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La prioridad nacional (real)

22 de abril de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Hoy, como hace Isaías Lafuente en su espacio en La Ventana, partimos de la palabra del día: “Prioridad”… En términos estrictos, una prioridad implica jerarquización: si todo es prioritario, nada lo es. Sin embargo, asistimos a una inflación semántica cuando se le añade el calificativo “nacional”, elevando cualquier asunto —por definición— a un rango estratégico o ridículo, según se mire.

Porque hay conceptos que, de tanto manosearlos, acaban oliendo a rancio incluso antes de que uno termine de pronunciarlos. “Prioridad nacional” es uno de ellos. Suena a consigna de sobremesa con mantel de plástico. Lo curioso no es tanto el criterio como que quién lo agite viva empeñado en envolverlo en una credencial moral bastante discutible, como si la autoridad para decidir quién merece prioridad se otorgara por acumulación de pulseritas rojigualdas y eslóganes, en lugar de por algo tan antiguo —y tan poco practicado— como la coherencia.

Si de verdad aceptáramos esa lógica de reparto de “españolidad homologada”, la prioridad dejaría de ser un criterio y pasaría a ser un problema. Porque, en el momento de ordenar —que es lo que implica toda prioridad—, emergen contradicciones difíciles de sostener: ¿qué pesa más, la estética de los símbolos o la práctica efectiva de pertenencia? Cuesta defender que una identidad exhibida como ornamento tenga mayor valor que la naturalidad con la que Lamine Yamal o Nico Williams representan al país sobre el terreno de juego, sin necesidad de validación externa.

Del mismo modo, resulta poco consistente jerarquizar por encima del aporte tangible —ese médico cubano que le ha salvado la vida a tu hermano, o la «sinpapeles» que cuida a tu madre— frente a una noción de patriotismo reducida a gestualidad sonora. Y aún más llamativo es exigir pruebas adicionales de integración a quien, en un tiempo mínimo, ha incorporado lengua, costumbres y códigos cotidianos, mientras se exime de cualquier examen a quienes nunca han considerado necesario adquirirlos. En ese escenario, la llamada “prioridad nacional” no ordena: distorsiona.

La “prioridad nacional”, si uno se permite el lujo de tomársela en serio durante más de treinta segundos, debería empezar por lo que sostiene a un país cuando se apagan los focos: la escuela pública que iguala, la sanidad pública que cura sin preguntar de dónde vienes, la dignidad laboral que no entiende de patrias cuando hay que vendimiar «malpagando» miserias y ese puñado de espacios verdes que nos recuerdan que el progreso también puede medirse en sombra… y en silencio. Pero claro, eso no cabe en un corte de telediario ni en una frase de cinco minutos cargada de aspavientos. Y obviamente, es menos rentable que la indignación portátil.

Supongo que por eso, cada miércoles el Congreso de ilustres diputados ofrece ese espectáculo coral donde la unidad se invoca como quien pide lluvia al cielo con fe escasa y un paraguas preparado. Y ahí desfilan los apóstoles de la prioridad, gastando turno de palabra en una letanía de agravios que, más que construir país, lo encogen hasta dejarlo en un patio de vecinos mal avenidos.

Por eso, quizá el problema de fondo sea olvidar algo bastante elemental: España nunca fue un bloque homogéneo ni un club exclusivo con normas de admisión grabadas en piedra. Fue —y es— un lugar atravesado por lenguas, acentos, historias y procedencias que se superponen sin pedir permiso. Negar eso no la protege; la empequeñece. Convertir la diversidad en sospecha no fortalece nada; simplemente hace el discurso más ridículo.

Y al final, por muchos pactos que basen en esa gilipollez, la verdadera prioridad nacional no necesitará nunca pulseras, ni proclamas que se deslucen cuando como a Trump te llega la hora de gobernar y pones de manifiesto lo inútil que eres, lo egoísta que es tu concepto de país y las consecuencias que tiene basar tus «campañas de seducción» en mentiras y utopías que solo convencen a tontos de tu misma bajeza moral.

Si vas a venderme la prioridad nacional, por favor, que se parezca más a una conversación civilizada, a un hospital que funciona, a una escuela que no segrega y a un país que no se avergüenza de lo que es: un cruce constante. Lo demás, por muy alto que se diga, suena a ruido vacío. Y el ruido, ya se sabe, nunca ha construido nada duradero. Ni cosas de las que sentirse, precisamente, orgulloso.

Publicado en: Crítica Social, España, noticias TOP, opinión, Política, REVISTA, SOCIAL




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