
The Flamin’ Groovies colgaron el sold out el viernes 4 de septiembre en Stereo Alicante en una noche de clásicos, camisetas negras y rock and roll utilizado, una vez más, como remedio contra casi todo.
Lo bueno de vivir en una ciudad con una agenda cultural suficientemente diversa es que, cuando tienes una semana torcida, casi siempre puedes encontrar algún enderezador ajustado exactamente a tus necesidades. Hay quien busca consuelo en las pastillas – o en una botella -, quien paga a un psicólogo y quien practica esa modalidad terapéutica tan extendida que consiste en contarle las miserias al camarero. A mí me salva la distorsión.
Mover el culo con ese paso adquirido durante años de aprendizaje con kalimotxo en los bares más oscuros del País Vasco —lo justo para segregar endorfinas, pero procurando no sudar— sigue teniendo efectos terapéuticos. Creo, además, que desde que me hice autónomo funciona todavía mejor. Porque en esa parte de soledad no deseada que tiene este mundo de estudios PISA, cada vez más individualizado, uno acaba echando de menos algo tan básico como pertenecer a algún sitio.
Podría haber recurrido a alguna de las manifestaciones ultras que llenaron plazas un par de días antes, pero sospecho que allí me habría sentido todavía más solo porque todavía me quedan neuronas en la cabeza. Así que el viernes elegí el placebo máximo: rock and roll. Y funcionó.
Stereo estaba llena. Sold out otra vez para recibir a unos clásicos, aunque lo de “los Flamin’ Groovies” necesite en 2026 algún asterisco. De aquella banda nacida en el San Francisco de los sesenta queda sobre el escenario Cyril Jordan, con peluquín, fundador, guitarra, voz y, sobre todo, depositario de una de esas historias que explican cómo evolucionó el rock sin necesidad de abrir un manual.
Porque los Groovies fueron siempre un poco a contracorriente. Mientras el San Francisco de Haight-Ashbury se entregaba a la psicodelia de Grateful Dead, Jefferson Airplane o Janis Joplin, ellos decidieron que quizá era más divertido mirar hacia Chuck Berry, el rhythm & blues y el rock and roll de los cincuenta. Después llegaron Teenage Head, las guitarras, los Stones, los Yardbirds y finalmente ese giro hacia las melodías de Beatles y Byrds que terminaría cristalizando en Shake Some Action. Nunca parecieron demasiado interesados en llegar a tiempo a ninguna moda. Y quizá por eso han terminado sobreviviendo a casi todas.
Sesenta años después, sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿estamos viendo realmente a Flamin’ Groovies o a una magnífica banda tocando canciones de Flamin’ Groovies con Cyril Jordan al frente? Por momentos se parece bastante más a lo segundo.
Jordan ejerce de protagonista inevitable mientras Tony Sales sostiene la batería, Atom Ellis se ocupa del bajo y Sean Fitzsimmons y Miki Rogulj completan ese frente de guitarras necesario para que todo esto conserve músculo. Sales, además, carga con un pequeño pedigrí familiar: es hijo de Tony Fox Sales, el bajista que junto a su hermano Hunt formó aquella demoledora sección rítmica que acompañó a Iggy Pop en Lust for Life y más tarde a David Bowie en Tin Machine.
Eso sí, sobre el escenario nadie parece especialmente interesado en sacar brillo al árbol genealógico. ¡Aquí se viene a tocar!
Y también a poner cara de pocos amigos. Especialmente uno de los guitarristas, con camiseta de rayas, que durante buena parte del concierto mantiene la expresión de quien sospecha que todo Stereo le debe dinero.
Pero funciona…
Funciona porque las canciones son enormes y porque esta formación entiende que intentar modernizarlas sería casi tan absurdo como ponerle pantalla táctil a una Vespa. Los Groovies llevan toda la vida reivindicando una forma bastante elemental de entender esto: guitarras, melodía, ritmo y canciones que entran mejor cuanto más alto suenan.
El repertorio fue recorriendo esas distintas vidas de la banda. Arrancaron con “You Tore Me Down” y fueron mezclando originales y versiones, algo que tampoco debería sorprender en un grupo cuya identidad se construyó precisamente absorbiendo obsesivamente la historia del rock and roll. Hubo Tampa Red, Frankie Lee Sims, Randy Newman y hasta Beatles con “Misery”, antes de ir acercándose a la parte del concierto que todos estábamos esperando.
Porque puedes intelectualizar mucho a los Flamin’ Groovies, hablar de proto-punk, garage, power pop, British Invasion y genealogías varias, pero basta escuchar los primeros acordes de “Shake Some Action” para que toda esa taxonomía se vaya a tomar por saco.
Ahí estaba la canción. Cincuenta años después. Y ahí estábamos nosotros conscientes de que no habíamos nacido cuando la idearon en un garage.
Luego llegaron “Teenage Head”, “Slow Death” y “Whiskey Woman”, enlazando algunas de las piezas que explican por qué esta banda, pese a no haber ocupado nunca el espacio comercial reservado a otros contemporáneos, terminó infiltrándose en buena parte del rock que vino después.
Quizá por eso el concierto tenía algo de celebración y algo de reunión familiar. Mirabas alrededor y entendías perfectamente qué hacíamos todos allí. Camisetas negras. Canas. Gente que probablemente escuchó estos discos cuando todavía eran novedades junto a otros que llegaron varias décadas más tarde. Unas cuantas generaciones distintas compartiendo durante hora y pico la misma referencia cultural sin discutir por ella.
Y eso, en 2026, casi parece revolucionario…. Uno sale de casa después de pasar demasiado tiempo viendo cómo las redes sociales convierten cualquier conversación en una guerra civil diminuta y descubre que hay otra manera de relacionarse con desconocidos: apiñarse delante de un escenario, asentir cuando entra una guitarra conocida y bailar juntos sin necesidad de saber a quién vota el de al lado. O sí, porque eso hiede…
No sé si esta encarnación de Flamin’ Groovies puede compararse con aquellas formaciones que construyeron la leyenda. Seguramente no. Por momentos, aquello podía parecer una banda de versiones de sí misma con uno de sus protagonistas originales todavía sobre el escenario.
Pero tampoco estoy seguro de que importe demasiado. Las canciones siguen funcionando. Cyril Jordan sigue ahí. Stereo estaba llena.
Y durante un rato nadie parecía pendiente del algoritmo, de Trump, de Ayuso ni del último imbécil que había decidido amargarnos la mañana desde una red social. Solo de las guitarras y el ahora.
Al final va a resultar que, mientras el arroz y la marihuana sigan siendo más o menos asequibles y podamos permitirnos de vez en cuando un concierto como este, todavía queda alguna esperanza.
El rock no solucionará tus problemas.
Pero durante hora y media consigue que te importen bastante menos.
Y hay semanas en las que eso ya es muchísimo.















Deja una respuesta