
No me gusta disfrazarme. Lo confieso con la misma incomodidad con la que otros confiesan que no saben bailar. Me incomoda la máscara porque siempre he creído —quizá con una ingenuidad casi religiosa— que hay que dar la cara. Que incluso en los días de fiesta uno debería ser fiel a sí mismo, sin lentejuelas que edulcoren la opinión ni pintura que difumine el gesto real de tu expresividad.
Sin embargo, ayer, viendo las Chirigotas de Cádiz, comprendí que el disfraz no siempre es huida. A veces es bisturí. Porque supongo que la diferencia entre firmar un artículo con nombre y apellido y subirse a un escenario con un mirlitón no es sólo estética: es psicológica. Cuando uno escribe, la responsabilidad es vertical. La crítica cae como un rayo con firma. En la chirigota, en cambio, la ironía es coral, compartida, democrática. La sátira no señala con el dedo: abraza al público y lo convierte en cómplice y hay algo profundamente subversivo en reírse juntos.
Siempre he echado de menos esa crítica organizada en las Hogueras de Alicante. Imagina el monumento: la VPPO de la discordia convertida en cartón piedra, con Barcala instalado en el ático como si la ciudad fuera un balcón privado; Pérez Llorca jugando al pádel con Feijóo en mitad de la pista municipal; Mas y Llobel haciéndose un selfie en el pleno mientras una rata asoma entre los escaños; Ana Barceló atrapada en uno de esos baches que ya forman parte del paisaje sentimental de nuestras carreteras… o Manolo Copé yendo al pleno con sus cuatro hijos en el día internacional de ir al trabajo con papá
El humor no absuelve: evidencia. El disfraz, bien entendido, no oculta la identidad; la amplifica. Es una licencia poética para decir lo que, sin maquillaje, sonaría demasiado crudo. La máscara permite exagerar el rasgo hasta que la caricatura se vuelve verdad. Y esa verdad, cantada en grupo, duele menos y cala más.
Psicológicamente, el disfraz cumple dos funciones opuestas y complementarias: protege y revela. Nos protege del señalamiento individual —no es mi voz, es la del coro— y, al mismo tiempo, revela lo que la prudencia cotidiana silencia. Es un pacto tácito: hoy nos pintamos la cara para poder despintar el poder.
Por eso, cuando hoy se suspende la fiesta y se reprograma para el viernes que viene, la metáfora se impone. La ironía también puede aplazarse. La queja no necesita calendario litúrgico. No hace falta un disfraz para denunciar, ni la denuncia debería convertirnos en caricatura permanente.
La vida es una fiesta, sí, pero no en el sentido naïf del confeti perpetuo. Es fiesta porque es convivencia, porque es plaza pública, porque es asociación, ruido y contraste. Lo que la arruina no es la crítica, sino la impunidad. No es la sátira, sino el silencio.
Tal vez el problema no sea que nos pongamos caretas una vez al año, sino que toleremos que otros las lleven todo el tiempo. La política, a menudo, es el arte del disfraz continuo: sonrisa impostada, promesa reciclada, foto ensayada. Frente a eso, el humor popular resulta casi higiénico. Una forma de arrancar la máscara ajena mientras uno mismo lleva una de cartón, consciente y efímera.
Yo seguiré prefiriendo dar la cara. Pero empiezo a entender que, a veces, ponerse una careta es la manera más honesta de señalar a quien la usa para engañar. No hace falta esperar al carnaval para ejercer la ironía. No hace falta que la queja se disfrace de chiste para ser legítima. La crítica debería formar parte de la rutina, como el café o el saludo. Sin dramatismos, sin solemnidad impostada.
Y, sobre todo, sin miedo. Porque al final no se trata de prohibir las máscaras, sino de saber cuándo quitárselas. Detectar quién nos estropea la fiesta —la ciudad, el barrio, la convivencia— y tener el coraje colectivo de señalarlo. Con mirlitón o sin él. Con artículo firmado o con copla afinada.
La vida es una fiesta, pero no un baile de disfraces permanente. Y a quien la jode, conviene verle la puta cara de vergüenza.




















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