• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal
Quefas

Quefas

  • INICIO
  • AGENDA
  • ¿DÓNDE ESTÁS?
    • ALACANTÍ
    • ALICANTE CIUDAD
    • ELCHE
    • L´ALCOIÀ
    • LES MARINES
    • VEGA BAJA
    • VINALOPÓ
  • ¿QUÉ BUSCAS?
    • ARTE
      • exposiciones
    • CINE
      • Cartelera de Cine de Alicante
      • estrenos
      • series
    • ESCÉNICAS
    • LETRAS
    • MÚSICA
      • EL BUEN VIGÍA
      • FESTIVALES
    • NENICXS
    • SOCIAL
    • TURISMO
      • GASTRONOMÍA
      • Rastros y mercadillos
      • Visitas
  • REVISTA
    • CRÓNICAS
    • DESTACADOS
    • NOTICIAS
    • NOTICIAS CULTURALES
    • OPINIÓN
  • CONTACTO
    • Contacta con nosotr@s
    • El mapa de la cultura alicantina.
    • Envíanos tus eventos
    • Envíanos tus novedades
    • Envíanos tus cartas al director
    • TARIFAS de quefas.es
  • RRSS y SUSCRIPCIONES

París vuelve a ser una idea.

23 de marzo de 2026 por Jon López Dávila Deja un comentario

París más allá de una ciudad, una postal o la Torre Eiffel, siempre fue un símbolo. Un decorado infinito que parece resistir cualquier época. París, hoy, vuelve a ser —como en otros momentos de la historia— una forma de decirle al mundo que se puede gobernar de otra manera. Que la política, cuando se hace con vocación de permanencia, deja huella. Y que lo bueno de ese rastro es que no es una utopía, sino que se puede pisar.

Mientras aquí seguimos atrapados en el ruido —en el bulo, en el tuit incendiario, en la política del acoso convertida en estrategia—, París ofrece algo casi revolucionario: hechos. Cosas que se ven, se tocan, se usan. Aire que se respira. Calles que se caminan. Y sobre todo la certeza de que la verdad, cuando se vive, se entiende y se trata de extender en el tiempo.

Seguramente, en estos tiempos, no vende decir que una ciudad es más sostenible. Que el transporte público funciona 24 horas. Que puedes cruzar media ciudad en bicicleta sin jugarte la vida. Que hay zonas verdes suficientes como para tumbarse un domingo sin consumir nada. Que el espacio público vuelve a ser público.

Eso no genera titulares virales. No cabe en un eslogan de barra de bar. No es la “libertad” de la caña a las dos de la mañana que se agita desde ciertos despachos madrileños. Es otra cosa. Es una libertad más incómoda, porque exige pensar en colectivo. Y sin embargo, funciona.

París no ha perdido su alma. Ahí siguen los bistrós, las brasseries, las baguettes, Montparnasse, los Campos Elíseos. El patrimonio no se ha tocado. El turismo no ha desaparecido. Los hosteleros, lejos de hundirse, han entendido algo básico: la gente consume más cuando la ciudad se puede vivir a pie. Cuando el paseo sustituye al atasco. Incluso con la inevitable invasión de franquicias globales —que ocurre en cualquier ciudad del mundo—, París sigue siendo París. Mantiene ese punto de chovinismo que, en realidad, es una forma de resistencia cultural.

Y lo más importante: hay una continuidad política detrás. No una ocurrencia. No un proyecto piloto que se abandona en cuanto cambia el gobierno. No una obra que se inaugura a medias para salir en la foto. Hay una idea de ciudad sostenida en el tiempo.

Aquí, mientras tanto, cuesta encontrar eso. En Elda, en Alcoi, en Aspe —y en tantos otros sitios— el “pico y pala” sustituye al proyecto vacío. Vende bien echarle la culpa a Sánchez, y pensar que lo que pasa en tu pueblo es consecuencia de lo que se decide en Madrid. Pero por suerte, el municipalismo sigue teniendo un sentido. Porque sea más o menos nimio, o suficiente, los presupuestos se pueden gestionar con cortoplacismo y pensando en el rédito político, o pensando en el ciudadano.

Y hay algo que las últimas elecciones municipales en Francia vuelven a poner sobre la mesa: las ciudades grandes siguen apostando, en su mayoría, por proyectos progresistas. París incluida. No por entusiasmo desbordante, sino por algo quizá más sólido: la constatación de que funciona mejor.

Que vivir mejor no siempre es lo más ruidoso. Ahí está la clave. La izquierda, cuando acierta, tiene una ventaja estructural: piensa a más largo plazo. Sabe —o debería saber— para quién gobierna. No para el titular de mañana, sino para la vida cotidiana dentro de cinco, diez o quince años.

Quizá la estrategia no sea competir en el barro. Ni intentar ganar la batalla del ruido. Ni responder a cada bulo como si fuera el último. Quizá la estrategia sea otra: gobernar. Hacerlo con hechos. Con políticas visibles. Con resultados que no necesiten explicación. Y esperar.

Esperar a que, cuando quienes hoy prometen libertad vacía tengan que gestionar ciudades reales, se enfrenten a las decisiones incómodas. A los límites. A la complejidad. A la responsabilidad.

Porque ahí, en ese momento, la política deja de ser espectáculo. Y vuelve a ser lo que nunca debió dejar de ser: una forma de organizar la vida en común. París, Marsella, Lyon hoy, nos lo recuerdan. Y esa es una buena manera de empezar la semana con cierto optimismo.

Publicado en: noticias breves, opinión, Política, REVISTA, SOCIAL, WORLD




Síguenos en whatsapp
Síguenos en Telegram

Entradas recientes

  • 14 discos para sobrellevar la semana (11/2026)
  • 92 obras de 13 países para la 23ª edición del Festival de Cine de Alicante
  • La UA impulsa el talento joven con el VI Concurso de Bandas Emergentes de InteractUA
  • Ópera, zarzuela y teatro esta semana en el Teatro Principal
  • Esta semana en el Arniches: Feriantes y peli de Kaurismäki

Interacciones con los lectores

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Quefas © 2026

X