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Cinco nombres en diez días (y una ciudad que podría ser cualquiera)

22 de enero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Zohra. Rosa María. Yasmina. Segunda. y Fatma. Cinco nombres propios. Cinco mujeres. Diez días. Cinco desahucios previstos esta semana en Alicante. Podrían ser otros nombres. Podría ser otra ciudad. Y sí, también podrías ser tú, aunque creas que esto queda lejos, o que sólo les pasa a otras.

Detrás de cada uno hay una casa que deja de serlo. Una mesa donde ya no se sabe si se volverá a cenar. Una mochila que mañana no está claro desde dónde saldrá hacia el colegio. No hablamos de cifras ni de expedientes: hablamos de rutinas interrumpidas, de proyectos que se encogen, de una vida que se vuelve provisional de un día para otro.

Nos han enseñado a mirar los desahucios como algo ajeno. Como una desgracia individual y personal. Como si siempre les pasara a “otros”: a quien no ahorró lo suficiente, a quien eligió mal, a quien no se lo trabajó. Esa ficción es cómoda. Y profundamente falsa. Pero no es real.

Porque el problema de la vivienda no es un accidente. Es una estructura. Un sistema que convierte el derecho a vivir bajo techo en un privilegio condicionado al mercado. Un modelo que protege más la rentabilidad de una propiedad que la estabilidad de una familia. Y que, mientras tanto, nos pide que lo aceptemos como algo inevitable.

Ellas 5 pierden la casa. Ellas 5 se quedan sin tranquilidad.El resto miramos, aliviados por no ser hoy. Pero mañana puede ser…

Y lo verdaderamente inquietante no son solo estos cinco casos, sino la naturalidad con la que los absorbemos. El silencio. La rapidez con la que seguimos con nuestra vida, como si no dijera nada de nosotros que una ciudad pueda asumir varios desalojos en una semana sin preguntarse qué clase de comunidad está construyendo.

Nos estamos acostumbrando a vivir con miedo. Miedo a enfermar y no poder pagar. Miedo a que suban el alquiler. Miedo a molestar. Miedo a que nos detengan por quejarnos de lo que hace tiempo deberíamos estar tratando. Miedo a caer.

Y ese miedo es el terreno perfecto para el egoísmo. Para pensar únicamente en salvarse una misma. Para aceptar que mientras “yo esté bien”, lo demás no va conmigo. Pero ese repliegue individual no nos protege: nos debilita. Nos aísla. Nos convierte en piezas intercambiables de un sistema que no garantiza nada a largo plazo.

¿Qué tipo de vida queremos? ¿Una en la que todos competimos por no ser el siguiente? ¿Una en la que perder la casa sea una experiencia común y asumida? ¿Una en la que cuatro hijos de puta especulen con nuestras vidas y nos miren por encima del hombro?¿Una en la que el bienestar ajeno se perciba como un estorbo?

Cada desahucio normalizado es un paso más hacia una sociedad más fría, más desigual y más frágil. Una en la que nadie está realmente a salvo, aunque hoy lo parezca. Zohra, Rosa María, Yasmina, Segunda y Fatma no son una excepción. Son un aviso. No porque hayan hecho algo mal, sino porque viven en el mismo sistema que el resto. El mismo que nos promete estabilidad mientras nos empuja a la precariedad permanente.

Mirar hacia otro lado es fácil. Pero también es una forma de decidir. Y la pregunta, al final, no es si nos puede pasar. Es qué clase de sociedad estamos dispuestas a aceptar cuando pase.

Publicado en: ALICANTE CIUDAD, Crítica Social, noticia cultural, noticias breves, opinión, REVISTA, SOCIAL, urbanismo




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