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Pencil & Cherries: tormentas, cuervos sin tatuajes y pollos azules

7 de noviembre de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Phil «Sicko» Frech, al frente de Pencil & Cherries, llevó su particular universo de folk oscuro, rock y electrónica a El Impulso Heroico y la Dimensión Insondable de Alicante, en una nueva cita organizada por Amistat. Un concierto de miércoles, de alarma amarilla sin lluvia, con resaca de dimisión política, cacahuetes y cervezas, que encontró en una guitarra verde, unos cuantos pedales y unas bases pregrabadas las herramientas necesarias para enfrentarse a la tempestad.

Sobre el escenario, una Danelectro de la serie 59, de cuerpo double cut, pedales diversos, un portátil, un teclado y unas bases pregrabadas. Lo suficiente para que Phil «Sicko» Frech, o lo que es lo mismo, Pencil & Cherries, nos llevara a un lugar bastante más oscuro que el que anunciaban las previsiones meteorológicas. Y eso que el cielo tampoco estaba para demasiadas alegrías.

Siempre he pensado que la nube negra de Bowie, o de muchos synthpoperos de ahora y de antes, viene de tormentas a las que te enfrentas con la única ayuda de seis cuerdas, que empatizan con poemas hechos cuentos y a los que luego das color con esos botones que pisas durante el directo. Una forma de plantar cara a la tempestad con rudeza, pero también de recuperar ese brillo que vamos sepultando bajo la rutina.

La música de Pencil & Cherries se mueve precisamente en ese territorio. Guitarras de raíz folk y rock, atmósferas electrónicas, bases rítmicas programadas y una voz que prefiere la aspereza a la complacencia. La Danelectro verde aporta un sonido reconocible entre capas de teclados y efectos, mientras las secuencias pregrabadas sostienen unas composiciones que alternan pasajes sombríos con momentos de mayor claridad melódica. Un formato de hombre orquesta que permite a Frech desenvolverse entre la interpretación instrumental y la manipulación electrónica sin perder el carácter orgánico de las canciones.

En esa atmósfera también se podía intuir a Tom Waits. Esa manera de hacer que una canción parezca salir de algún lugar poco recomendable, con la voz arrastrando más cosas de las que dicen las palabras y una instrumentación que no necesita ser amable para resultarte familiar. También asomaban el Bowie más oscuro, ciertos paisajes del synthpop y una tradición de canción narrativa que encuentra en Neil Young y Nick Cave otros dos referentes reconocibles.

Los que nacimos en sitios lluviosos lo llevamos de serie. Y Linz, la ciudad austriaca de la que procede Frech, no parece un lugar demasiado soleado. Aquí, en cambio, hay gente que con veinte grados ya lleva gorro de lana y plumas, como si el invierno fuera una amenaza inminente. Pero es curioso cómo, a veces, los hilos se mueven y todo parece colocarse en su sitio. Incluso el paseo previo, con el cielo gris oscuro a las seis de la tarde y la gente con la mirada perdida en el TRAM, te pone en situación.

Quizá por eso el concierto empezó bastante antes de que sonara la primera nota. Y tal vez por eso la europeización de Alicante se vaya consumando a un ritmo alarmante. Y no solo porque el centro esté petado de Airbnbs y cafeterías sin idiosincrasia, sino porque todavía existen iniciativas como Amistat, capaces de traer propuestas internacionales de pequeño formato a espacios alternativos como El Impulso Heroico y la Dimensión Insondable. Conciertos que difícilmente encontrarían acomodo en los grandes circuitos y que permiten descubrir otras maneras de entender la música en directo.

Y es que el valor de un acorde limpio, como el de la felicidad, solo puede medirse si existe un contrapunto. Necesitamos la distorsión para apreciar la claridad. La tormenta para entender la calma. Los chakras se expresan abiertamente y, a mí, hoy me viene bien. Hace un mes, quizá no tanto. Porque también hay músicas que dependen del momento en el que te encuentran, y no siempre estamos preparados para dejarlas entrar.

