
Hay días en los que una ciudad parece escrita por dos guionistas distintos que no se hablan entre ellos. Ayer, Alicante amaneció como un manifiesto nórdico: transporte público eficiente, movilidad sostenible, ciudadanos deslizándose en silencio entre árboles y tranvías puntuales (para el 2050, eso sí). Hoy, en cambio, alguien ha debido cambiar de canal y hemos vuelto al género clásico: 10.000 coches bien aparcados, en fila, como si fueran macetas de humo.
Porque claro, nada dice “reducción del tráfico privado” como habilitar más de 300.000 metros cuadrados para que el tráfico privado repose, medite, se encuentre a sí mismo… y luego vuelva a entrar en la ciudad con renovado entusiasmo.
El titular es impecable: aparcamientos disuasorios. La palabra “disuasorio” tiene algo casi psicológico, como si el coche, al llegar a uno de esos espacios, experimentara una crisis existencial. “¿De verdad quiero seguir?”, se preguntará el vehículo, abatido, mientras su dueño consulta un autobús que pasa —con suerte— cada media hora. Porque aquí está la magia: para que alguien deje el coche, primero tiene que existir una alternativa que no parezca una broma privada del urbanismo.
Y ahí es donde la realidad entra como un elefante en una cacharrería: el centro saturado, autobuses con frecuencias que invitan más a la introspección que al desplazamiento, y un TRAM que podría ser —como se insinuó ayer— casi una promesa futurista: cada 10 minutos, 24 horas, como en esas ciudades donde las cosas funcionan y nadie sabe muy bien por qué.
Pero no. Aquí el modelo es otro. Primero aparcamos 10.000 coches en las afueras, luego ya veremos cómo mover a las personas. Es un poco como construir el armario antes de decidir si tienes ropa.
Uno imagina esos 300.000 metros cuadrados y no puede evitar cierta ensoñación: árboles, sombra, bancos donde sentarse a leer sin el zumbido constante del motor de fondo, parques donde el tiempo no se mida en semáforos. Incluso —fantasía radical— viviendas públicas para alicantinos, de esas que convierten el suelo en hogar y no en asfalto.
Pero no. Serán coches. Siempre coches. Coches descansando, coches esperando, coches ocupando el espacio que podría haber sido otra cosa.
La ciudad, mientras tanto, sigue atrapada en su pequeño bucle narrativo: ayer promete ser Copenhague, hoy se organiza como si fuera un aparcamiento de centro comercial en agosto. Y entre una cosa y otra, el ciudadano hace lo que puede: esperar el autobús, mirar el reloj, y preguntarse si no será él, al final, el verdadero elemento disuasorio de todo este plan.




















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