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Apología de la ignorancia (o por qué nos molesta tanto quien sabe)

26 de enero de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

El éxito es lo que tiene: genera ruido. Y si a ese ruido le sumas ignorancia, miedo y una pizca de resentimiento, el resultado suele ser un linchamiento bastante previsible. No hace falta que alguien diga una barbaridad ni que cometa un error grave; basta con que sepa más, piense más despacio o se exprese con una profundidad que incomode.

Ahí está el caso de Oliver Laxe, convertido en símbolo involuntario de una crítica que no critica, sino que se defiende. No se le reprocha una mala película, una idea vacía o una contradicción ética. Se le reprocha, ¡atención!, que “alecciona”. Como si pensar en voz alta (y pausada), reflexionar o hablar desde un lugar interior fuese una forma de agresión. Como si el verdadero pecado fuese no rebajarse al tono general, sin pedir perdón por saber, y sin disimular la paz que tiene todo el derecho de transmitir.

Algo parecido ocurrió —con especial saña— con Ana Garriga y Carmen Urbita (Las hijas de Felipe) en los últimos premios Feroz. Todavía cuesta creer la cantidad de hostias «simbólicas» que recibieron simplemente por no encajar en el molde de lo esperado. Por cambiar el nombre de lo que hacen, por elevarlo, por nombrarlo desde otro sitio. El mensaje implícito fue clarísimo: “oye, baja el nivel, que aquí no hemos venido a pensar”. Y fuera de ser una excepción pasa lo mismo todas las semanas con Bob Pop, con Coixet, con Lucía Lijtmaer e Isa Calderón y con toda la que se sale de la norma pensando.

Supongo que es ahí donde la crítica se delata. Porque muchas veces no es crítica, es una confesión. Viene a decir: no te entiendo, no llego, no sé qué hacer con lo que propones… así que el problema eres tú. El otro pasa a ser el impostado, el pedante, el iluminado, el snob… Quizá si ese mismo juicio se lo hicieran a ellos mismo antes de twittear paridas desde el sillón hasta reconocerían cierta envidia y mala hostia en su ilimitada excreción.

Porque lo triste no es que haya obras, discursos o actitudes que no gusten —eso es sano como el pan de cereal puro—, sino que hayamos convertido la ignorancia en un valor refugio. Que valga más el vídeo estúpido, el chiste fácil, la ocurrencia hueca o el pan Bimbo – que diría Laxe – que alguien que se atreve a hablar de sentido, ética, belleza o tiempo interior sin pedir disculpas. Que la serenidad provoque sospecha o que la profundidad intimide.

A mí, personalmente, Laxe – y todes los que supuestamente se salen de la norma – me provocan justo lo contrario de lo que se le acusa. No me aleccionan; me incomodan en el mejor sentido. Me obligan a preguntarme de dónde sale esa calma, qué han leído, qué han vivido, hasta dónde llegan sus pensamientos… y, sobre todo, hasta dónde llega el mío. Luego, como cualquier ser humano, tendrán mil defectos. Faltaría más. Pero que el reproche sea que “saben demasiado” o que “reflexionan en exceso” roza lo paródico.

Quizá el problema no sea la sobreexposición de la sabiduría, sino la infradotación de curiosidad. Quizá lo que molesta no es el espejo, sino lo que devuelve. Porque mirarse y descubrir que uno no quiere —o no sabe— ir más allá siempre ha sido más incómodo que darle al scroll. E igual si todo ese tiempo que la gente se pasa con el móvil, lo pasaran leyendo, la percepción cambiaría.

Quién sabe, igual hasta se pasaba la moda de ridiculizar al que piensa, sospechar del que habla con calma, en vez de celebrar la simpleza como si fuese autenticidad.

Publicado en: España, Estilo de vida, noticias breves, opinión, Psicología - Sociología, REVISTA, SOCIAL




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