
Hay algo casi entrañable en la postura del PP cuando estalla un escándalo que afecta a uno de esos mitos nacionales que crecieron entre hombreras, silencios incómodos y una impunidad tan natural como el aire acondicionado en Marbella. En el caso de Julio Iglesias —como antes con Plácido Domingo— la reacción es previsible: minimizar, desviar el foco y, si se tercia, sacar a pasear a las mujeres iraníes como si fueran un comodín moral. Mezclar churras con burkas, que diría el refranero actualizado.
Quizá convendría detenerse un segundo y preguntarse por qué tantos hombres considerados genios, iconos o “leyendas” de la música han terminado rodeados de acusaciones, comportamientos reprobables o abusos de poder. No es una conspiración woke ni una caza de brujas: es el resultado lógico de un sistema —el patriarcado más rancio, sí— que durante décadas confundió talento con bula moral.
Julio Iglesias no es un caso aislado. Tampoco Plácido Domingo. Ni lo fueron tantos otros a los que se les permitió todo porque cantaban bien, vendían discos o llenaban teatros. El mensaje era claro: si tienes éxito, si eres un genio, si representas una marca país, las normas son flexibles. Para ti y solo para ti. El resto que se aguante.
Conviene dejar algo claro, porque aquí empieza siempre el ruido interesado: el talento artístico no convierte a nadie en buena persona, ni mucho menos en alguien situado por encima de la ley. Separar la obra del autor puede ser un ejercicio cultural legítimo; separar al autor de sus responsabilidades legales o éticas, no. Casi ningún gran nombre de la historia de la música ha sido un ejemplo de moral, ética o buen comportamiento. Eso no invalida su obra, pero tampoco los absuelve como ciudadanos.
Lo verdaderamente obsceno no es que se critique a una figura consagrada. Lo obsceno es la reacción defensiva, corporativa y masculina que se activa automáticamente desde ciertos sectores políticos. El PP, una vez más, opta por la caricatura: si criticas a Julio Iglesias, estás atacando la libertad; si denuncias abusos, eres un inquisidor; y si señalas dinámicas de poder, entonces, atención, ¿qué pasa con las mujeres iraníes?
Lo de Irán es directamente magistral. Un giro de guion tan burdo que casi merece un Grammy. ¿Qué tiene que ver un régimen teocrático que oprime sistemáticamente a las mujeres con la necesidad de analizar el comportamiento de hombres poderosos en Occidente? Absolutamente nada. Pero sirve para lo de siempre: relativizar, desactivar y colocar el listón moral tan bajo que cualquiera puede pasar por debajo sin agacharse.
Es una trampa vieja. Si no hablamos de lo peor del mundo, no podemos hablar de lo que ocurre aquí. Si no solucionamos Irán, no toquemos a Julio Iglesias. Si hay burkas, no hay abusos. Y así, de paso, se protege un modelo de masculinidad caduca, ese que confunde seducción con dominación y éxito con impunidad.
No se trata de cancelar canciones ni de reescribir la historia. Se trata de asumir que el pedestal no exime de responsabilidad. Que el aplauso no borra los comportamientos denunciables. Y que una sociedad madura puede disfrutar de una obra y, al mismo tiempo, cuestionar al hombre que hay detrás.
Lo demás es ruido, cinismo y una defensa cerrada de un sistema que ya huele a naftalina. El patriarcado más rancio, sí, pero esta vez en estéreo y con arreglos políticos. Porque cuando el PP sale a defender mitos, no está defendiendo la cultura: está defendiendo su propio reflejo en el espejo.



















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