
Surfin’ Lucentum cerró su primera edición con una sorpresa de última hora que terminó de darle sentido a todo: la aparición de RAY BRANDES & WILD GOOMS. Un epílogo inesperado que convirtió el jueves —en Stereo— en un regalo añadido para quienes aún creíamos que el festival podía deparar un último giro, aunque con LES ROBOTS la noche ya tenía su puntito perfectamente afinado.
Más allá de etiquetas estilísticas, el Surfin’ Lucentum ha sido, ante todo, un acontecimiento necesario. Alicante arrastra desde hace años una cierta desisolación cultural —esa fragmentación casi endémica que impide que las escenas dialoguen y se mezclen entre sí— y este tipo de encuentros actúan como catalizadores. El surf es el eje, sí, pero la vibración que genera debería extenderse a otras disciplinas, lenguajes y públicos.
Tras un intenso sábado, más encasquetado en el surf, LES ROBOTS aportaron una especie de cara B a la propuesta: un toque imaginario tecnológico, humor ácido y retrofuturismo escénico con «camisa plateada». Su uso del autotune —exclusivamente para los speeches, nunca como recurso vocal convencional— fue un acierto conceptual dentro de un set list de versiones diversas que bien podría funcionar como clase teórica de historia del rock en clave instro-surf y easy-listening.
Más que un concierto (que también), fue un pequeño bombardeo a las modas pasadas: un efecto narrativo, casi performativo. Un distorsionador de humanidad a juego con sus elegantes vestimentas plateadas, que hizo bailar hasta al más soso de la puta sala.
El imaginario robótico que sobrevoló la velada añadió una capa retrofuturista especialmente pertinente. Fue divertido —y revelador— jugar a recordar los androides que han acompañado nuestra educación sentimental: Bender, Astraco, Gort (de The Day the Earth Stood Still), Sonny (de I, Robot), Johnny 5 (de Short Circuit), Robby the Robot (de Forbidden Planet), nuestra Eva, los cortos del Ros Film o WALL-E.
Al final, un festival es música, pero está rodeado de una parte cultural transversal, e incluso social, porque todo esto te lleva a pensar – cerveza en mano – si cuando todos estas máquinas fueron concebidos se imaginaban que llegaría un tiempo en el que distinguir entre robots y humanos sería complejísimo. La idiotización contemporánea ha complicado separar la inteligencia artificial de la inteligencia mediatizada, y ambas de aquella que todavía conserva mínimos de capacidad crítica.
LES ROBOTS supieron convertir esa contextualización del espectáculo en un bolazo lleno de ironía, ritmo y precisión instrumental, evitando el mero revival. Porque lo suyo, más que nostalgia: es una actualización estética del pasado.
Para quienes no íbamos a poder ir al Wachina Wachina, esta pincelada de jueves fue un pequeño lujo compensatorio. Y más cuando «los Wild Gooms» calentaron el ambiente con solvencia antes de que Ray Brandes apareciera con camisa rosa, puños blancos rematados con gemelos dorados, ante una banda a la que dobla en edad pero no en actitud. Su presencia conserva ese aura magistral que lo encumbró al frente de The Tell-Tale Hearts hace ya unos cuantos lustros. Pero los tiempos cambian aunque no seas un robot.
Lo que siguió fue un ejercicio delicioso de matices elegantes empapados en sudor. Etiquetar aquello como garaje, R&B o surf resulta casi reductivo ante el compendio sonoro que desplegaron en poco más de una hora: tensión rítmica, melodías con filo clásico y esa elegancia californiana que no necesita impostación. Hubo músculo, hubo groove y mucho oficio: Un lujo.
El cierre terminó de sellar la conexión metafísico-playera que el Surfin’ Lucentum lleva implícita en su ADN. Más que un territorio geográfico, California funcionaría aquí como estado mental: el horizonte como promesa, la ola como resistencia, la música como comunidad. En la que por un día cabían gallegos, vascos, granadinas, madrileños o guiris pasándoselo bien.
Y eso, en una ciudad que aún busca articular su relato cultural, no es poca cosa.
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