
Hay dos tipos de público en un concierto: el que va a ver música y el que va a demostrarse a sí mismo que está vivo, disponible, gracioso, colocado o, sencillamente, situado en el centro exacto del universo. La diferencia parece sutil, pero no lo es. Uno mira al escenario. El otro se comporta como si el escenario fuera él.
Y el problema, cada vez más visible —más sudoroso, más chillón, más pegajoso—, es que los segundos ocupan cada vez más sitio. No hablo de una metáfora generacional ni de una reflexión sociológica de barra de bar, aunque ganas no faltan. Hablo de espacio físico: hombros, codos, móviles, conversaciones a grito pelado, vasos derramados, mochilas estratégicamente colocadas y cuerpos ajenos invadiendo el tuyo como si la entrada incluyera derecho de conquista.
En los festivales, sobre todo, esta división se ha vuelto casi arquitectónica. A un lado, quienes van a escuchar, mirar, cantar, bailar, emocionarse y esperar esa canción que les arregla o les rompe algo por dentro. Al otro, una masa creciente que parece haber aterrizado allí por accidente, como podría haber acabado en una terraza con reguetón, en una discoteca, en un after o en una cola de baño químico con pretensiones. Gente que no va a ver música, sino a ocupar espacio social: ligar, grabarse, beber, hablar, molestar, existir con mucho volumen.
El móvil merece capítulo aparte. No el móvil de quien graba treinta segundos porque quiere conservar un chispazo de la noche. Eso lo entendemos todos. Hablo del brazo en alto durante medio concierto, del muro de pantallas que sustituye al escenario, del devoto de su propia retransmisión. Esa persona que no mira el concierto, sino la prueba documental de que estuvo allí. Lo fascinante es el destino final de todo ese material gráfico. ¿Lo verán al día siguiente? ¿Lo colgarán en sus redes ante una audiencia de 100 seguidores, 14 bots y una prima que da like por compromiso? ¿Dormirá para siempre en una carpeta del móvil titulada “Vídeos que jamás volveré a abrir”? Misterios de la fe contemporánea.
También está esa especie particularmente irritante de quienes se colocan de espaldas al grupo para tener esas conversaciones que deberían tener en una terraza o para hacerse selfies, como si la banda fuera un decorado y la música un hilo ambiental de supermercado emocional. Están viendo a un grupo, pero el grupo no importa. Importa su cara, su gesto, su copa, su flequillo, su confirmación pública de que la noche les pertenece. El escenario, pobre, queda reducido a photocall con amplificadores.
Luego están quienes no han asumido un dato básico de la física: el espacio no abunda. Si una explanada está llena, no puedes avanzar como un ariete humano porque “están tus amigos delante”. Tus amigos, por cierto, siempre están delante. Jamás se quedan atrás, jamás se ubican en un lateral, jamás existen en un punto accesible del universo. Siempre están justo en el epicentro de la multitud, obligándote a atravesar a medio festival como si fueras la tuneladora de una línea nueva del TRAM.
No puedes empujar, pisar, rozar, aplastar, abrirte paso a codazos y luego sonreír con cara de “estamos de fiesta”. No, criatura: tú estás de fiesta. Los demás estamos intentando sobrevivir a tu falta de educación.
Y ya que estamos, hablemos del cuerpo. Del propio y del ajeno. Cuando sube el nivel de alcohol y de drogas, parece que algunas personas creen que las normas elementales de convivencia se evaporan junto al hielo del cubata. Más vale entonces que no te moleste que te griten al oído, que te empujen, que te tiren la bebida encima o que te toquen como si la emoción ajena tuviera derecho de paso sobre tu cuerpo.
Y ojo: si es por la música, si es por esa sacudida limpia de quien no sabe contener la alegría, cojonudo. Bendita sea la gente que todavía se emociona con una canción. Benditos los saltos compartidos, los coros desafinados, los abrazos espontáneos cuando suena justo esa frase. Bendita la euforia verdadera, la que nace del escenario y no del ego. Pero hay una línea fina entre compartir un concierto e invadirlo todo. Entre dejarse llevar y llevarse por delante al resto.
Los festivales, cuando crecen demasiado, también se llenan de gente que confunde euforia con impunidad. Y ahí empieza el problema. Porque la música en directo necesita entrega, claro que sí. Necesita sudor, ruido, baile, desorden y una cierta pérdida colectiva de compostura. Pero no necesita maleducados con pulsera. No necesita narcisistas con batería externa. No necesita grupos enteros hablando durante una canción íntima como si estuvieran en la barra de un after. No necesita cuerpos sin desodorante convertidos en prueba de resistencia colectiva.
Quizá habría que asumir que, ya que nadie parece dispuesto a educar al público, habrá que clasificarlo. Zona A: quienes van a escuchar, mirar, bailar y emocionarse. Zona B: quienes necesitan hablar, ligar, grabarse, empujar, gritar, beber como si hubiera una competición invisible y demostrar que han pagado la entrada para convertirse en obstáculo.
Una especie de parque temático del ego con barra libre, espejo gigante, cobertura 5G y un escenario simbólico al fondo para que puedan ignorarlo con comodidad. Allí serían felices. Podrían grabarse grabándose. Podrían gritarse al oído sin molestar a nadie. Podrían buscar a sus amigos delante durante tres horas eternas. Podrían hacerse selfies de espaldas a una banda inexistente. Podrían, incluso, olerse entre ellos y alcanzar algún tipo de revelación espiritual.
Y dejarían al resto disfrutar de algo tan antiguo, tan sencillo y tan revolucionario como mirar hacia el escenario y escuchar una canción sin tener que pelear por el derecho a estar allí.

















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