
Hay ciudades que parecen empeñadas en recordarte que la cultura también puede suceder sin demasiada solemnidad. Murcia, en feria, es una de ellas. Noria, huertos bajo el Malecón, feria medieval, puestos, gente entrando y saliendo de todas partes y, metido en mitad de ese ecosistema extraño y bastante divertido, el Lemon Pop. No parecía colocado allí a la fuerza. Más bien al contrario: encajaba perfectamente en el caos.
Fuimos para celebrar la XXX Edición… dos alicantinos errantes. De esos que, si se hubieran quedado en Alicante, igual habrían terminado fichados entre los cien “valientes” que se fueron a cenar a la Rambla para reivindicar una ciudad que parece que demasiada gente no termina de querer como merece. Y es una pena. Porque luego cruzas ochenta kilómetros y descubres que Murcia tiene otro ecosistema. Ni mejor ni peor, pero sí diferente. Y eso, estando tan cerca, siempre sorprende.
Antes veníamos mucho más. Ahora apenas nos vemos las caras dos o tres veces al año. La explicación es bastante menos romántica de lo que nos gustaría: la oferta alicantina ha crecido en cantidad y calidad y, además, salir cuesta lo que cuesta. Una noche en Murcia ya no es aquella escapada relativamente barata que uno podía improvisar sin pensarlo demasiado.
Ellos siguen teniendo la ventaja de tener marcas locales, como Estrella de Levante, que invierte en futuro. Y, es verdad que venir al WARM, a alguna cita del Microsonidos o para ver a Teenage Fan Club o a José González… viene bien estar cerca. Pero el Lemon Pop es otra cosa, porque conserva algo que se agradece muchísimo: escala humana.
A saber: Diez bandas, cinco por día, comprimidas en unas cinco horas cada jornada. Sin carreras absurdas, sin quince escenarios y sin esa sensación de estar resolviendo un sudoku para ver a tres grupos. Tampoco estaba masificado salvo en momentos puntuales y no había grandes colas ni en la barra ni en los baños. Parece una tontería, pero no lo es. A veces organizar bien un festival consiste simplemente en no hacer sufrir al público.
Y luego está el criterio. La organización tiene gusto. Eso se nota no porque todos los grupos suenen igual, sino precisamente por lo contrario: porque hay una línea común sin necesidad de fabricar un cartel clónico.
Abrieron Pértiga, juventud murciana y pop sin complejos. Han grabado este verano su primer EP y suenan a esa tradición de indie luminoso que remite inevitablemente al catálogo de Elefant Records de finales de los noventa y principios de los dos mil. Melodías sencillas, cierto candor y canciones que entran sin tener que negociar demasiado con ellas. El cierre con «Isla rosa» sirvió, además, para comprobar cuánta gente habían conseguido movilizar. Y eso, en una banda que está empezando, dice bastante.
Después llegaron Cora Yako, probablemente la banda más difícil de leer de la noche. Hay una dualidad constante entre el rock y el pop, aunque cada vez parece ganar más terreno una pulsión más dura, casi de hardcore californiano. Ese equilibrio funciona especialmente cuando hay buenas canciones debajo, y las hay: «Barcelona«, «Pesadillas» y, sobre todo, los temas de 2023 siguen sosteniendo buena parte del repertorio. Da la impresión de que Cora Yako es una banda que está mirando más hacia delante que hacia atrás. Lo interesante ahora será ver qué dirección toma esa huida.
Pero… entonces, aparecieron Ezezez. Lo mejor de la noche.
Hay algo curioso en nuestra forma de relacionarnos con ciertas músicas. Admiramos retrospectivamente el catálogo de Esan Ozenki, reivindicamos a bandas que durante años fueron incómodas y llenamos estanterías con discos que en su momento olían a sospecha. Pero todavía basta con que aparezca una banda joven cantando en euskera, con estética de extrarradio vasco noventero y los colores de la ikurriña en la cara del cantante para que a alguien le salte algún resorte nazi-sajón…
Si el «spoken word» lo hace un grupo inglés, sofisticación. Si lo hacen cuatro chavales en euskera, igual alguno sigue pensando en términos de aldeanos. El problema quizá no está en el grupo, sino en dónde mira cada uno.
