
Lo bueno de los conciertos de los jueves es que el cáliz de la juventud todavía hace que veas la semana casi terminada. Una pequeña trampa del calendario, una forma de engañarnos pensando que ya hemos cumplido con nuestras obligaciones y que merecemos una recompensa.
A veces, la providencia te recompensa poniéndote delante a Eli «Paperboy» Reed… en Stereo, en Alicante, un jueves cualquiera de noviembre… predicando el evangelio del soul como un misionero con gafas de sol, una preciosa Gretsch Cheat Atkins Tennesean colgada y unos 200 fieles delante, predispuestos a que la música limpie sus almas sucias.
Ya no se hacen crónicas, me dicen. Se hacen menos – respondo yo -. Los periódicos que repartía el señor Reed cuando todavía era el joven tenían secciones culturales. Justitas, pero las tenían, porque la gente tenía tiempo para leerlas con calma.
Hoy llevamos un puto periódico rectangular en la mano y, muchas veces, ni siquiera nos enteramos de que Alicante es un hervidero de ficciones por compartir. Una acumulación de microespacios que lo pueden convertir en uno de esos estados pintados de rojo que, esta vez, no han votado al hijo de puta de Trump. No sale en los libros de geografía, no hay fronteras, ni hay mapas que te conduzcan de una forma concreta. Pero el lujo real de todo esto, es dejarte llevar a sitios en los que nunca has estado, sin moverte de una baldosa sucia de una sala de conciertos.
La gran ironía de todo esto es que el soul lo está cantando un blanco de espíritu negro. No negro de nubarrón, sino de esencia. De esa negritud musical que no se aprende en los conservatorios y que tiene bastante más que ver con lo que uno lleva dentro que con el color de la piel. La putada de nacer blanco cuando tu garganta parece haber sido educada en alguna iglesia del sur de Estados Unidos.
Porque, en estos tiempos de autotune y efectos envolventes, la voz ha dejado de medirse solamente por su potencia. Purismo al margen se agradece la capacidad para cambiar de tono, para romperse. Y Reed sube hasta un lugar en el que parece que se le va a partir la garganta y, de repente, baja al infierno en el que Robert Johnson le vendió el alma al diablo a cambio de una guitarra. Y vuelve a subir. Falsete… Y otra vez abajo. Como si semejante ejercicio no tuviera ninguna dificultad.
Si a eso le sumas los vientos… con Ernesto Millás al saxo e Iván del Castillo con la trompeta… un recital de Soplidos templados de sugestión infalible, mezclado con una base rítmica firme y soindos drawbars de órgano… acabas en una iglesia ficticia que no has pisado nunca, entre sermones y coros, con el predicador levantando los brazos y los feligreses respondiendo a cada llamada. La música tiene esa capacidad de inventarte recuerdos de lugares en los que no has estado. Y de hacerte sentir que perteneces a ellos durante un rato.
Mira que a mí es difícil sacarme las manos de los bolsillos…Pero hay ritmos que no entienden de posturas, ni de esa contención que uno va adquiriendo con los años. El soul, aunque sea blue-eyed soul, cuando está bien hecho, tiene algo de provocación física. Empieza por los pies, continúa por las rodillas y acaba desmontando esa compostura absurda con la que pretendemos demostrar que ya hemos visto demasiados conciertos como para dejarnos impresionar.
El repertorio recorrió los clásicos de Reed, recuperó «Satisfier» y fue dando entrada a las canciones de su nuevo disco. Y el concierto, de repente, va y se pone en modo ¡Aleluya, kumbaya!. Con el disco nuevo y todo, porque las biblias también se pasan de moda y necesitan nuevos evangelios que pregonar. Aunque estemos en noviembre, y con estas temperaturas no haya cuellos altos para alzacuellos, ni demasiada solemnidad para predicadores con guitarras y gafas oscuras.
En realidad, lo que se celebra aquí es que Eli «Paperboy» Reed lleva 30 años en la música. Veinte años sin visitarnos, en los que va defendiendo una forma de entender las canciones que parece venir de mucho más atrás, con un repertorio que se alimenta de tres décadas y de una tradición todavía más antigua. Sin necesidad de reinventar nada, porque a veces basta con interpretar bien lo que otros llevan toda la vida intentando explicar.
Y entonces llega el predicador y te compara el satisfyer con lo que te provoca la música. En vibración, gana la música. En intensidad, la cosa ya admite discusión. Aunque, en realidad, no todo es el contacto. Y seguramente ahí esté buena parte de la explicación de por qué seguimos saliendo de casa para escuchar canciones que podríamos reproducir tranquilamente en el sofá. Pero ahí, la succión del interés se queda corto….
Por cierto, es extraño ver a un guitarrista tan bueno con un reloj pesado en la mano del mástil. No sé si será una manía personal, pero cuesta no fijarse en ese detalle mientras los dedos recorren las cuerdas. El tiempo, precisamente, en la muñeca de alguien que lleva veinte años haciendo música que parece ajena al paso del tiempo.
La noche fue avanzando entre el fervor del gospel, el soul y las distintas variantes del rock, hasta desembocar en «Come and Get It» y «Take My Love With You», con las que Reed cerró el concierto. Y mola que, con un repertorio de treinta años a tus espaldas, te la sude todo lo demás y dediques el bis a su mentor, Randy Greene. Porque las canciones también son las personas que nos acompañaron mientras las escuchábamos y es de buen «feligrés» ser agradecido.
Luego sales de Stereo y, durante unos días, Netflix ya no te vale. Porque hay pocos argumentos de serie equiparables al capítulo de hoy. Y eso que, aparentemente, no ha pasado nada extraordinario. Un jueves, una sala de conciertos, unos músicos tocando y un puñado de personas que mañana tendrán que volver a sus rutinas.
Pero duermes mejor. Supongo que por la adrenalina, por el viaje, por esa sensación de haber estado en otro sitio sin haber salido de Alicante.
La gente, no lo sabe, y luego se gasta fortunas en psicólogos. Cree necesitar ir al gimnasio, gastarse una pasta en el Black Friday y buscar otras mil formas de combatir la insatisfacción, cuando todo puede ser tan simple como saber extraer la parte danzable del jueves. De la semana. De esa parte rota, rehecha o todavía haciéndose de tu interior. Y encontrar algo que te la saque, que te la recomponga o que, al menos, consiga que durante una hora y media deje de importar demasiado.
Vivir.
Será que no hay evangelio mejor que las variantes del rock. Ni nada que te limpie el espíritu más que una lavadora de hora y media, con su centrifugado de vientos, guitarras y placer superlativo.
Y al día siguiente, viernes. Con la semana casi terminada, las manos otra vez en los bolsillos y la sensación de que, por una vez, no ha hecho falta comprar nada para sentirse satisfecho (sin satisfayer) ¡Aleluya!
PD hay detalles que no ponemos para no repetirnos… porque los pusimos en la previa; https://quefas.es/por-que-tienes-que-ir-a-ver-a-eli-paperboy-reed/















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