
Hay exposiciones que se recorren y otras que se atraviesan. La que llega al Museo del Mar de Santa Pola pertenece a las segundas. Hasta el 18 de mayo, “[Iter spirituale]. Dos colecciones” no propone mirar obras, sino demorarse en ellas, como quien entra en un espacio sagrado sin necesidad de fe, solo con atención.
Nombres como Pablo Picasso, Andy Warhol, Antoni Tàpies, Eduardo Chillida o Miquel Barceló no llegan aquí como iconos, sino como señales en un mapa interior. Junto a ellos, una constelación de artistas de distintas generaciones y lenguajes —de Nan Goldin a Javier Mariscal— construye un territorio común donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan.
La exposición, comisariada por Alejandro Mañas García y Laura Silvestre García, se articula como un viaje sin destino cerrado. Cuatro estaciones —Cuerpo, Rituales, Paisajes del alma y Trascendencia— guían un recorrido que no impone respuestas, sino que abre preguntas. Cada sala es una pausa; cada obra, un umbral.
Aquí la espiritualidad no es doctrina, sino experiencia sensible. Se manifiesta en la materia rugosa de Tàpies, en el vacío tensado de Chillida, en la repetición luminosa de Warhol o en los gestos radicales de tantos otros artistas que convierten el arte en una forma de escucha. No se trata de entender, sino de sentir cómo algo se mueve por dentro.
El diálogo entre el Museu d’Art Contemporani Vicente Aguilera Cerni (MACVAC) y la colección Espai Nivi se convierte en otro de los latidos de la muestra. Dos miradas nacidas lejos de los grandes centros que, sin embargo, han sabido construir un relato propio de la contemporaneidad. Desde la periferia, el arte también piensa —y quizá lo hace con más libertad.
La propuesta no se queda en la contemplación: busca activar, acercar, compartir. Con una clara vocación pedagógica, la exposición se abre a públicos diversos —desde la comunidad educativa hasta visitantes ocasionales— para recordar que el arte no es un lenguaje exclusivo, sino un territorio común.
En un presente acelerado, “[Iter spirituale]” propone detenerse como gesto radical. Frente al ruido, ofrece silencio; frente a la saturación, atención. No como refugio, sino como práctica: mirar, sentir, reconocerse.
Hasta el 18 de mayo, Santa Pola no solo acoge una exposición: se convierte en un lugar donde el arte vuelve a ser pregunta. Y quizás también, por un instante, respuesta.























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