
El escándalo con las viviendas públicas en Alicante no es, en realidad, una excepción, ni un escándalo inmobiliario (que también). Es un escándalo ético. Los pisos son solo el decorado: una concejala, los dos hijos de una directora general del Ayuntamiento y un arquitecto municipal de Urbanismo “agraciados” con viviendas de la primera promoción pública en veinte años, justo cuando la ciudad vive una tensión social inédita por la falta de alojamiento. El pastel estaba servido. Y se lo comieron los de siempre.
- (lo que ha pasado, por si no lo has leído – AQUÍ)
Lo interesante no ha sido tanto el reparto como la reacción. Basta con sumergirse en los comentarios para detectar una grieta profunda: por un lado, quienes denuncian la perversión de lo público —la vivienda hoy, la sanidad y la educación mañana—; por otro, quienes quitan hierro al asunto con una frase demoledora por su honestidad brutal: “yo también lo haría si pudiera”.
(Ahí está el verdadero problema)- Supongo.
No hablamos de corrupción como anomalía, sino de corrupción como aspiración. No del abuso como desviación, sino como horizonte moral. Sociológicamente, el egoísmo es comprensible; éticamente, es devastador. Los principios han decidido subirse al barco de Groucho Marx: «estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros«. El resultado es un blanqueo generalizado de ideas egocéntricas que, si estás asentado, protegido o con algo que perder, incluso pueden parecerte lógicas (y por eso votas a la derecha). El verdadero misterio es otro:¿por qué alguien sin nada, sin red y sin expectativas defiende este marco mental?
Lo de los pisos no es un hecho aislado. Es la confirmación de una creencia muy extendida: la del delegue. Delegar en la supuesta excelencia privada lo que debería ser un derecho común. Creer que en un concertado te van a tratar mejor por definición. Que pagando 19 euros al mes de seguro médico te van a salvar la vida. Que el capitalismo es una suerte de juez sabio que, de manera natural, pone a cada uno en su lugar. Y cuando no te pone en el tuyo, no es culpa del sistema que has aplaudido, sino de las feminazis, Perro Sánchez o algo que se pueda caracterizar con un meme.
Ese relato ha calado hasta el hueso. Tanto, que ya no se defiende lo público por justicia, sino por nostalgia. Como si la igualdad fuera un lujo antiguo, algo bonito pero ineficiente. Como si exigir reglas justas fuera de ingenuos y no de ciudadanos. Mientras tanto, el mensaje real es otro: si puedes colarte, cuélate; si puedes aprovecharte, hazlo; si no lo haces, es porque eres tonto.
El capitalismo, en su versión más descarnada, solo es verdaderamente eficaz para una cosa: crear distinciones artificiales, fomentar la trampa y premiar la falta de escrúpulos. No produce virtud, produce coartadas. No genera mérito, genera jerarquías blindadas. Y cuando alguien señala la indecencia, siempre aparece el coro del realismo cínico con su: así funciona el mundo. Es el mercado amigo…
O No. Igual funciona así cuando hemos renunciado a discutir cómo debería funcionar. O cuando hemos delegado ese debate en gente tan mediocre, que asusta.
El problema no es que algunos se hayan quedado con viviendas públicas. El problema es que una parte de la sociedad lo vea normal. O peor: deseable. Porque cuando los principios se convierten en un estorbo y no en un suelo común, lo público deja de ser un espacio de protección y pasa a ser un botín. Y entonces ya no hablamos de pisos, sino de algo más serio: de qué tipo de comunidad estamos dispuestos a sostener. Y con esa perspectiva dejamos de darle vueltas a si en realidad es necesario complacer a 200, que quizá hoy son pobres, pero mañana no… cuando el problema lo tienen miles de personas en cada ciudad.
Por eso, y porque con la capacidad crítica anulada por la falsa aspiración, hay que interiorizar que: NO TODO VALE, ni siquiera cuando seas tú el beneficiado. Porque incluso en ese caso, de lo que te estás beneficiando es de la trampa, no del mérito, ni de la necesidad, ni de nada mínimamente ético.
Los principios, como las viviendas públicas, no están para quien más corre, sino para quien más los necesita. Todo lo demás es justificar ser, simplemente, un poco más hijo de puta que el de al lado.


















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