Mi inglés macarrónico va recogiendo palabras sueltas al vuelo. De mistakes a algo que suena a impresition. Errores, impresiones relatadas, al fin y al cabo, con una simpatía y un humor acordes con lo que «vende». Porque, pese al carácter sombrío de buena parte de su repertorio, Frech mantiene una actitud cercana, con intervenciones entre canciones que aportan ligereza a la densidad de su propuesta sonora.

Y aquí aparece otra de las virtudes de Pencil & Cherries: su capacidad para convertir las canciones en pequeños relatos. Porque hay mucha gente capaz de recitar, pero literaturizar una canción es algo muy diferente a soltar una poesía con fondo musical. Sus letras y su imaginario nos llevan a cuervos, brujas y todas esas cosas que ahora parecen propias de Halloween, convertidas en decoración de escaparates y disfraces de temporada, pero que en su momento fueron estigmas negros. Símbolos de lo prohibido, de lo que daba miedo, de aquello que convenía mantener lejos de la puerta de casa.

Ese componente narrativo encuentra correspondencia en los arreglos. La guitarra no se limita a acompañar la voz, ni la electrónica a rellenar los silencios. Los cambios de textura, la distorsión y los contrastes entre pasajes acústicos y programados forman parte del relato, reforzando una estética que bebe del folk más sombrío, del rock alternativo y de la experimentación.

A mí, que no me sale lo de copiar registros ni calcar estilos, me produce una admiración tremenda la gente capaz de pillar a David Bowie, Neil Young, Nick Cave o algún austriaco ilustre que desconozco y ponerles su propio sombrero, sus gafas y su guitarra verde. Reconocer todas esas influencias sin quedarse atrapado en ellas. Hacer que las referencias estén presentes, pero que el resultado tenga otra cara, otra voz y otra forma de enfrentarse al mundo.

Porque no se trata de inventar una música que no exista, sino de encontrar una manera propia de contarla.

Y entonces suelta lo de los pollos azules. Ahora que ni las avionetas ni los trenes parecen seguros. Una de esas imágenes que se quedan revoloteando por la cabeza sin necesidad de encontrarles una explicación inmediata. Entre cuervos, brujas y pollos azules, el imaginario de Pencil & Cherries termina pareciendo un pequeño bestiario de nuestras propias inquietudes. Un universo de personajes y situaciones extrañas que, lejos de resultar gratuito, encuentra su sitio en unas canciones que tampoco pretenden ajustarse a los convencionalismos.

Al lado, justo, tengo el tofu, que se disfraza de Chichén Man cuando se le ponen niños delante. La parte cotidiana de una noche que podría parecer demasiado oscura si no estuvieran los cacahuetes, las cervezas y esas conversaciones que devuelven las cosas a su tamaño real. También ahí reside el atractivo de estos conciertos de proximidad, en la posibilidad de escuchar a un músico llegado de Austria sin barreras entre escenario y público, compartiendo un espacio donde la música importa bastante más que el envoltorio.

Y fuera sigue sin llover. La alarma amarilla se queda en una advertencia, la dimisión política continúa dejando resaca cuando pones la radio y la gente vuelve a casa con sus abrigos, sus gorros de lana y sus veinte grados. El TRAM seguirá transportando miradas perdidas y mañana habrá otra rutina esperando a que alguien la cumpla.

Pero durante un rato, un miércoles cualquiera, la tormenta ha sonado a una guitarra verde, unos cuantos pedales y canciones que encuentran belleza en lo que otros prefieren esconder. A lo mejor el brillo no estaba sepultado. Solo necesitaba un poco de oscuridad para volver a verse.

Y si necesitas algo parecido, Amistat propone otra cita el próximo miércoles, esta vez de huelga, con los checos Lyssa y UKWXXX en El Bunker. Otra oportunidad para comprobar que la música alternativa sigue encontrando sus propios espacios en Alicante, al margen de las grandes programaciones y de las previsiones meteorológicas.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, conciertos top, crónicas, MÚSICA, noticia cultural, noticias breves, REVISTA Etiquetado como: Amistat, Impulso




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