
Más de 11.000 personas abrieron este viernes la segunda edición de Oasis Elche Music Fest. SOLD OUT, otra vez, para una primera jornada en la que el recinto de la UMH volvió a demostrar que cada festival termina construyendo su propio ecosistema. Hay públicos, hábitos y formas de relacionarse con la música que cambian de una ciudad a otra, aunque sobre el cartel aparezcan muchas veces los mismos nombres.
La burbuja festivalera tiene leyes curiosas. Una de ellas es que puedes programar a una banda en tres o cuatro festivales separados por apenas una hora de carretera y descubrir que buena parte del público no se repite. Somos capaces de organizar un viaje a Tailandia con seis meses de antelación y, sin embargo, a veces esperamos a que un músico toque a veinte kilómetros de casa dentro de “nuestro” festival para decidirnos a verlo. Quizá la burbuja no esté a punto de explotar. Quizá simplemente hemos aprendido a vivir bastante cómodos dentro de nuestra. «Markdown de pertenencia»…
Con las puertas abiertas desde las 17.30 horas, los distintos escenarios empezaron pronto a repartir sus propias versiones de la tarde. Malmö 040, Carlos Ares, Nuestra Señora, Hoonine, Mujeres o Viva Suecia fueron construyendo una jornada en la que no hizo fala correr de un escenario a otro, porque aquí no hay, apenas, solapamientos, ni grandes aglomeraciones y se agradece el hecho de poder descubrir que las distancias no deben condicionar qué festival termina viviendo cada uno.
Carlos Ares protagonizó el primer gran concierto de la noche en Oasis Festival. El gallego se ha convertido en una especie de Izal de 2026 para el circuito de festivales de Baltimore. Lo hemos visto en cuatro de sus citas, con un formato bastante similar y un repertorio que empieza a resultarnos familiar. Y, sin embargo, su crecimiento sigue sorprendiendo. En apenas un año, su club de fans se ha desmadrado y su talento, que tiene a raudales, ha encontrado una respuesta popular difícil de discutir.
Reconozco que a mí me ha costado algo más llegar hasta él. Soy de los que necesitan descubrir primero el germen de un artista, verlo tocar en una sala pequeña, observar cómo se enfrenta a un público que todavía no se sabe todas sus canciones y, a partir de ahí, juzgar su evolución. Con Carlos Ares no he tenido esa suerte porque a The One, el año pasado, ya llegó coleccionando Sold Outs. Así que me lo he encontrado ya subido a los grandes escenarios, con buena parte del camino recorrido y miles de personas dispuestas a corear sus canciones. Y me ha tocado hacer el proceso a la inversa: ir descubriendo su talento a medida que lo veía crecer.
Para buena parte del público ilicitano, en cambio, aquella era probablemente la primera vez. Y eso vuelve a decir más de nosotros que del artista.
Su concierto también invita a reflexionar sobre el extraño oficio de escribir canciones. Uno puede imaginar a Carlos Ares pasando horas detrás de una palabra, buscando la melodía adecuada o intentando que un verso diga exactamente lo que quiere contar. Para descubrir después que, cuando llega el directo, miles de personas están esperando los ‘lololós’.(porque tres veces tuvo que reiniciar los acordes del estribillo de «la boca del lobo»).
Tiene que ser cojonudo currarse unas letras de la hostia para que el momento de comunión colectiva llegue precisamente cuando desaparecen las palabras.
Pero tampoco hay que dramatizar. El público no tiene ninguna obligación de descifrar al artista que tiene delante. Bastante hace con escuchar, emocionarse, bailar o llevarse una melodía a casa. Y tampoco sería justo reducir a esa celebración colectiva lo que sucedió sobre el escenario. Yo mismo vi el concierto acompañado de tres gallegos que se sabían el repertorio al dedillo, prueba de que detrás del fenómeno festivalero también hay una conexión mucho más profunda con sus canciones de la que nos gusta transmitir.
Mientras Begot, guitarrista de Ares, recordaba desde el escenario todo el trabajo que existe detrás de algo que desde abajo parece tan espontáneo, volvía a aparecer una de las grandes contradicciones de la música popular: una cosa es escribir canciones que merezcan ser escuchadas y otra conseguir que alguien se detenga realmente a escucharlas o a apreciar lo que significa el placer de tener el prolífico violín de Mikaela Vazquez sonando.
