
Hay una escena cotidiana en Alicante que roza lo esperpéntico: niños que prácticamente “caen” de los coches en doble fila, mochilas volando, puertas que se abren como alas en mitad del tráfico y padres y madres convertidos en directores de orquesta del caos. La entrada al colegio se ha transformado en un pequeño infierno diario donde el estrés sustituye a la educación en valores.
La reciente iniciativa del PSOE para impulsar entornos escolares más seguros —más peatonalización, más presencia policial— no solo es oportuna, sino casi de supervivencia. Ir al colegio no debería parecer una prueba de riesgo urbano, sino un acto cotidiano, tranquilo y hasta formativo.
Porque lo que ocurre cada mañana no es solo un problema de tráfico, sino de modelo de ciudad y de vida. Hemos normalizado que llevar a un niño al colegio implique prisas, tensión, coches mal aparcados y discusiones a gritos a las ocho y media de la mañana. Luego nos preguntamos por la conciliación, como si fuera un concepto abstracto y no algo que empieza, precisamente, en ese trayecto (vital).
Quienes llevamos a los niños andando o en bici asistimos a este espectáculo con una mezcla de perplejidad y tristeza. Mientras unos pocos avanzan tranquilos por la acera o el carril bici, el resto vive atrapado en una coreografía absurda de cláxones, maniobras imposibles y urgencias que nadie sabe muy bien de dónde salen. Así que, es difícil no pensar que algo estamos haciendo mal.
Fomentar la movilidad activa no es una cuestión estética ni ideológica: es – aparte de contribuir a que nuestro planeta respire un poco mejo – salud, autonomía y sentido común. Un niño que camina o pedalea al colegio gana independencia, reduce su estrés y empieza el día de otra manera. Y, de paso, también lo hacen sus familias. Menos coches no es solo menos contaminación: es más tiempo, más calma y más vida.
Así que, desde esta modesta isla informativa, secundamos la propuesta de crear rutas escolares seguras, implicar a la comunidad educativa y pacificar el tráfico apunta en la dirección correcta. Pero , como todo, esto requiere algo más que medidas técnicas: exige cambiar la mentalidad de una ciudad que ha puesto el coche en el centro de todo, incluso de lo que debería estar protegido por definición.
Quizá el verdadero surrealismo no sea ver a niños “desembarcando” en doble fila, sino que lo hayamos aceptado como normal. Porque educar también es enseñar a moverse, a convivir y a respetar el espacio común. Y eso, difícilmente, se aprende entre frenazos y gritos.

















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