él – que los hijos nos vayamos tarde o que luego volvamos con la cabeza gacha como si fuera una decisión sentimental, no un fracaso estructural. Le llamamos “nuevas formas de convivencia” a lo que, en realidad, es miedo con calefacción familiar.

El divorcio entre política y vida no ocurrió de golpe. Fue una separación silenciosa, sin gritos, sin abogados. Un “ya hablaremos” que se prolongó décadas. Mientras tanto, la política siguió produciendo grandes palabras —resiliencia, crecimiento, recuperación— y la vida cotidiana siguió transitando por los pasillos estrechos de los cuidados, de los miedos pequeños, de esa sensación agotadora de empezar de cero cada mañana sin haber terminado nunca el día anterior. Lo malo es que en el día a día se vive de la microeconomía, no de esos datos que no cuadran mucho con la realidad que algunos padecemos.

Nos dijeron que el ascensor social subía. No nos avisaron de que también tenía botón de bajada. Y lo pulsa alguien que nunca viaja dentro. Puedes ser optimista, claro. Puedes creer cada jueves que te va a tocar la Primitiva. Pero si afinas la vista, verás que la lotería le toca a uno y las penurias las compartimos muchos. Eso sí es socialización.

Quizá por eso molesta tanto leer a Millás cuando acierta. Porque no ofrece consuelo. No propone soluciones mágicas. No te dice que todo irá bien. Simplemente pone el espejo donde no querías mirar y te deja a solas con el reflejo. Y ante eso, solo caben dos opciones: seguir asintiendo… o empezar, de una vez, a levantar la voz.

Aunque sea para recordar que no todo lo inevitable lo es tanto. Aunque sea para no acostumbrarnos del todo.

Publicado en: Crítica Social, España, noticias breves, opinión, REVISTA, SOCIAL




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