Carlos Ares parece haber conseguido ambas cosas, aunque a veces los ‘lololós’ amenacen con llevárselo todo por delante. Quizá esa sea precisamente su condena, y también su recompensa: escribir canciones con mucho que decir y descubrir que miles de personas han encontrado en ellas algo que cantar, incluso cuando ya no quedan palabras.
Con Nuestra Señora, pasamos de lo consagrado a lo emergente en un salto de escenario. Lo primero que te pasa por la cabeza, al ver esa frescura que despliegan sobre el escenario es la relación entre una banda y la escena que la rodea.
El proyecto de «Alex Harrisound» funciona inevitablemente como una puerta de entrada a esa escena ilicitana que lleva años generando bandas, grabaciones y conexiones propias. Sería difícil entender buena parte de ese ecosistema sin su trabajo desde el estudio, grabando proyectos y ayudando a construir una infraestructura que permite que las canciones no se queden únicamente en el local de ensayo.
Ahora se suma además El Barranco, espacio autogestionado – contrapunto del Mainstream – que se inauguró el jueves, e introduce otra pieza necesaria. Porque una escena no se construye únicamente con músicos: necesita lugares donde ensayar, grabar, tocar, encontrarse y también equivocarse sin que cada error tenga que justificar una inversión. Y sí también grandes festivales…
Por eso tiene sentido que Nuestra Señora represente a Elche en el Cartel. Con sus virtudes, sus contradicciones y también con el riesgo de que determinados nombres acumulen demasiada presencia. Pero si un festival lleva el nombre de una ciudad, no está de más que en algún momento se note que estamos precisamente en esa ciudad.
Y la verdad, chovinismos al margen, son buenos. Su «Ejercicio de Supervivencia» publicado el año pasado, tiene temas que apetece ver en directo «Años luz», «Es mentira» que suena diferente sin La 126, o «Hecho un cristo»…
Y entonces llega Viva Suecia…
Resulta difícil escribir sobre ellos sin caer en una crónica que parezca escrita de antemano: la banda que comenzó en salas pequeñas, el crecimiento, los primeros llenos en Murcia, los festivales, las canciones convertidas en himnos y finalmente los grandes escenarios.
Pero quizá lo interesante ya no sea repetir la historia del éxito, sino recordar que hubo un momento en el que nadie sabía que aquello iba a suceder. Antes de las pantallas, el humo, los músicos de apoyo, los vientos y un espectáculo diseñado para convertir emociones privadas en una experiencia compartida, hubo salas pequeñas y conversaciones en las que todo aquello parecía una posibilidad bastante remota. Un sueño que da gusto ver que era realizable.
Por eso Viva Suecia sigue teniendo algo emocionante incluso para quienes ya no escuchamos sus discos en casa como antes. Las canciones han dejado de pertenecernos individualmente para formar parte de algo mucho más grande, y ellos parecen haber aprendido a vivir con esa dimensión sin perder del todo el asombro de quien alguna vez imaginó ese escenario desde uno mucho más pequeño.
Seguramente matarían por regresar ahora a tocar en la Sala REM. El sueldo también cuenta. Pero precisamente ahí aparece una reflexión que debería acompañar cualquier celebración del éxito: tan importante como disponer de grandes escenarios es garantizar que sigan existiendo salas pequeñas donde alguien pueda empezar. Más que nada porque es divertido ver bailar «El bien», «Dolor y gloria» o «Bien por ti» a esos que luego se quejan de que siempre tocan lo mismo.
En fin… que la cultura no puede convertirse en un lujo reservado a quienes pueden permitirse perder dinero durante años. Ni el éxito debería ser la única manera de demostrar que hacer música merecía la pena.
Un ejemplo claro, es Hoonine. La escena murciana lleva años demostrando algo que otras todavía parecen empeñadas en discutir: la música no tendría por qué funcionar como una competición permanente.
Hoonine representa bastante bien esa otra manera de entender las cosas. Salas, afinidades, músicos que se encuentran, conciertos compartidos y una red que permite que alguien vaya a ver a una banda un jueves y acabe colaborando con ella unos meses después.
Resulta curioso que mientras la esperas, esa que hace 10 minutos estaba en el escenario grande cantanto «tú y yo contra los demás», vaya andando al suyo. Esa naturalidad está presente en su propuesta, fresca, individual y multi-instrumental. No necesita levantar la voz para demostrar que tiene algo que decir. Y eso, en tiempos en los que parece obligatorio convertir cada proyecto musical en una marca perfectamente reconocible, puede resultar incluso desconcertante.
