
3 de junio – Día Mundial de la Bicicleta
«La bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo.» – Susan B. Anthony
Hay inventos que parecen poca cosa hasta que una se sube encima. La bicicleta, por ejemplo. Dos ruedas, un sillín, un manillar – ahora con motor y plegable… – y esa promesa casi infantil de que el mundo empieza justo donde termina la acera.
El romanticismo acaba cuando llegan los semáforos, los carriles bici que aparecen y desaparecen como si los hubiera diseñado un mago con prisa, y el señor que te pita porque, al parecer, la calzada la heredó de sus antepasados.
Pero remiámonos a los tiempos antes de que la bici fuera ese objeto urbano que algunos ayuntamientos inauguran con pintura roja y bastante optimismo. Porque aunque no lo pesas hubo un tiempo en el que las dos ruedas fueron una herramienta de revolución. Y no una revolución de cartel bonito, sino de las serias: de las que cambian el cuerpo, la ropa, la calle y la cabeza.
Susan B. Anthony lo dijo con una claridad que hoy todavía pedalea sola: “La bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo.” Y puede sonar exagerado, hasta que una se imagina a una mujer del siglo XIX subida a una bici, con el viento haciendo lo que no debía con la falda, el corsé apretando menos de lo que mandaba la decencia y media sociedad mirando con cara de “esto se nos está yendo de las manos”.
Porque la bicicleta no fue solo transporte. Fue una fuga hacia adelante… Una fuga del salón, de la escolta, del “no vayas sola”, del “eso no es propio de una señorita”, del cuerpo quieto y decorativo. La bici permitió a muchas mujeres desplazarse sin pedir permiso, elegir camino, llegar a reuniones, fábricas, escuelas o simplemente a ninguna parte, que también es un destino maravilloso cuando una viene de siglos de vigilancia.
Hay algo profundamente político en mover el cuerpo sin pedir disculpas. En pedalear con las piernas abiertas al aire, con la espalda inclinada, con el sudor apareciendo donde antes solo se permitía el rubor. La bicicleta obligó a acortar faldas, aflojar corsés y ensanchar horizontes. Y ya se sabe: cuando una empieza tocando el bajo de la falda, acaba tocando los cimientos del patriarcado.
La historia de la bicicleta también es la historia de una incomodidad. La incomodidad que produce una mujer cuando no está donde se espera. Cuando no espera. Cuando no acompaña. Cuando no es llevada, sino que se lleva a sí misma. Sobre dos ruedas, además, que tiene algo de insolencia mecánica.
Y, claro, aquí podríamos ponernos muy épicas, muy “las ruedas de la libertad giran imparables”, pero basta con salir un rato a la calle para que la épica se te cruce con una furgoneta en doble fila. Porque el problema es que, más de un siglo después, seguimos teniendo que explicar cosas bastante básicas. Que una bici no es un estorbo. Que una mujer en bici no es una invitación al comentario. Que una ciudad no está bien diseñada si solo se puede atravesar con miedo, casco, chaleco reflectante y una fe considerable en la bondad del conductor medio.
Celebramos el 3 de junio, Día Mundial de la Bicicleta, y hacemos bien. Pero conviene celebrarlo sin postalita cursi. La bici no es solo una cosa simpática con cestita delante y flores en Instagram. Es una pregunta con ruedas: ¿quién puede moverse con libertad por la ciudad? ¿Quién se siente segura volviendo de noche? ¿Quién tiene carriles conectados, iluminación, aparcamientos, respeto? ¿Quién puede permitirse pedalear por placer y quién lo hace porque no le queda otra?
Te habrás dado cuenta de que pedalear sigue siendo un acto político. Lo es cuando una niña aprende a mantener el equilibrio. Lo es cuando una mujer migrante aprende a montar por primera vez y gana, de golpe, media ciudad. Lo es cuando un grupo de ciclistas reclama calles seguras. Lo es cuando alguien cambia el coche por la bici, aunque el aire huela a tubo de escape y el carril acabe misteriosamente contra una rotonda.
La bicicleta tiene algo hermoso y terco: avanza solo si te mueves. No funciona con discursos, sino con las piernas. No promete milagros, pero enseña una verdad sencilla: el equilibrio no se tiene, se practica. Como el feminismo. Como la libertad. Como las ciudades habitables.
Por eso, cada pedalada cuenta. Y aunque la bicicleta no nos salvó del todo, claro. Ningún invento lo hace. Sí abrió caminos cuando aún nos querían quietas. Y eso no es poco.


















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