
Hay noticias que parecen escritas por un neurocientífico y otras que suenan a teólogo cansado de la condición humana. Esta pertenece a las dos categorías. Un grupo de investigadores de la Universidad del Este de China y de la Universidad de Zúrich ha descubierto que estimular eléctricamente dos regiones del cerebro —los lóbulos frontal y parietal— vuelve a las personas ligeramente más generosas. La bondad, al parecer, también tiene interruptor.
La idea es tan inquietante como seductora. Durante siglos hemos discutido si el altruismo es virtud, educación o simple estrategia evolutiva. Ahora resulta que podría ser, además, una cuestión de sincronización neuronal. Cuando ambas áreas cerebrales se activan al unísono, el individuo toma decisiones más favorables para los demás, incluso si pierde algo en el proceso. La empatía podría depender menos del alma y más del ritmo eléctrico de nuestras neuronas.
El experimento tiene algo de fábula contemporánea. Cuarenta y cuatro personas participaron en el llamado “juego del dictador”: debían decidir cuánto dinero compartir con otro. Quinientas cuarenta decisiones por cabeza. Mientras tanto, una corriente alterna imperceptible atravesaba sus cráneos. No dolía, no ardía, no dejaba cicatriz. Pero sí alteraba, levemente, el potencial de activación de sus neuronas. Un gesto invisible bastó para inclinar la balanza moral.
El resultado fue discreto, casi tímido: los participantes ofrecieron un poco más de dinero. No se convirtieron en santos ni fundaron ONG al salir del laboratorio. Pero el dato es significativo porque sugiere una relación causal: cuanto mayor era la sincronización entre esas áreas cerebrales, mayor la generosidad. No era inspiración súbita: era acoplamiento neuronal.
Aquí comienza el vértigo. Si podemos inducir conductas menos egoístas, ¿qué más podremos modular mañana? Los propios investigadores hablan de posibles aplicaciones en trastornos donde el altruismo es escaso, como la psicopatía o ciertas condiciones del espectro autista. La tentación es obvia: corregir la falta de empatía con tecnología. La frontera entre tratamiento y manipulación nunca ha sido tan delgada.
Conviene no precipitarse. Los autores reconocen que se trata de una primera demostración. No midieron la actividad cerebral durante el proceso y desconocen cuánto duran los efectos. Tal vez la generosidad inducida se desvanezca tan pronto como se apaga el dispositivo. El electrodo puede despertar la compasión, pero no sabemos si sabe mantenerla viva.
Sin embargo, la pregunta ya está planteada y no admite ingenuidad: si el altruismo puede estimularse, también podría programarse. Y entonces la vieja discusión moral cambiaría de escenario. No hablaríamos de educación ni de conciencia, sino de frecuencia y voltaje. Quizá el siglo XXI termine redefiniendo la ética en términos eléctricos. Tal vez la próxima revolución moral no se escriba en libros, sino en circuitos.
Hu J. et al. «Augmentation of frontoparietal gamma-band phase coupling enhances human altruistic behavior». Plos Biology. 2025




















Deja una respuesta