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Vivir del cine (en España) o sobrevivir del aplauso

12 de febrero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Una sola película en diez años. Casi la mitad de los directores europeos que estrenaron en 2015 no volvió a rodar después. El dato, frío como una estadística y cruel como una sentencia, lo confirma el último informe del Observatorio Audiovisual Europeo. Pero en España esa cifra no sorprende: aquí el cine no es una carrera, es una prueba de resistencia. La vocación dura lo que aguantan los ahorros.

El informe dibuja un paisaje desolador: el 41% de los directores de cine quedan inactivos tras su primer estreno. La explicación es tan prosaica como brutal: entre una película y la siguiente pueden pasar años. Años sin ingresos, sin certezas, sin red. En Francia, mientras tanto, el sistema de ayudas, las televisiones públicas obligadas a invertir en cine y un modelo cultural que considera la creación como bien estratégico permiten una continuidad profesional más estable. Allí el director puede planificar; aquí, improvisa. Francia protege la cultura como política de Estado; España la tolera como ornamento.

La consecuencia es evidente: un aluvión de óperas primas —el 50% de los estrenos anuales en Europa— y carreras que no se consolidan. El relevo constante no siempre es síntoma de vitalidad, sino de expulsión. El creador que no soporta el vacío entre proyectos desaparece. Da clases, rueda publicidad, abandona. En España, la pregunta no es si tienes talento, sino si puedes permitirte esperar. El talento sin colchón es un lujo efímero.

Paradójicamente, la ficción televisiva y las plataformas de ‘streaming’ ofrecen mayor estabilidad: el 91% de los directores que trabajaron en televisión continuaron activos en años posteriores. Más recurrencia, más equipos, más encargos. Pero también menos autoría. El cine europeo —y el español en particular— se aferra al modelo de autor: dos tercios de los directores firman sus propios guiones. Es romántico, sí. Y económicamente frágil. La autoría da prestigio; el encargo da de comer.

En Francia, el ecosistema permite que convivan ambos mundos: cine de autor sólido y producción industrial potente. En España, la televisión y las plataformas absorben el músculo laboral mientras el cine pelea por subvenciones que llegan tarde y mal, envueltas en debates ideológicos que reducen la cultura a trinchera. Allí la cultura genera PIB y empleo con naturalidad; aquí aún se discute si es gasto superfluo. Cuando la cultura se politiza, se precariza.

Solo un 11% de los profesionales transitan con fluidez entre cine y televisión. La especialización es creciente. Y sin embargo, el sistema español no ha construido puentes eficaces entre ambos territorios. No hay una estrategia integral que permita vivir del audiovisual sin convertirse en equilibrista financiero. En España no faltan creadores; falta estructura.

¿Se puede vivir realmente de la cultura en España? Sí, pero no siempre de manera digna ni sostenida. Se puede vivir a base de intermitencias, de premios que no pagan facturas, de subvenciones inciertas y de una resiliencia que ya parece virtud obligatoria. Mientras en Francia un cineasta puede imaginar su carrera como un trayecto, aquí muchos la viven como una serie de saltos al vacío. La diferencia no es de talento: es de sistema.

Publicado en: CINE, Crítica Social, España, noticia cultural, noticias breves, opinión, REVISTA




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