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Lemon Pop 2026, día 2: canciones para seguir creyendo

16 de septiembre de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Aclimatarse a Murcia es sencillo. Tanto que el sábado empezamos olvidándonos incluso del café… y del desayuno. Había una razón: queríamos llegar a tiempo a ver a Perdón, encargados de abrir la jornada a las 12:30 en Locoloco Vintage, uno de esos conciertos aperitivo con los que el Lemon Pop demuestra que un festival también puede extenderse por la ciudad y escapar durante unas horas de su escenario principal.

La tienda, obviamente, se quedó pequeña. Pero en la visión, a través del cristal, se apareció una de esas diferencias entre escenas vecinas que siempre resultan curiosas. Mientras en Alicante buena parte de la chavalería parece haberse entregado últimamente al punk y a sus diferentes mutaciones, en Murcia sigue sobreviviendo una juventud bastante más emperifollada y orgullosamente amante del pop. Por momentos fue como retroceder una década y aterrizar en uno de aquellos mediodías del SOS: con conversaciones sobre música que se mezclan con política, discos, conciertos y ese punto de buen gusto entendido no como solemnidad, sino como una forma de estar «en la onda».

Después de Perdón, que estuvo bien – incluso visto desde la puerta- Murcia y sus encantos hicieron el resto. Marineras, pastel de carne, tomate trinchado con almendras y alguna que otra decisión nutricional difícil de defender. Improvisar además un tardeo habría sido too much, así que tocó paseo por unos Huertos del Malecón todavía cerrados, algo de Feria y hasta una siesta antes de regresar a Murcia Parque.

Porque una de las particularidades del Lemon Pop de este año, ha sido precisamente esa convivencia. A pocos metros del escenario están los huertos, la noria, los desfiles y todo el despliegue de una Feria de Murcia que ese sábado competía directamente por la atención del público. El festival celebraba su trigésimo aniversario integrado, además, dentro de esa programación festiva de la ciudad. Y como dijo el cantante de Juventude, por suerte, todavía hay quien prefiere el directo a los gigantes y cabezudos

El rock primero

La noche comenzó al revés de lo que dictó la lógica del día anterior: primero llegaron las guitarras más pesadas y después iríamos aclarando progresivamente el color.

Blue Cheese salieron con la condición añadida de flamantes ganadores del CreaMurcia Pop-Rock 2026. Un power trio contundente, sin demasiadas ganas de adornar aquello que funciona mejor cuando se toca de frente. Stoner de toda la vida: riffs gruesos, bajo y batería trabajando para generar masa y una sensación de empuje permanente. Un comienzo físico que, a pesar de la poca gente, colocó rápidamente la noche en otro lugar respecto al concierto matinal con las punzadas del flamante «Penicillium Roqueforti», el EP que publicaron en marzo.

Después llegó Juventude, esta vez en un formato distinto al que habíamos visto en el LOW, sin vientos y con Nicolás González – uno de los frontman más interesantes del panorama actual – bastante más encorsetado instrumentalmente. Bajo colgado, sin cable – eso sí – cuerpo inquieto, como si las cuatro cuerdas fueran transmitiéndole pequeños calambres y él los supliera paseándose por todo el escenario.

El cambio de formato resta parte del color de otras encarnaciones de la banda, pero no su capacidad para convertir cada canción en un pequeño espectáculo. Juventude funcionan porque siempre parece estar sucediendo algo. No necesitan estirar las canciones ni rellenar minutos: montan su circo musical, lo mantienen en tensión durante el tiempo justo y se marchan antes de que pierda intensidad para que te quedes con las ganas de más.

Fue también uno de esos momentos en los que la competencia de la Feria se hizo evidente. Mientras en Murcia Parque sucedía todo aquello, una parte considerable de la ciudad parecía preferir – por desgracia – gigantes, cabezudos y demás liturgias festivas. Nada que objetar, salvo cierta sensación de oportunidad perdida: Juventude continúan siendo una banda mucho más divertida de ver que de explicar . Y eso, con un único, pero espectacular primer disco, ya es mucho más de lo que otros tienen, o dicen tener.

Con Espiricom llegó el cambio de tercio. Supongo que porque para valorar la luz – del pop – hay que conocer la oscuridad. Por eso, fue como si antes de poder valorar todos los colores del pop que aparecerían después hubiera sido necesario enseñar al público qué significa la oscuridad.

Y lo hicieron montando una atmósfera tenue, repetición, capas y pequeños matices de guitarra construidos desde los efectos. Su música no necesita grandes movimientos porque trabaja precisamente en el detalle: motivos que regresan, sonidos que cambian apenas unos grados y ritmos que terminan adquiriendo una cualidad casi hipnótica.

Resultaba especialmente divertido observar a esa otra Murcia de Feria, arreglada para la ocasión, vestida casi de domingo, entrando en Murcia Parque y acabando por mover el cuello ante aquellos ritmos infernales. También eso es un festival: públicos que quizá nunca habrían buscado esa música si no se la hubieran encontrado de frente.

