
El debate sobre el nuevo Plan General Estructural de Alicante vuelve a situar sobre la mesa una cuestión fundamental: la ciudad no puede planificarse como una isla. Su futuro depende, en buena medida, de su capacidad para conectarse con el territorio que la rodea, no solo con los municipios más próximos, sino con una red urbana y comarcal mucho más amplia que condiciona la vida real de miles de personas.
El Ayuntamiento ha anunciado un encuentro con municipios del entorno metropolitano para abordar cuestiones como la movilidad, las infraestructuras verdes, las dotaciones supramunicipales o los nodos de actividad económica. La iniciativa puede ser positiva si sirve para abrir una mirada más amplia sobre Alicante y su relación con el resto de la provincia. Sin embargo, el enfoque del Plan General sigue dejando muchas dudas.
Buena parte de las medidas planteadas en el PGE parecen responder a una lógica expansiva que conviene analizar con cautela. La previsión de miles de nuevas viviendas, el crecimiento del suelo industrial o el diseño de grandes infraestructuras deben valorarse no solo desde la expectativa económica, sino también desde su impacto ambiental, social y territorial. Alicante necesita vivienda asequible, regeneración urbana, barrios habitables, sombra, servicios públicos, zonas verdes reales y una movilidad menos dependiente del coche. Pero no todo crecimiento garantiza una ciudad mejor.
El gran reto no es únicamente construir más, sino construir mejor ciudad. Y eso implica atender a los barrios ya existentes, mejorar las dotaciones cotidianas, recuperar espacios degradados, proteger el territorio y pensar en una Alicante más habitable, menos saturada y más equilibrada. Un Plan General no debería convertirse en una simple herramienta para ordenar expansión, sino en una oportunidad para corregir carencias históricas.
Donde sí resulta imprescindible ampliar la mirada es en el transporte público. Alicante debe dejar de pensarse solo desde su área inmediata y empezar a funcionar como parte de una red provincial conectada. En una provincia con núcleos tan relevantes como Alcoi, Orihuela, Altea, Petrer, Elche, Elda, Benidorm o Villena, la movilidad debería permitir desplazarse con facilidad en un radio aproximado de una hora. No como una excepción, sino como una posibilidad cotidiana.
Una red pública eficaz, frecuente y coordinada ampliaría las oportunidades laborales, educativas, culturales y de ocio de la ciudadanía. Permitirá vivir en un municipio y trabajar en otro sin depender obligatoriamente del vehículo privado. Facilitaría acudir a conciertos, teatros, centros de formación, hospitales, universidades, espacios naturales o actividades culturales sin que el transporte sea una barrera. También ayudaría a redistribuir actividad económica y a reducir la presión sobre la capital.
Pensar Alicante desde esa escala no significa diluir su papel, sino fortalecerlo. Una ciudad conectada con su entorno provincial puede ser más útil, más accesible y más democrática. Pero para ello no basta con hablar de capitalidad o de área metropolitana: hacen falta inversiones reales, coordinación entre administraciones, horarios útiles, conexiones transversales y una planificación que entienda cómo vive y se mueve la gente.
El futuro de Alicante no se juega solo en sus nuevos desarrollos urbanos, sino en su capacidad para articular una provincia más conectada, más sostenible y más justa. El Plan General puede ser una oportunidad, pero solo si se aleja de la lógica del crecimiento por el crecimiento y pone en el centro aquello que debería ser irrenunciable: vivienda digna, barrios cuidados, territorio protegido y transporte público capaz de unir de verdad Alicante con la vida que ocurre más allá de sus límites.

















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