
Alicante ha decidido que la cultura también puede redactarse a golpe de cronómetro. La Junta de Gobierno Local ha aprobado la licitación de la redacción del proyecto y la ejecución de las obras para adecuar los espacios del futuro Museo Internacional de Exposiciones Temporales de Las Cigarreras por 1,2 millones de euros. Tres meses. Uno para pensar. Dos para construir. Como si la cultura fuera un trámite exprés y no una estrategia de ciudad.
El contrato, mixto de obras y servicios, fija un mes para redactar el proyecto y dos para ejecutar la intervención en la Antigua Fábrica de Tabacos, en el entorno de San Antón, Carolinas y el Plá. Se admiten ofertas a la baja. Es decir, se puede competir también en quién ajusta más la factura. Lo que no parece ajustarse es la proporción entre continente y contenido.
Porque lo llamativo no es solo la cifra. Es la filosofía. Se va a gastar más que el presupuesto anual de muchas programaciones culturales en redactar el proyecto —que no el proyecto cultural en sí—. Se invierte en el plano antes que en la idea. En el yeso antes que en la dirección. En el titular antes que en la estructura que lo sostenga.
El Ayuntamiento prevé que el museo abra en el segundo semestre del año. El espacio, de 780 metros cuadrados expositivos —1.600 en total— y cinco salas, aspira a convertirse en referente cultural con exposiciones de primer nivel: colección de la Casa de Alba, maestros del impresionismo, Balenciaga, Sorolla, Chagall. Nombres rotundos. Carteles brillantes. Grandes apellidos como argumento.
Pero un museo no es una lista de nombres ilustres. Es una línea editorial, una gestión profesional, una programación constante, un equipo con criterio. Un edificio sin proyecto es un decorado caro. Y la cultura intermitente —la que aparece en titulares y desaparece en silencio— termina siendo más costosa que cualquier presupuesto.
La Casa de la Misericordia, levantada en 1801 y reconvertida en Fábrica de Tabacos, lleva años en rehabilitación con fondos europeos. Es patrimonio industrial, memoria obrera, historia viva. Precisamente por eso exige algo más que una intervención acelerada. Exige visión. Exige coherencia. Exige gestión.
Porque gestionar vale más que inaugurar. Vale más que cortar una cinta con fotógrafos. Vale más que prometer exposiciones de relumbrón cada seis meses. Sin dirección estable, sin proyecto cultural sólido, sin planificación a largo plazo, el museo corre el riesgo de convertirse en un escaparate ocasional. Y Alicante no necesita escaparates: necesita instituciones culturales con identidad.
La pregunta no es cuánto costará la obra. La pregunta es cuánto costará mantenerla viva. Es ridículo invertir en paredes si no se ha decidido qué historia van a contar de forma permanente.




















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