Y, así, como en una verbena de pueblo, con farolillos… llegó «la luz»…

Exsonvaldes llevan más de dos décadas alrededor del pop y el rock francés y regresaron en 2023 después de varios años separados. Este mismo 2026 han publicado Ninety Seconds to Midnight, un disco con el que han recuperado guitarras, distorsión y parte de la urgencia de sus primeros años.

En Murcia dejaron un concierto impecablemente ensayado, efectivo y melódico. Pero también una duda: Quizá el cuatro por cuatro se nos haya quedado antiguo.

Hace unos días, durante un concierto tributo a The Beatles, una niña le dijo a su padre: «Esto no suena moderno, papá». Y algo parecido me ocurre a veces con determinado «tutupá de indie-pop»: sabes perfectamente por qué funciona, reconoces la arquitectura de la canción y hasta puedes anticipar el momento en el que entrará el estribillo. Pero precisamente por eso cuesta que sorprenda.

Exsonvaldes tienen canciones míticas, oficio y elegancia. También esa conexión histórica con una determinada sensibilidad indie que en España siempre ha encontrado terreno fértil. Pero hubo momentos en los que parecían vestir un traje dos tallas más grande. Una fórmula perfectamente confeccionada a la que quizá hoy le falta alguna arruga. O una ralladura de limón – valga la ironía – habría bastado.

Después de eso… aparecieron en el escenario The Boo Radleys para cerrar el festival.

Wallasey nunca tuvo el atractivo mitológico de Manchester y la prensa británica —con la BBC participando también de esa maquinaria de fabricar relatos— siempre ha sido especialmente aficionada a buscar «los nuevos Beatles». Durante los noventa hubo unos cuantos candidatos, mientras generaciones enteras de grupos terminaban sepultadas entre gigantes: por un lado The Smiths o The Stone Roses; poco después Oasis y Blur convertidos ya en protagonistas absolutos de una narración llamada Britpop.

The Boo Radleys estuvieron allí, aunque su historia fue bastante menos cómoda de encajar. Venían del ruido, el shoegaze, la psicodelia y un pop cada vez más luminoso. Llegaron incluso al número uno británico con Wake Up! y dejaron en «Wake Up Boo!» uno de esos estribillos imposibles de separar de una época. «La famosa» como decía el tío que teníamos delante

Hoy, reformados desde 2021, siguen adelante con Sice Rowbottom, Tim Brown y Rob Cieka y acaban de publicar In Spite of Everything, su tercer álbum desde la reunión.

Pero lo mejor del concierto quizá no estuviera en la nostalgia. Estaba a un lado del escenario. Porque habría que tomarse la vida, o la evolución, como Louis Smith, el joven guitarrista – con sonrisa permanente- que acompaña actualmente a la banda y que también ha participado en su nuevo disco. Verlo tocar era observar a alguien disfrutando sin reservas de unas canciones que nacieron cuando probablemente ni siquiera podía imaginarse formando parte de ellas.

Y ahí, no sé por qué, apareció la idea que terminó sobreviviendo al final del sábado: La gente desconfía demasiado de la duración de la pasión. Parece que aquello que nos obsesiona de jóvenes tenga obligatoriamente fecha de caducidad. Como si cumplir años consistiera también en aprender a emocionarse menos.

Pero cuando una pasión queda asociada a algo verdaderamente extraordinario, puede perpetuarse. O, al menos, eso me pareció observar a mí en algunos «puretas» disfrazados de jóvenes enamoradizos a mi alrededor. Quizá sea mi visión subjetiva o un pequeño secreto contrario a cualquier lógica científica que solo conocemos quienes sabemos que, suene cuando suene, existe alguna canción capaz de despertar sensaciones que ya no son plausibles en casi ninguna otra circunstancia de nuestra vida, y de lo que nos rodea.

Por eso importa que The Boo Radleys sigan tocando. Importa la voz aguda, reconocible y ahora inevitablemente madura de Sice Rowbottom. Importan Brown y Cieka, pero también ese guitarrista joven dándole otro toque a aquellas canciones como si acabaran de escribirse.

La banda sonora, como el resto de cosas que oculta la bobina de esta película convive con el trabajo, los problemas, la política, las comidas, los amigos, los hijos, las resacas, las ferias, los gigantes, los cabezudos y un millón de cosas más.

Pero está ahí esperando reproducirse. Y que una canción, o un recuerdo pulse el «play» para ver qué te evoca después de todo el tiempo que ha pasado.

Supongo que por esas cosas, la banda sonora es casi tan necesaria como el oxígeno. Tal vez la vida sea precisamente eso: conseguir que todo lo demás conviva con esas sensaciones únicas. Y por eso sigamos buscando, yendo de festivales, abrazando a conocidos con nuevas carcasas.

El caso es que entenderlo puede ser un buen principio para disfrutarla. E incluso cuando se acaba, el concierto, el festival, o la noche, el poso que queda convive con la digestión madura de 30 años de experiencias con un punto de limón, un coro que se repetirá en tu cabeza toda la semana o un paseo en la motillo que te ayuda a respirar entre rutinas y sopapos, ensoñando quién protagonizará la edición 31, en el escenario. Y fuera de él.

Publicado en: crónicas, festivales de música, MÚSICA, noticia cultural, noticias breves, noticias TOP, REVISTA, Vega Baja Etiquetado como: Murcia




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