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Ver lo que queremos ver

23 de enero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

Ver el mundo no es un acto neutral. Nunca lo ha sido. Miramos la realidad filtrada por nuestras expectativas, miedos, privilegios y deseos, y después llamamos a ese resultado “sentido común”. No es casual: el cerebro humano no está diseñado para comprender la realidad tal como es, sino para sobrevivir en ella con el menor coste emocional posible. Por eso selecciona, simplifica y, cuando conviene, se engaña.

Las comparativas históricas y sociales incomodan porque rompen esa comodidad. Cuando se colocan hechos uno al lado del otro —no promesas, no relatos, sino datos— aparece una pregunta inquietante: ¿por qué, teniendo información suficiente, hay personas que eligen no verla?

La respuesta no es simple, pero tampoco es misteriosa.


Muchos recurren al optimismo como refugio, pero la positividad de serie no siempre es una virtud. A menudo es un mecanismo de defensa. Creer que “todo irá bien”, que “esta vez será diferente”, que “no puede pasar aquí”, reduce la ansiedad y nos permite seguir adelante sin revisar nuestras propias certezas. El problema aparece cuando ese optimismo no se apoya en la realidad, sino en el deseo.

La promesa de “volver a ser grandes” funciona porque apela a una emoción primaria: la nostalgia de un pasado idealizado que nunca existió para todos, pero sí para algunos. Cuando alguien siente que pierde estatus —económico, cultural o simbólico— busca explicaciones simples y culpables claros. Y ahí entra la política del señalamiento.


El enemigo como explicación del mundo

Identificar un “ellos” es psicológicamente tranquilizador. Reduce la complejidad del mundo a una narrativa comprensible: si algo va mal, es culpa de alguien. Históricamente, ese mecanismo ha sido recurrente y devastador. Cambian los nombres, no la estructura.

No es casual que discursos separados por décadas compartan patrones: el desprecio a las minorías, la obsesión por la identidad nacional, la idea de expansión o recuperación de un supuesto espacio perdido, el culto a la fuerza y la desconfianza hacia el pensamiento crítico. Cuando se normalizan esas comparaciones, no es para equiparar contextos, sino para reconocer dinámicas.

Y aun así, muchos prefieren no verlas.

En ese caso, Las comparativas sociales entre modelos no son ideológicas; son empíricas. Esperanza de vida, mortalidad infantil, violencia armada, derechos laborales, permisos de maternidad, acceso a la sanidad, seguridad vial, energías renovables. No son abstracciones: son vidas, cuerpos, tiempo, bienestar.

Sin embargo, los datos no ganan elecciones. Ganan los relatos. Y los relatos funcionan mejor cuando prometen grandeza individual en lugar de bienestar colectivo. Cuando ofrecen libertad entendida como ausencia de límites, no como garantía de derechos. Cuando convierten el privilegio en mérito y la desigualdad en algo natural.


Quizá la pregunta clave no sea por qué ciertas figuras llegan al poder, sino por qué tantas personas deciden delegar su mirada crítica en ellas. Por qué se acepta que alguien interprete el mundo en nuestro nombre, simplificándolo hasta hacerlo irreconocible. Por qué se tolera la mentira si confirma lo que ya queríamos creer.

Confiar nuestra visión del mundo a personajes como Donald Trump no es un accidente histórico: es el resultado de una renuncia colectiva a mirar con rigor, a comparar con honestidad y a aceptar que no todo es posible, por mucho que nos lo prometan.


Quitar las vendas

Ver lo que queremos ver es humano. Pero seguir haciéndolo cuando los hechos están delante ya es una elección. Quitar las vendas autoimpuestas duele: obliga a revisar privilegios, a aceptar límites, a asumir que estamos equivocados, o a reconocer que algunas promesas son incompatibles con la realidad.

Comparar, juzgar y decidir desde lo que es, no desde lo que nos gustaría que fuera, es un acto profundamente político y profundamente incómodo. Pero también es el único que permite construir sociedades menos ingenuas, menos manipulables y, quizá, un poco más justas.

Porque el verdadero peligro no es equivocarse al mirar el mundo.
El peligro es decidir no mirarlo y dejar que cosas que no deberían, crezcan.

Publicado en: Crítica Social, en titular, noticia cultural, noticias breves, opinión, Política, repetibles, REVISTA, SOCIAL, WORLD




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