Confundimos con demasiada frecuencia la capacidad de exponerse con la capacidad de crear. Llamamos falta de carisma a la timidez y premiamos a quien sabe venderse antes de preguntarnos quién sabe hacer canciones.
Hoonine pasa de eso, y en su hora escasa de concierto nos recordó que se puede ser extraordinario sin comportarse como si uno estuviera permanentemente obligado a demostrarlo. Y también que no todo músico tiene que aspirar a convertirse en Viva Suecia para justificar su sitio sobre un escenario. Y no por eso es menos grande el título de alcaldesa del Barrio del Carmen que le otorgó Rafa Val.
Rompo el reloj, si me lo permites, y vuelvo atrás para las dos últimas pinceladas de la crónica… porque Mujeres son Mujeres, y en este caso la aparente perogrullada funciona como virtud. Han mantenido viva una tradición guitarrera entre el punk y el pop inmediato, poseen canciones suficientes para justificar su presencia en cualquier cartel y han construido una identidad reconocible sin necesidad de reinventarse cada temporada.
También parecen condenados a esa extraña categoría de gran banda de escenario secundario: proyectos con repertorio, público y solvencia que rara vez ocupan el centro del relato festivalero.
Quizá algunas contradicciones formen parte inevitable de esa relación entre las bandas y quienes las escuchamos. Uno puede disfrutar sus guitarras, preferirlas a muchas de las tendencias dominantes y, al mismo tiempo, mirar determinadas banderas o escuchar determinadas letras y preguntarse cómo encaja todo en el mismo paquete.
Pero tampoco es obligatorio comprarlo entero. Que algo nos guste no implica que tenga que convencernos en todo. Pero se agradece un buen pogo (no la mala copia que se han inventado los Cayetanos) y la sensación de que estás en una sala, con el coche aparcado fuera.
Y sí, he dejado para el final a Niña Polaca, porque me dejó, justamente, esa imagen de pogo impostado. Madrid sin ti, no es tan Madrid, pero con esas banderas azules, cualquiera diría que la operación blanqueo que citan en «La Muerte de Mufasa» la hacen con otras cosas.
La ironía y la política siempre están presentes en todo. Supongo que cuando me planté en el escenario principal a verlos, me había olvidado de todo lo vivido en la Acampada de Alicante, los desahucios, la muerte de Mari Carmen, los decretos o las elecciones… la música, o la parte social de un festival, tienen el don de relativizarlo casi todo y Álvaro Surma tiene razón con el desencanto lógico que genera la izquierda de este país.
«Los días malos» los estamos viviendo y en parte, la música es una vía de escape. Y nadie pretende que un músico, o una banda, se vista de William Wallace, ni que el lado «travieso» se malinterprete. Pero hay símbolos y maneras confusas que te acercan, y te alejan – a la vez – de la realidad. Y no solo se puede ser una banda alicantina en la partida de nacimiento.
Relativizar en un festival es fácil. Y más con temazos como «Mucho tiempo contigo». Pero que sepamos, o podamos, desconectar, no significa que las cosas nos dejen de pasar.
Seguramente por eso, un festival nunca es únicamente aquello que anuncia el cartel. Es lo que ocurre mientras intentamos cumplirlo y la visión que cada uno entiende en cada una de las propuestas.
La primera jornada terminó con más de 11.000 personas, pero la cifra explica solamente una parte. Lo verdaderamente interesante sigue siendo qué hacemos esas personas una vez estamos dentro: descubrir una banda, discutir, cantar una canción que ya hemos escuchado cien veces, reivindicar otra que nadie parece conocer o volver a emocionarnos con un grupo que creíamos superado.
No todos los conciertos serán memorables. No todas las bandas nos convencerán y nosotros tampoco seremos los mismos cada vez que volvamos a escucharlas. Pero la música, como la vida, se basa en las emociones que acumulas mientras pasa. Y mientras quede la posibilidad de que suceda algo que no estaba previsto, habrá motivos para regresar a un concierto. Aunque haga frío y no lleves jersey. Aunque sea en un escenario secundario. Aunque solo sepamos cantar » lololós» o nos callemos.
La experiencia es diferente, siempre. Y supongo que eso es lo que realmente importa y lo que justifica que sigamos aquí.
PD: Como muestra una pincelada romántica de una escena que capté durante el concierto de Viva Suecia. Resulta que el amor, todavía, existe: https://quefas.es/la-distancia-entre-dos-cuerpos-y-viva-suecia/












Deja una respuesta