Ezezez juega conscientemente con esa imagen. Chándales, camisetas dignas del Barakaldo más choni de los noventa, actitud de cuadrilla y una puesta en escena que tiene bastante de performance. A un lado, una guitarra colgada tan baja que parece que Robe se hubiera apropiado de la idea después de verla en una foto de Axl Rose. Pero debajo de todo eso hay canciones, tensión y un grupo que toca de verdad.
Y ahí está la cuestión: ¿en qué te fijas? Yo, en la música. Supongo que porque he estado en suficientes gaztetxes y en suficientes conciertos rodeados de simbología política como para reconocer gran parte de los códigos imperantes, pero estos cuatro chavales reivindican Euskadi y el euskera de una manera bastante más eficaz que muchas de las cosas que vivimos en tiempos bastante más convulsos. Mejor una bomba hecha con guitarras que una hecha con cables.
Además, ocurre algo magnífico: la gente baila sin saber exactamente qué están cantando. Mientras tanto, las letras hablan del sistema, de la vida cotidiana y de todo aquello que termina triturando a cualquiera. Hace no tanto, por bastante menos de eso, a Fermín Muguruza le intentaban reventar conciertos en Madrid. La bandera palestina colgada del bajo ofrece alguna pista, pero tampoco hace falta traducir cada frase para entender la energía.
Y hay otra cosa que merece aplauso: que bandas jóvenes mantengan viva la memoria de grupos como BAP!! o Dut, incluso de aquellos que ni siquiera han sobrevivido en Spotify. Porque la historia de la música no debería empezar donde comienza el catálogo de una plataforma.
Con Los Mejillones Tigre cambiamos completamente de paisaje. Los jienenses no sé dónde comen exactamente los mejillones tigre, pero resulta reconfortante comprobar que entre olivos también germinan aceites de otros colores. Su universo vive en una zona difícil de delimitar, en algún lugar entre Guadalupe Plata, la psicodelia tropical, la cumbia y algún portamates escogido por alguien con bastante buen gusto.
Y funcionan especialmente bien en directo. La pipa de la paz puede parecer cosa de hippies, aunque viendo cómo está el mundo tampoco estaría mal que se la fumara Trump y nos dejara al resto tranquilos. Entre Bugalú, LSD y el resto del repertorio, el grupo va construyendo una fiesta bastante más seria de lo que aparenta. Lo curioso es que no sean mucho más conocidos, porque tienen canciones, identidad y un directo que funciona sin necesidad de artificios.
También confirmamos otra cosa: en Murcia se baila mejor que en Alicante. No es una opinión. Es un hecho empírico después de años de observación de campo.
El cierre correspondió a Camellos, y aquí apareció la sensación de ruptura. Hay nuevo batería y también parece haber una voluntad clara de divorciarse de ciertas cosas del pasado. La cuestión interesante es cómo se hace eso sin dejar de ser uno mismo.
Camellos siempre han funcionado desde una visión bastante unidireccional: guitarras, canciones directas y una forma muy concreta de entender el rock. Y cuando tienes una guitarra y sabes tocarla bien, tampoco necesitas inventarte demasiado. Pero toda banda que dura empieza en algún momento a discutir con su propia caricatura.
Eso parece estar ocurriendo ahora…. Hay una parte lógica en querer romper con el personaje anterior, salir del espacio cómodo y mudarse musicalmente a otro sitio. El problema es que los cambios no siempre son inmediatos ni limpios. Entre lo que una banda ha sido, lo que el público espera y lo que quiere convertirse existe una zona bastante incómoda. Camellos parecen estar ahora mismo dentro de ella.
Y quizá ahí esté también lo interesante. El primer día del Lemon Pop terminó sin grandes epifanías, pero con algo bastante más valioso: cinco grupos diferentes, una programación con personalidad y la sensación de haber visto un festival que todavía sabe cuál es su tamaño y para qué sirve.
En tiempos de macroeventos intercambiables, descubrir que todavía se puede montar una noche con buenas bandas, sin colas absurdas, sin masificación y sin hipotecar el fin de semana entero tiene bastante mérito.
Y todo eso, además, con una noria girando al fondo y más buena música, para los noctámbulos que apreciamos el buen gusto del dj del Planta 9, porque ahí, también, está la Murcia que nos gusta.












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