
Hay artistas que persiguen la luz. Jesús Madriñán persigue el instante en el que la luz está a punto de extinguirse. “La firmeza de un instante”, que se inaugura el sábado 21 de febrero a las 12 horas en la Caja Blanca de Las Cigarreras, no es solo una exposición de retratos: es una confrontación con el tiempo. Con ese tiempo frágil que creemos infinito cuando tenemos veinte años y que, sin embargo, se escapa en una noche.
La muestra —de acceso libre hasta el 23 de mayo de 2026— reúne algunos de los trabajos más representativos del fotógrafo gallego. Jóvenes capturados en discotecas, en after-hours, en ese territorio ambiguo donde el cuerpo aún baila pero la madrugada ya pesa. La noche no es fondo: es materia. Es escenario y es piel.
Madriñán no roba imágenes. Las construye.
En una época dominada por la inmediatez digital, Madriñán utiliza fotografía analógica de gran formato. Cámara de placas. Tiempo de preparación. Quietud. La técnica que históricamente perteneció al estudio burgués y al retrato solemne es desplazada al corazón del ocio nocturno. Ahí está la subversión.
La juventud, que suele representarse como movimiento borroso y exceso, es obligada a detenerse. A sostener la mirada. A permanecer inmóvil unos segundos que parecen eternos. En esa fricción entre tradición técnica y espontaneidad vital nace la verdad de sus imágenes.
Series como Good Night London (2011), Boas noites (2013), Dopo Roma (2016), I am Light (2019) o Washington Store (2023) han ido construyendo un archivo generacional donde la diversidad no es consigna sino presencia. No hay exotización ni moralismo. Hay dignidad. Y, también, vulnerabilidad.
Juventud como territorio político
Lo que Madriñán captura no es únicamente estética nocturna. Es identidad en tránsito. Es el instante previo a convertirse en otra cosa. Sus retratados no posan para agradar; posan porque alguien les concede el privilegio de ser vistos sin caricatura.
La piel brilla por el sudor. El maquillaje se ha desplazado ligeramente. La mirada oscila entre la euforia y el cansancio. Nada está idealizado. Todo está suspendido.
En ese gesto hay algo profundamente político: la afirmación de que la juventud merece ser archivada con la misma solemnidad que los viejos retratos aristocráticos. Que la diversidad merece monumentalidad. Que la noche también es historia.
La obra de Madriñán ha transitado por instituciones como el Centro Galego de Arte Contemporánea, el Centre del Carme en Valencia, el Centro de Arte Alcobendas en el marco de PhotoEspaña, la Embajada de España en Estados Unidos o La Térmica en Málaga. Ha participado en citas como Paris Photo, Unseen Amsterdam, Photo London o ARCO.
Pero más allá del currículo —siempre impecable— lo que importa es la coherencia.
Madriñán no abandona su obsesión: detener lo efímero. Hacer firme lo inasible. Convertir la madrugada en documento.























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