
El pasado sábado, 09 de mayo, el Teatro Principal de Alicante recibió Las Minas Flamenco Tour, esa embajada itinerante con la que la Fundación Cante de las Minas está llevando fuera de La Unión, en esa vida que pasa entre festival y festival, una parte de su liturgia: el cante, el baile, la guitarra, las palmas y el instrumento como territorios de memoria, herida y celebración.
Desde el primer paseo de Miguel Rosendo y Ana Polanco por el pasillo que conduce al escenario, la esencia de La Unión se hizo evidente. No hacía falta subrayarla. Porque estaba presente en la manera de pisar las tablas, en la gravedad del gesto, en esa solemnidad sin afectación que tiene el flamenco cuando no viene a decorar nada, sino a recordar de dónde procede.
Desde esa capela a coro y con mucho reverb, la noche fue recorriendo palos y atmósferas con vocación de muestra amplia, pero sin caer en el escaparate de una platea llena.
En el repertorio confluyeron momentos de expansión, de compás abierto, de brillo instrumental, de diálogo entre voces y guitarras. Toni Abellán y Álvaro Mora sostuvieron el pulso con oficio, acompañando con las seis cuerdas, sin invadir, dejando respirar al cante y empujando cuando el escenario pedía tierra bajo los pies. Ilustrado en un diálogo sublime del «relleno» existencial mezclado con el toque mágico de la flauta de Ostalinda Suárez, en la idea vanguardista de que lo flamenco puede desplazarse sin perder su raíz si quien lo toca sabe dónde está el pozo.
Con la voz caliente, y las sillas de mimbre yendo y viniendo el espectáculo fue adquiriendo un cariz de fiesta. Más que un teatro, por momentos, eso parecía una noche de esas que suceden cuando el Sacromonte en Granada o Juan XXIII aquí, cierran su puerta al turista y enseñan su alma.
El redondeo gourmet lo puso la elegancia de ver a Jose Carlos Hanza reinventando el sonido con el piano. Fue inevitable pensar en Felipe Campuzano. No por comparación fácil, sino por esa memoria sentimental anclada a viajes de más de 800 kilómetros en coche. Hay pianos que no buscan traducir el flamenco, sino reinterpretarlo desde dentro. En sus mejores momentos, el instrumento no pareció añadido, sino una habitación nueva dentro de la misma casa. Una habitación con ecos antiguos, con sombra andaluza, con un lirismo que no, como todo lo que rodea al género, no necesita pedir permiso.
Antes y después,un envoltorio que – en mi modesta opinión – sobresalió por encima de todo: La presencia bruta y sutil, a la vez de Salomé Ramírez. Su baile no fue solo una intervención destacada; fue el eje emocional de la función. Hay bailaoras que ocupan el escenario y hay bailaoras que lo cargan de sentido. Salomé pertenece a la segunda especie en extinción. Tiene una presencia limpia, afilada, nada complaciente. No baila para gustar, aunque guste; baila para decir y representar. Y lo que dice tiene cuerpo, rabia, elegancia y una verdad que atraviesa incluso cuando el espectador cree estar a salvo en su butaca.
Su Premio Desplante se entiende en cuanto aparece y despliega su mantón de manila. Hay en ella una forma de dominar el silencio antes del golpe, una inteligencia del remate, una autoridad que no necesita exceso. El cuerpo le habla al cante, a la guitarra, al piano y al público con la misma claridad: aquí no se viene a ilustrar una tradición, se viene a habitarla.
También merece una mención especial la breve aparición del joven Matías Campos, Premio Desplante Juvenil, que dejó la sensación de promesa sólida, de cuerpo todavía en construcción pero ya consciente del peso que pisa.
En la parte grande del cartel aparecía el nombre de Rocío Segura, trajo una de las preguntas más hermosas de la noche: hacia dónde puede evolucionar una voz sin traicionarse. Se echó de menos la suerte de ver a Gregorio Moya o a Amparo Reyes, pero desde su silla, ataviada con un vestido negro de lunares rojos, la ganadora de la Lámpara Minera del año 2000 desplegó su hondura y esa particular manera que tiene de abrir el cante que parece mirar hacia atrás y hacia delante al mismo tiempo. En los cantes de Levante —taranta, minera, esa geografía jonda donde la pena no se llora: se excava— encontró un lugar natural, una respiración propia, que expiró profundamente sobre los presentes.
Supongo que pensaréis que un vasco no puede sentir la bulería como propia. Pero no. Hay patrias que no figuran en el DNI. Yo adoro la pureza, quizá porque la pureza verdadera no es una vitrina, sino una forma de honestidad. La bulería, cuando aparece sin disfraz, trae buenos recuerdos incluso a quienes no nacimos dentro de ella. Recuerdos prestados, tal vez, pero no por eso menos verdaderos. El flamenco tiene esa capacidad extraña: convertir lo ajeno en íntimo sin pedir explicaciones.
Por eso la muerte de El Cabrero, cuatro días después, cayó sobre la memoria de la función como una sombra justa. Y no puedo acabar un relato así sin recordar que El Cabrero fue otra cosa: una intemperie, una voz sin barniz, un hombre que cantaba a la anarquía como quien no negocia con nadie. Su desaparición no convierte automáticamente cada recital en homenaje, pero sí nos obliga a escuchar de otra manera. A preguntarnos qué queda del flamenco cuando se apagan quienes lo sostuvieron desde la aspereza, desde la libertad, desde una ética casi indomable.
Las Minas Flamenco Tour dejó en Alicante algo más que un repertorio bien defendido. Dejó la sensación de que el arte jondo sigue teniendo sentido cuando no se rebaja a postal, cuando acepta la belleza pero no renuncia a la herida. En el Teatro Principal sonó La Unión, sí. Pero también sonó algo más difícil de encontrar: una continuidad. La certeza de que el flamenco vive cuando alguien canta, toca o baila como si todavía quedara una mina abierta en mitad del pecho. Abierto de par en par, claro.


















Deja una respuesta