
Dice mucho —o dice muy poco, según se mire— que las calles se llenen para defender lo que nunca debería estar en peligro. La sanidad pública. La educación pública. Los transportes públicos. La vivienda digna. Todo aquello que sostiene una vida decente antes de que empiecen los matices, las aspiraciones, los gustos, las carreras, los viajes, los caprichos o las derrotas.
Aantes de cualquier discurso sobre libertad individual, emprendimiento, mérito o éxito, hay una verdad bastante sencilla: sin techo, sin salud y sin educación, no hay libertad que valga. Hay supervivencia o ansiedad. Formas diversas de tener miedo. Y, sobre todo, cada vez más gente haciendo cuentas imposibles a final de mes.
Mientras tanto, vivimos dentro de una burbuja de Instagram que nos vende la sociedad como un escaparate de individuos felices, autosuficientes y perfectamente decorados. Como si tener más cosas significara estar mejor. Como si acumular experiencias, ropa, restaurantes, viajes, cuerpos entrenados y casas luminosas fuera una prueba de plenitud. Pero esa ficción tiene una consecuencia venenosa: convierte la vida en una competición permanente. Y en esa carrera absurda, hay quien acaba creyendo que la exclusividad le da algún tipo de poder.
Pero no mezclarse, no compartir, creer que no dependes de lo común (hasta que te pones enfermo), no rozar la realidad de quien vive o ama distinto, de quien viene de otro lugar con intención de quedarse no es una victoria. Aunque extiendan la mentira: No mezclarse no te hace más libre. Te hace más frágil, más ignorante y más manipulable. Porque, nos guste o no, el mundo que viene —el que ya está aquí— será diverso en procedencias, costumbres, lenguas, afectos, gustos sexuales, formas de familia y maneras de estar en la vida. La pregunta no es si vamos a convivir con esa diversidad. La pregunta es si vamos a hacerlo con derechos o con miedo.
La derecha lo sabe. Y, hay que reconocerlo, hace bien su trabajo. Ahonda en la sospecha, en el resentimiento, en la idea de que el problema siempre es otro: el migrante, el pobre, el joven que no se esfuerza, la mujer que exige, el funcionario, el vecino que recibe una ayuda, el diferente. Mientras tanto, por detrás, se abre la puerta al negocio. A convertir la sanidad en mercado. La educación en nicho. La vivienda en activo financiero. Los cuidados en producto. La ciudad en escaparate y el puto futuro en beneficio privado.
Nos hablan de libertad pero, en la mayoría de los casos, quieren decir privilegio. Nos hablan de eficiencia, pero quieren decir recorte. Nos hablan de gestión, pero quieren decir privatización. Nos hablan de atraer inversión, pero no preguntan demasiado de dónde viene el dinero ni a quién expulsa cuando llega. Antes que las ideas, antes que el largo plazo, antes que el bienestar general, aparece siempre la misma palabra: negocio.
Y es curioso, porque quienes más empatía sentimos acabamos muchas veces tristes, cansados, decepcionados. Como si saber más cosas fuera una especie de carga. Como si entender cómo funciona el mecanismo nos dejara menos espacio para la ingenuidad. Es agotador ver cómo se repiten las mismas trampas, cómo se vota contra lo común, cómo se aplauden discursos que luego deterioran la vida de quienes los compran. Es agotador defender lo básico una y otra vez, como si todavía hubiera que explicar que un hospital no es un lujo, que una escuela pública no es un gasto prescindible, que una casa no debería ser una condena económica.
Yo tengo pocas certezas, pero una la tengo clarísima: una vida digna empieza por tres cosas. Un techo donde vivir sin miedo. Una educación pública que te ayude a pensar, a dudar, a leer el mundo con capacidad crítica. Y una sanidad pública que te asegure que, si enfermas, alguien hará todo lo posible por salvarte sin preguntarte primero cuánto dinero tienes.
El resto son matices. Importantes, sí. Pero matices. Se puede vivir con menos brillo, con menos escaparate, con menos ruido. Lo que no se puede es vivir dignamente sin casa, sin salud y sin herramientas para comprender lo que pasa.
Por eso, cuando la calle se llena para defender lo que debería estar garantizado, la imagen emociona, pero también pone el dedo en la llaga. Emociona porque demuestra que aún queda comunidad, conciencia y resistencia. Acusa porque significa que hemos dejado avanzar demasiado a quienes quieren convertir nuestros derechos en oportunidades de negocio.
Si en la calle está quien defiende la sanidad pública, la educación pública, el transporte público y la vivienda digna, y en las instituciones gobierna o condiciona quien los debilita, lo que está claro es que estamos votando mal.

















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